16 mar. 2026

La historia de la chipa, entre la memoria, la necesidad y la herencia mestiza

En Semana Santa, cuando miles de hogares paraguayos amasan y hornean chipas con manos rituales cada Miércoles Santo, es oportuno detenerse a reflexionar sobre este alimento que es mucho más que comida: La chipa es memoria viva, símbolo sagrado y herencia cultural.

chipa.jpeg

Recomiendan comer una sola chipa en el desayuno y otra por la tarde.

Foto: Gentileza.

Junto al mbeyú y la sopa paraguaya, forma parte de un trío culinario que el paraguayo siente profundamente suyo. No es raro, entonces, que cause molestia cuando países vecinos los presentan como propios. Pero, ¿qué sabemos realmente sobre el origen de la chipa?

La chipa que hoy conocemos –una masa compacta hecha con almidón de mandioca, grasa, queso y, a veces, anís– es el resultado de siglos de evolución cultural. Una de las hipótesis más sólidas sostiene que nació de la necesidad: En el Paraguay colonial, tan distante de la metrópoli española, la harina de trigo era un bien escaso o directamente inexistente. Los pobladores recurrieron entonces a lo que sí tenían en abundancia: La mandioca. A partir de ella, lograron obtener un almidón fino, ideal para sustituir la harina y crear una versión local de pan sin levadura.

La tradición lingüística también nos ofrece pistas reveladoras. En el Tesoro de la Lengua Guaraní (1639), el padre Montoya registra el término “chipá” como equivalente a “tipá”, definida como “torta de harina y acemita”. La acemita, a su vez, era un pan rústico español de origen árabe (del término asemid, “harina blanca”), sin levadura. Podemos decir, entonces, que la chipa es una suerte de acemita criolla: Un pan sin trigo adaptado al entorno americano.

Lea más: El origen de la chipa y el cocido en la gastronomía de Paraguay: Chef detalla cómo evolucionaron

Y no es menor el dato de que en guaraní, la palabra mbuyapé significa “pan”, lo que indica que el concepto del pan existía en la lengua antes incluso de la introducción del trigo europeo, aunque no necesariamente basado en almidón de mandioca.

Ulrich Schmidel, en su Viaje al Río de la Plata (1534–1554), menciona que ciertos grupos indígenas, enfrentados a la escasez de agua, bebían el líquido lechoso que soltaba la mandioca machacada. Curiosamente, Montoya define “tipá” como aquello que queda seco o agotado de líquido. ¿Podría este almidón seco, derivado del prensado de la mandioca, haber dado origen al nombre “tipá/chipá”?

Pero no termina ahí. También hay una línea etimológica andina: En quechua, la palabra ch’ipa significa “bulto, paca, envoltorio”. Esto sugiere que la chipa pudo haber sido originalmente un alimento envuelto en hojas vegetales, como algunas versiones cocidas sobre hojas de banana que todavía se preparan hoy. En esa línea evolutiva, aparece el ka’i ku’a (“cintura de mono”), preparado con maíz fresco, manteca, queso y anís, y cocido dentro de hojas de maíz. Su parecido con el tamal centroamericano es evidente, y permite suponer que la chipa pudo haber evolucionado desde un alimento hervido y envuelto, hacia uno horneado en tatakuá.

No menos interesante es la comparación con otros panes de almidón similares en la región. En Bolivia, el cuñapé o en Brasil encontramos el pão de queijo, uno de los íconos de la cocina mineira, que sigue una fórmula muy parecida a la chipa.

En este recorrido ancestral, es imprescindible mencionar al mbeyú, otro pan sin levadura de almidón de mandioca, grasa y queso, cuya preparación actual guarda una asombrosa semejanza con el casabe caribeño, elaborado desde tiempos precolombinos por pueblos taínos y arawak. Montoya ya mencionaba la palabra mbeyú como algo “espeso”, aunque no lo relacionaba todavía con un alimento. La primera mención documental del mbeyú como comida aparece en 1754, en la Historia de la Compañía de Jesús.

