09 ago 2026

El oro rojo de Yata’i: Pareja desafió clima y construyó un imperio hortícola bajo cubierta

Perseverancia. Emprendieron en el rubro agrícola y hoy generan mano de obra en su comunidad.

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MISIONES

Hace más de una década, cuando Cecilia Mabel Rivarola Colmán tenía apenas 18 años y su pareja Carmelo Javier Obregón Cardozo (30), las puertas del sistema financiero estaban prácticamente cerradas para ellos. Sin embargo, la determinación por emprender pudo más. Con un primer crédito de G. 4.000.000, gestionado a fuerza de perseverancia, dieron el puntapié inicial a un sueño agrícola que hoy se posiciona como un referente de innovación y trabajo en la zona.

El proyecto comenzó a dar sus primeros pasos a 3 kilómetros de la ruta PY01, ingresando por un camino enripiado que pasa por el colegio Don Julio Afara en la ruta PY01.

Inicialmente, apostaron al cultivo de lechuga, destinando los primeros fondos a la compra de media sombra para proteger la siembra.

El salto cualitativo llegó con la formación académica: Cecilia, hoy de 30 años e ingeniera industrial, aplicó sus conocimientos profesionales a la finca. La optimización en el manejo de personal, la exigencia en la calidad final del producto y una presentación impecable en el mercado marcaron la diferencia.

Innovación contra las inclemencias del tiempo. Tras el impacto de la pandemia, en el año 2021 la pareja decidió mudar y consolidar sus operaciones en Yata’i, compañia San Antonio de Santa Rosa Misiones, donde hoy trabajan sobre una propiedad de 3 hectáreas.

El gran aprendizaje de estos años fue claro: producir a cielo abierto es cada vez más difícil e inviable. Las plagas y la inestabilidad climática obligaron a volcarse hacia la tecnología de producción bajo cubierta.

“Empezamos hace seis años de manera más estructurada. Al principio era muy difícil conseguir créditos, pero cuando logramos la confianza del sistema financiero pudimos avanzar a pasos agigantados, logramos hace dos años un credito de 50 millones y alli crecimos”, reflexiona Carmelo.

Actualmente, la finca cuenta con infraestructura de invernaderos, cuya inversión ronda los G. 50 millones por unidad. Cada estructura alberga unas 6.000 plantas y está diseñada con insumos de alta calidad: plásticos tipo film con una vida útil de 36 meses y capacidades para soportar vientos de hasta 100 km/h.

Aunque admite que el fuerte viento norte ha llegado a perjudicar la zona, la estructura resiste y garantiza la producción continua.

La meta a corto plazo es ambiciosa pero clara para completar 30 invernaderos. Para lograr la calidad requerida en sus tomates, utilizan semillas de alta gama, como la variedad Caniati, cuyo costo alcanza los G. 1.050.000 por paquete, cultivadas en espacios de 25 metros de ancho por 50 metros de largo.

La exigencia del tomate y el impacto social. El cultivo de tomate se ha convertido en un pilar estratégico, aunque demanda máxima atención. Según explican, el tomate es sumamente exigente en luminosidad; la falta de luz adecuada frena su desarrollo.

Si bien los productores que siembran a campo abierto enfrentan serias dificultades —lo que encarece el producto en el mercado—, Cecilia y Carmelo ven esta adversidad como una ventana de oportunidad para la producción protegida.

“La finca no solo es un motor económico familiar, sino también un generador de mano de obra local. Diez trabajadores integran el equipo permanente, cumpliendo jornadas de 8 horas (de 07:30 a 17:00 de lunes a viernes, y hasta el mediodía los sábados” expreso Cecilia.

La pareja ,además, menciona que su trabajo es un momento de alegría tienen 4 perras que son sus fieles y celosas compañeras que estan con ellos y los trabajadores durante toda la jornada.

En cuanto a la comercialización los compradores llegan a su finca y pagan 100 mil por cada caja de tomate le sale a 5000 el kilo a los compradores.

Son proveedores claves de la comunidad, entregando 1.000 kilos de hortalizas para el programa de Almuerzo Escolar.

La lucha contra el contrabando

El camino, sin embargo, no está libre de obstáculos. El contrabando sigue siendo la principal amenaza para el productor nacional. En ese sentido, Cecilia resalta que los controles y la gestión de la acreditación fitosanitaria, el corte de (AFIDI) para la importación legal de tomate representaron un respiro y un beneficio directo para el sector hortícola local.

Con tecnología, rigor técnico e inversión constante, este emprendimiento de la compañía San Antonio demuestra que la agricultura familiar en Paraguay puede transformarse en una empresa agroindustrial competitiva, rentable y sostenible.

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Codo a codo. Carmelo Obregón y Cecilia Rivarola.

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Tomates. Lejos de darse por vencido antes las adversidades, se pusieron firmes ya apostaron al cultivo.

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