Es un completo imbécil. “Boludo”. “Carajo”. “Es una mierda”. “Parece un culo”. “Andate al diablo”. “Payaso”. “Basura”. “Ladrón”. “Inútil”. “Pelotudo”. Este breve y lamentable glosario ya forma parte del vocabulario cotidiano de nuestra vida cívica. Son los “argumentos” de la política, de influencers, redes sociales y algunos periodistas. Allí donde antes se discutían ideas, hoy se intercambian insultos. Ya no existen, al parecer, adversarios ocasionales, sino personas convertidas en objetos de desprecio. Y como se ve, la grosería ha dejado de avergonzar. Y para peor, todo parece indiferente. Es más, se elogia este modo de hablar, burlándose de los que lo critican. Lo que conocíamos como pudor, verbal o de otro tipo, parece haber desaparecido.
Avancemos un poco más. Hablamos como pensamos. O, mejor, el lenguaje refleja el pensamiento. O la pobreza del mismo. La degradación del lenguaje deviene, así, en síntoma del empobrecimiento del pensamiento. Y eso, ¿a quién le importa?, dirán muchos. Yo creo que sí importa. Y más de lo que se cree. La pregunta que esto sugiere es la siguiente: ¿puede este lenguaje afectar la vida cívica? Yo sugeriría, de manera muy sintética, en tres aspectos: La desaparición de la vida privada, el encogimiento de hombros sobre lo que es el bien o el mal y, lo que es más preocupante, la desaparición de la vergüenza y el deterioro de la democracia.
Hannah Arendt advirtió, ya en 1958, en La condición humana, que una sociedad necesita distinguir con claridad entre lo privado y lo público, porque la vida humana se arruina cuando, sobre todo, lo público deglute lo privado. Pero también, lo contrario. Que es, irónicamente, lo que está ocurriendo. Lo privado, y su exaltación, gana espacio. Me explico: Lo privado ya no es tal. Se ha convertido en espectáculo de la plaza pública. Las puertas de las alcobas parecen un ring donde todos se deleitan.
Se ha suprimido el pudor que protegía la intimidad. ¿Resultado? Una sociedad menos libre, más vulnerable. Lo íntimo pasa a ser gozo de todos. Hablar de pudor hoy es motivo de burla. En su libro La supresión del pudor, el filósofo español Jacinto Choza lo definió como la inclinación a preservar lo propio frente a la mirada ajena. No es miedo al cuerpo ni modestia exagerada, sino la conciencia de que mi persona no puede reducirse a mero espectáculo. La vergüenza, en cambio, llega después: Aparece cuando esa intimidad ya fue degradada, y es la señal de que algo se perdió. Hoy el pudor ya no existe, y cuando la vergüenza debería aparecer, tampoco lo hace: Solo queda el decoro roto, y con él, todo parece ser permitido.
Y esto nos lleva al segundo aspecto: El socavamiento de la moral. El problema no es que hoy se diga todo. Y se muestre todo. El problema es que ya no se sabe qué cosas son un bien y qué cosas no. Qué cosas pertenecen a la intimidad y cuáles a la plaza pública. Ya no se tiene una vara moral que las mida. ¿Pregunte el lector, si no, a su alrededor qué es lo que distingue el bien del mal? No se sorprenda ante el sarambí de las respuestas.
Durante décadas, el pudor funcionó como una forma de autocontrol, reflejo del carácter. No impedía la libertad, como algunos suponen. Hacía una sociedad más delicada, más civilizada. Hoy ocurre lo contrario: La grosería se interpreta como autenticidad, el insulto es necesario –me dijo recientemente un político con cierto orgullo– para ganar ratings. Es la morbocracia: El morbo convertido en marketing electoral.
Y el último punto: Ya nada produce vergüenza. Más bien, “viralidad”. ¿Qué se pierde con su desaparición? Se socava la democracia. Se debilita poco a poco. Lo que Alexis de Tocqueville observó en el siglo XIX sigue siendo válido: Las democracias no viven únicamente de sus leyes ni de sus constituciones. Más bien, se nutren de costumbres. Se alimentan de hábitos que enseñan mucho más que el poder de un policía o la sentencia de un juez. El pudor y la vergüenza forman parte de ese patrimonio invisible.
Lo que antes provocaba sonrojo pasa a provocar aplausos. Y una sociedad que ya no se avergüenza de la vulgaridad termina por confundir la libertad con libertinaje.
El resultado no es una sociedad más libre, sino una sociedad más miedosa.
Miedo de las personas a ser expuestas. Se puede tener derecho a decir cualquier cosa y, al mismo tiempo, miedo de decirlo: Esa distinción tan natural es la que estamos olvidando. Nada de esto es nostalgia. Una sociedad puede tolerar la grosería ocasional. Claro. Eso es hasta de sentido común. Lo que no puede tolerar sin decaer es la indiferencia ante ella. Cuando el insulto deja de sorprender, no es que nos hayamos vuelto más tolerantes: Es que hemos perdido la brújula que nos permitía distinguir lo que degrada de lo que no. La civilización no comienza cuando aprendemos a hablar, sino cuando aprendemos qué cosas no conviene decir y cómo decirlas.