17 may. 2026

Mujeres en la Guerra de la Triple Alianza: La batalla de Avay

Tras el abandono de las fortalezas de Humaitá y la retirada primero hacia San Fernando y, posteriormente, hacia la línea del Pikysyry, el Ejército paraguayo había sufrido un desgaste material y humano irreversible. La estructura estatal formal se había colapsado en gran medida, y la supervivencia de la fuerza armada pasó a depender de la movilización total de los recursos remanentes.

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La historiografía nacionalista ha exaltado la imagen de la mujer que empuña las armas voluntariamente, pero los documentos sugieren una realidad más matizada por la coerción y la necesidad.

Ilustración: Enzo

Es imperativo establecer, desde el umbral de este artículo, una distinción ética e historiográfica crucial: analizar la lógica interna de la resistencia paraguaya y la presencia de mujeres en el frente de batalla no constituye, bajo ninguna circunstancia, una justificación de las atrocidades cometidas por las tropas aliadas. La violencia sexual masiva, el saqueo y la ejecución de prisioneros tras la Batalla de Avay son crímenes de guerra, cuya responsabilidad recae íntegramente en los perpetradores y sus cadenas de mando.

Este artículo se centra en diseccionar los mecanismos mediante los cuales el Estado paraguayo, bajo la conducción del Mariscal Francisco Solano López, borró deliberadamente la distinción entre el frente y la retaguardia. La población civil no fue evacuada a zonas seguras para su protección, sino que fue replegada junto con el ejército para asegurar su control y su fuerza de trabajo, pues el recurso más abundante y disponible era la población femenina.
López aplicó una política de defensa total que implicaba negar al enemigo cualquier recurso, incluyendo el recurso humano.

A medida que el ejército se retiraba, López ordenaba la evacuación forzosa de toda la población civil. Dejar a las mujeres en sus pueblos hubiera significado dejarlas bajo control aliado. Al mantener a la población bajo su control directo en la zona de operaciones, López evitaba que los aliados utilizaran a la población paraguaya como fuerza de trabajo, informantes o base de apoyo logístico. Además, mantenía la ficción política de que el “Estado” paraguayo seguía existiendo y ejerciendo soberanía sobre su pueblo, dondequiera que estuviera el Mariscal. López y su entorno construyeron una narrativa poderosa, la demonización del enemigo que propagaba sistemáticamente el terror hacia los cambá o macacos (términos peyorativos para los brasileros), sugiriendo que quedarse atrás significaba violación y muerte segura, y presentaba al Ejército paraguayo como el único refugio seguro para las mujeres frente a la barbarie aliada, y era amplificada para asegurar la obediencia.

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Cuadro titulado Batalla de Avay, del pintor brasilero Pedro Americo, circa 1872-77.

Foto: Colección digital del Museu Nacional de Belas Artes (MNBA).

El resultado era una voluntad inducida que motivaba a muchas mujeres a seguir al ejército por “voluntad propia”, impulsadas por el miedo de caer en manos enemigas.

La historiografía nacionalista ha exaltado la imagen de la mujer que empuña las armas voluntariamente, pero los documentos sugieren una realidad más matizada por la coerción y la necesidad. Los periódicos de trinchera –como El Centinela y Cabichuí– publicaban grabados y artículos celebrando a las mujeres que pedían armas para defender a la patria. Se hablaba de “batallones de mujeres” con gorras tricolores y lanzas, y si bien hubo un fervor patriótico (orquestado por el gobierno para elevar la moral y presionar a los hombres) en etapas iniciales, para 1868 la movilización era mayoritariamente forzada o producto de la desesperación. La instrumentalización también fue económica.
Es esencial analizar quiénes estaban en ese campamento.

La historiografía tradicional a menudo homogeniza a las mujeres bajo el término Residentas, pero la realidad social era mucho más estratificada y coercitiva. La masa de mujeres presentes en los alrededores de Villeta y Avay no era un grupo monolítico, sino que estaba estratificada por una lógica funcional y política impuesta por el mando militar.

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Las Residentas constituían la inmensa mayoría de la población civil acompañante.

Foto: Archivo ÚH

Las Residentas constituían la inmensa mayoría de la población civil acompañante. Su denominación surge de la orden gubernamental que las obligaba a residir en los lugares específicos dictados por la autoridad militar, siguiendo el movimiento del ejército. Estas mujeres no eran meras refugiadas; eran la fuerza laboral que sustituyó a los servicios de intendencia y logística que el Estado ya no podía proveer. Su presencia en el frente respondía a una necesidad económica y operativa directa: mantener alimentada y vestida a la tropa.

