07 sept 2026

Ángel Piccinini

El 3 de setiembre se cumplieron 160 años de la caída de Curuzú, una de las jornadas más sangrientas de la Guerra de la Triple Alianza. Más de 1.500 hombres perdieron la vida en aquellos combates. Pero la tragedia no comenzó con el primer asalto, durante varios días, tropas paraguayas y aliadas se fueron acercando inexorablemente al enfrentamiento. Hoy reconstruimos, paso a paso, las jornadas previas a aquella batalla.
El 2 de setiembre, se cumplió un nuevo aniversario de la rendición formal del Imperio del Japón a bordo del acorazado USS Missouri, fondeado en la bahía de Tokio: el acto que puso fin a la Segunda Guerra Mundial. La fecha suele recordarse por su desenlace —la firma, las fotografías, el fin de las hostilidades— y rara vez por lo que estuvo a punto de no ocurrir. Porque en las horas previas a que el emperador Hirohito anunciara al pueblo japonés la capitulación, un grupo de oficiales del Ejército Imperial intentaron impedirlo por la fuerza. Entre los argumentos que invocaron para sostener que Japón debía seguir combatiendo, apareció, insólitamente, un país lejano: Paraguay.
Durante casi cuatro siglos, la historia tradicional sostuvo que Asunción había sido fundada el 15 de agosto de 1536. Esa fecha se repitió en crónicas, historias generales y obras de referencia hasta convertirse prácticamente en una verdad indiscutida, y hasta la fundación se atribuyó durante ese mismo tiempo a Juan de Ayolas.
El Cristiano ha vuelto a la conversación pública por la vía menos historiográfica posible: la coyuntura diplomática, a raíz de las declaraciones del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva sobre el origen de la guerra. El vicepresidente Pedro Alliana —en ejercicio de la Presidencia durante un viaje oficial de Santiago Peña— planteó que un gesto concreto de reconciliación sería la devolución del cañón Cristiano, junto con archivos y otras piezas patrimoniales trasladadas al Brasil tras la Guerra de la Triple Alianza. Esta es una buena oportunidad para conocerlo un poco más. Lo que sigue es un intento de reconstrucción cronológica a partir de las fuentes de la época, la prensa de guerra: El Semanario, El Centinela, Cabichuí y las memorias de Thompson, Centurión, Masterman, Resquín y Falcón.
El 24 de julio no era una fecha cualquiera en el Paraguay, era el natalicio del Mariscal Francisco Solano López y, junto con el 16 de octubre, aniversario de su asunción a la presidencia, constituía la celebración cívica más importante del calendario oficial. Lo que nadie podía prever es que esa misma liturgia de adulación iba a servir, en 1868, como cobertura para una de las operaciones más audaces de la guerra: la evacuación de la fortaleza de Humaitá.
Entre mayo y octubre de 1854, el Paraguay intentó por primera vez desde su independencia obtener el reconocimiento formal de España mediante un tratado de paz y amistad. La misión recayó en el general Francisco Solano López, quien la emprendió como parte de la gira diplomática y de compras que la legación paraguaya venía realizando por Europa desde que salió de Asunción el 12 de junio de 1853.
La fiesta de San Juan ingresó al calendario cristiano como heredera de las antiguas celebraciones del solsticio de verano del Hemisferio Norte. Aquellos eran festejos paganos, colmados de rituales y fogatas en los que se honraba el día más largo del año y se rendía culto al sol. Con la cristianización, esos ritos se transformaron en la conmemoración de San Juan Bautista: Se conservaron costumbres como las hogueras, pero revestidas de un nuevo sentido religioso. Trasplantada a estas latitudes, donde el 24 de junio cae en pleno invierno, la celebración conservó el nombre del santo y buena parte de su carácter festivo.
Cuando Paraguay y Australia se midan hoy, el encuentro tendrá para muchos el sabor de una novedad: dos países en las antípodas geográficas, sin historia compartida aparente, cruzándose por primera vez. En lo futbolístico, será de hecho su primer enfrentamiento oficial: las dos selecciones solo se habían medido antes solo en partidos amistosos, pero más allá del balón y mucho antes de que el fútbol los enfrentara, australianos y paraguayos ya se habían encontrado en circunstancias bastante más dramáticas que noventa minutos de juego.
Si bien los límites recién quedaron definidos en 1938, y la paz no se firmó sino aquel año –el 12 de junio pasado, hace noventa y un años, fue cuando se acallaron las armas–, conviene recorrer los distintos esfuerzos que se ensayaron antes de recurrir a ellas. El propósito de este artículo es, en primer lugar, verificar qué línea fijaba cada uno de los instrumentos diplomáticos frustrados entre 1879 y 1907, y qué porción del territorio en disputa quedaba a cada lado. En segundo lugar, se busca contrastar esas líneas con la que consagró el Laudo Arbitral de 1938.