Nota relacionada: Chipa: Un recorrido por sus variaciones y sabores

Y mientras hablamos del casabe caribeño, vale la pena recordar que el 4 de diciembre de 2024, la Unesco reconoció oficialmente su elaboración como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad… en una sesión celebrada, paradójicamente, en Asunción.

¿Dónde estaban entonces los defensores de la identidad gastronómica paraguaya?

También podemos mencionar a la sopa paraguaya, muchas veces llamada simplemente “pan de maíz” en otras partes de América. Si bien existen diferencias en algunos ingredientes y técnicas, la esencia es la misma.

Todo esto nos evidencia como paraguayos una tremenda falta de globalización, consecuencia de varios gobiernos totalitarios que durante décadas nos sumieron en el aislamiento y en la ignorancia. A eso se suma nuestra situación geográfica, que nos mantiene, incluso hoy, relativamente alejados de difusión cultural del continente.

Investigador.
Más contenido de esta sección
La cinematografía brasileña atraviesa un proceso de relegitimación internacional en el circuito global de festivales. Obras como Ainda estou aqui (Walter Salles, 2024), A melhor mãe do mundo (Anna Muylaert, 2025) consolidan este panorama, donde la dimensión política es parte intrínseca de su discurso. A este fenómeno se suma la poética de “El agente secreto” de Kleber Mendonça Filho.
Tras el reciente aniversario del sacrificio final en Cerro Corá, surge otra efeméride clave para terminar de armar el rompecabezas de nuestra historia. El 9 de marzo de 1893 marcaba el fin de la existencia de Silvestre Carmona Milesi, el coronel que entregó la posición paraguaya al enemigo. Carmona representa la cara más cruda de la tragedia: la del héroe condecorado que termina convertido en el arquitecto de la caída final. Su figura es una pieza rota, aunque imprescindible, para comprender el trauma y las contradicciones más profundas de la Guerra Guasu.
¿Fue el final de la Guerra Grande un sacrificio planificado o un intento de fuga frustrado por la geografía? Mientras el Mariscal Francisco Solano López arrastraba a su menguante tropa por las serranías del norte, el alto mando brasileño y los cónsules europeos en el Plata compartían una misma sospecha: el objetivo era Bolivia. Entre la lealtad incondicional de sus allegados y las acusaciones de deserción de sus enemigos, la verdadera intención de López permanece bajo el velo del misterio. Este artículo profundiza en los testimonios y documentos que alimentaron la hipótesis de un exilio andino y las razones estratégicas que pudieron haber convertido esa ‘huida’ en un repliegue táctico de largo alcance.
Hace apenas unos días, el 19 de febrero, se cumplió un nuevo aniversario del acontecimiento naval que cambió el curso de la mayor guerra de la historia sudamericana: el forzamiento de las cadenas de Humaitá por la flota blindada del Imperio del Brasil en 1868. Y no es la única coincidencia del calendario, lo que en un futuro sería una heroica fortaleza, fue fundada un 6 de febrero de 1779, hace exactamente 246 años, es por esto, que este artículo es una excusa inmejorable para conocer un poco su historia.
La indiferencia de la cartelera asuncena ante el estreno de Sirat contrasta con su doble nominación al Óscar: Mejor Película Internacional y su irrupción en el corazón de la industria en la categoría de Mejor Sonido. Este vacío local es la excusa para analizar la obra de Oliver Laxe: un viaje sensorial entre el misticismo y el trance electrónico.
La reciente partida del antropólogo José Zanardini (1942–2026), marca más que el final de una vida. Con él, prácticamente desaparece una forma de pensar el mundo, una figura de intelectual verdaderamente comprometido con los descartados del sistema: campesinos, comunidades indígenas y, en especial, los pueblos chaqueños como los ayoreos, cuya dignidad rescató con rigor ético y antropológico. El duelo por Zanardini nos obliga a mirar una tragedia mayor: la agonía del intelectual crítico y emancipador en Paraguay.