Por otro lado, existía el grupo de las Destinadas, cuya presencia obedecía a una lógica punitiva y de control político. Estas mujeres eran esposas, madres o hijas de opositores políticos, de oficiales que habían caído en desgracia, o de hombres sospechosos de traición o deserción. Su ubicación en el frente, y específicamente en zonas bajo estricta vigilancia, las convertía en rehenes de facto.

A estos grupos se sumaba la Élite y el Entorno de Madame Lynch: un grupo reducido pero visible que intentaba mantener una apariencia de normalidad y corte en medio del desastre, organizando bailes y actividades sociales que contrastaban grotescamente con la miseria circundante.

Las joyas de las Residentas, donadas para la causa nacional, no siempre fueron entregas espontáneas de patriotismo. Existía una presión social y política inmensa. Las listas de donantes se publicaban, y no aparecer en ellas podía marcar a una familia como sospechosa, acercándola peligrosamente a la categoría de Destinada.

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La historiografía tradicional a menudo homogeniza a las mujeres bajo el término Residentas, pero la realidad social era mucho más estratificada y coercitiva.

Foto: De la colección del Archivo Nacional de Asunción.

Hacia finales de 1868, el ejército paraguayo profesional había dejado de existir en su configuración original; las “tropas más aguerridas” habían perecido en los esteros de Ñeembucú entre 1866 y 1868. Lo que restaba era una amalgama de veteranos supervivientes, ancianos, adolescentes y niños. Para comprender por qué cientos de mujeres se encontraban en la línea de fuego en el arroyo Avay el 11 de diciembre de 1868, es necesario trascender la visión tradicional de la guerra decimonónica y adoptar el prisma de la “Guerra Total”.

Las mujeres asumieron roles que eran, en la práctica, parte de la intendencia militar, y si bien estas funciones se cumplían casi desde el inicio del conflicto, se generalizaron para finales de 1868. Estas actividades incluían la agricultura de guerra (cultivo de maíz, mandioca y porotos en las inmediaciones de los campamentos, siendo el sostén alimenticio único del ejército ante el bloqueo naval aliado), la logística y transporte (traslado de municiones, víveres y agua, y evacuación de heridos, esencial para la movilidad de las tropas), la sanidad de campaña (enfermería, limpieza de hospitales de sangre y preparación de remedios yuyos, manteniendo precariamente la salubridad), y la manufactura (tejido de uniformes, limpieza de armas, fabricación de pólvora y cigarros, proveyendo insumos básicos ante el cese de importaciones).

El 11 de diciembre de 1868, la Batalla de Avay comenzó temprano en la mañana bajo una lluvia incesante. Las tropas de Caballero, superadas en número y potencia de fuego, resistieron con una tenacidad suicida. Los relatos de la época describen cargas de caballería desesperadas y combates cuerpo a cuerpo en el lodo. La artillería brasileña diezmó las filas paraguayas. Según Juan Crisóstomo Centurión, de los aproximadamente 5.600 hombres de Caballero, solo unos pocos cientos lograron escapar, cerca de 3.600 murieron en el campo y más de 1.000 fueron capturados, la mayoría heridos gravemente.

La asistencia de las mujeres en hospitales de sangre las colocaba en una posición de testigo directo del horror de la guerra, y la ruptura del frente, como ocurrió en Avay, las dejó inmediatamente expuestas. Tras la victoria militar, la ola de violencia que se desató no puede justificarse por ninguna necesidad militar. Las fuentes, incluyendo al militar y pintor argentino José Ignacio Garmendia, son explícitas al señalar que estas mujeres fueron sometidas a “ultrajes de la lujuria” por parte de una soldadesca aliada descrita como “desenfrenada”.

La violencia ejercida sobre las mujeres en Avay tenía componentes de castigo, dominación y deshumanización. Para el soldado aliado, imbuido de años de propaganda y brutalización por la guerra, la mujer paraguaya representaba al enemigo tanto como el soldado armado. La violación se convirtió en un arma de guerra, una forma de humillar al vencido apropiándose de “sus” mujeres y destruyendo el tejido social del oponente. Las descripciones de “violaciones masivas” indican que el mando aliado fracasó, o no tuvo la voluntad de contener a sus tropas, permitiendo que el desenfreno se convirtiera en la norma de la ocupación del campo de batalla. Estas 300 mujeres, que horas antes cavaban trincheras y cocinaban para sus maridos, se convirtieron en las víctimas finales de la hecatombe de Avay, sufriendo abusos físicos y psicológicos irreparables.

Investigador.
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