Esta noche, cuando Paraguay y Estados Unidos salten al césped del estadio de Los Ángeles —el SoFi de Inglewood, California— por la primera fecha del Grupo D del Mundial 2026, el grupo que completan Turquía y Australia, los relatores repasarán el historial deportivo: aquel 3-0 norteamericano en Montevideo, en el Mundial inaugural de 1930, o el 2-1 del amistoso de noviembre pasado. Pocos recordarán que el verdadero primer enfrentamiento entre ambas naciones no se jugó con pelota.
El 18 de abril es una fecha grabada en la historia militar paraguaya por la pérdida de la estratégica posición de Itapirú ante la Triple Alianza. No obstante, para entender la importancia de su caída, es necesario retroceder a 1847, cuando el país enfrentaba las tensiones del Plata.
Esta es una refutación documental del artículo “Prolegómenos jurídicos de la Guerra de la Triple Alianza”, publicado en el Correo Semanal, 11 de abril de 2026, por el Dr. Carlos A. Filártiga Lacroix.
Tras el reciente aniversario del sacrificio final en Cerro Corá, surge otra efeméride clave para terminar de armar el rompecabezas de nuestra historia. El 9 de marzo de 1893 marcaba el fin de la existencia de Silvestre Carmona Milesi, el coronel que entregó la posición paraguaya al enemigo. Carmona representa la cara más cruda de la tragedia: la del héroe condecorado que termina convertido en el arquitecto de la caída final. Su figura es una pieza rota, aunque imprescindible, para comprender el trauma y las contradicciones más profundas de la Guerra Guasu.
Para hablar con justicia del asesinato del Cnel. Delvalle resulta ineludible hablar también de su vida, y para hablar de su vida resulta ineludible hablar de los días finales de la Guerra de la Triple Alianza, porque ambas cosas —la trayectoria del hombre y el ocaso de la guerra— están entrelazados.
¿Fue el final de la Guerra Grande un sacrificio planificado o un intento de fuga frustrado por la geografía? Mientras el Mariscal Francisco Solano López arrastraba a su menguante tropa por las serranías del norte, el alto mando brasileño y los cónsules europeos en el Plata compartían una misma sospecha: el objetivo era Bolivia. Entre la lealtad incondicional de sus allegados y las acusaciones de deserción de sus enemigos, la verdadera intención de López permanece bajo el velo del misterio. Este artículo profundiza en los testimonios y documentos que alimentaron la hipótesis de un exilio andino y las razones estratégicas que pudieron haber convertido esa ‘huida’ en un repliegue táctico de largo alcance.
Hace apenas unos días, el 19 de febrero, se cumplió un nuevo aniversario del acontecimiento naval que cambió el curso de la mayor guerra de la historia sudamericana: el forzamiento de las cadenas de Humaitá por la flota blindada del Imperio del Brasil en 1868. Y no es la única coincidencia del calendario, lo que en un futuro sería una heroica fortaleza, fue fundada un 6 de febrero de 1779, hace exactamente 246 años, es por esto, que este artículo es una excusa inmejorable para conocer un poco su historia.
El 19 de enero de 1906, la muerte de Bartolomé Mitre desató una tormenta política. ¿Cómo es posible que un mismo acto de respeto oficial sea visto como un gesto civilizado en una década y como una traición a la patria en la siguiente? La historia paraguaya guarda una contradicción fascinante: mientras que en 1888 el fallecimiento de Sarmiento fue honrado sin mayores escándalos por los veteranos de guerra, la muerte de Bartolomé Mitre en 1906 incendió los ánimos nacionales. Este artículo explora la paradoja de los homenajes y cómo la memoria política se transformó en una herramienta de exclusión.
El 18 de diciembre se cumplió un aniversario incómodo, uno que suele pasar en silencio o bajo el murmullo del reproche histórico: hace 161 años, un grupo de exiliados fundaba la Asociación Paraguaya. Aquella firma no solo dio origen a un cuerpo militar, sino que inauguró el estigma político más corrosivo y duradero de nuestra historia nacional: el de ser legionario.
Tras el abandono de las fortalezas de Humaitá y la retirada primero hacia San Fernando y, posteriormente, hacia la línea del Pikysyry, el Ejército paraguayo había sufrido un desgaste material y humano irreversible. La estructura estatal formal se había colapsado en gran medida, y la supervivencia de la fuerza armada pasó a depender de la movilización total de los recursos remanentes.
En este contexto de agitación global (el mundo venía de las protestas de 1968 y la Guerra de Vietnam) y de tensiones locales, el presidente de EEUU Richard Nixon envió en 1969 a Nelson Rockefeller –entonces gobernador de Nueva York– en una misión diplomática por Latinoamérica. Rockefeller debía recopilar información y evaluar la situación regional para el Gobierno estadounidense, en el marco de la Guerra Fría y la Alianza para el Progreso.
En el Paraguay de finales del siglo XIX e inicios del XX, el duelo caballeresco era visto como un medio aceptado para lavar ofensas al honor, especialmente entre caballeros de la élite. Aunque la Iglesia y las autoridades podían desaprobarlo, socialmente se consideraba comprensible que un hombre desafiara a otro a duelo ante un agravio grave.