20 jul 2026

El ingenio ante el abismo en la Guerra de la Triple Alianza

La guerra no solo se libra con balas, sino también con recursos. Pero ¿qué sucede cuando estos se agotan por completo? Este artículo explora las soluciones improvisadas que permitieron sostener la maquinaria bélica y de cómo se vio forzada a realizar una verdadera reingeniería de su existencia asfixiada por el bloqueo.

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Recreación IA, del Cnel. Centurión con el Mcal. López.

Foto: IA

En Paso de la Patria y en el campamento de Tuyutí, el ejército aliado vivía en una relativa abundancia. Se habían establecido grandes comercios, barracas y sucursales bancarias (como la del Banco Mauá), e incluso teatros. La provisión era tal que, para facilitar el cambio ante la falta de moneda menuda, se fraccionaban los pesos fuertes de plata. Se podían satisfacer hasta los “apetitos más extravagantes”.

Del lado paraguayo, la realidad era diametralmente opuesta. A partir de 1866, con el agravamiento del bloqueo aliado que impedía cualquier importación, la sociedad paraguaya se vio obligada a reorientar todas sus actividades con un único fin: sostener la maquinaria bélica y garantizar la subsistencia. Una “escasez espantosa” de bastimentos, ropa y papel obligó a la nación a mirar hacia adentro, explotando al máximo los recursos propios y la creatividad de su gente.

Había mucha escasez de monedas para facilitar el cambio, por lo que se adoptó el sistema de dividir el peso fuerte de plata en dos o cuatro partes. El papel se volvió un bien de lujo inexistente.

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Ing. Robert Eberhard von Fischer-Treuenfeld (1835-1907).

Foto: Archivo

Para solucionar esto, el ingeniero alemán Richard von Fischer-Treuenfeld, quien había llegado en 1864 para instalar el telégrafo, ideó un proceso de fabricación local. Utilizó las fibras del ybirá y el caraguatá, plantas silvestres que cubrían grandes extensiones y cuyas hojas poseían una notable resistencia a la tracción y a la putrefacción.

Cuando el papel de la fábrica de Treuenfeld no era suficiente, se recurrió a los archivos públicos, recortando los pedazos en blanco de documentos antiguos. Se desarrolló una técnica de escritura microscópica para aprovechar cada milímetro de papel en la correspondencia al exterior y los estados del ejército. Para los despachos más importantes de jefes y oficiales, se curtió piel de carnero, creando un pergamino de calidad europea. Para la escritura, la tinta se obtenía de una haba negra cuyo principio colorante se extraía también mediante cenizas.

Los soldados, obligados a dormir en el suelo y mal vestidos, padecían de frío e insolación. La familia presidencial dio el ejemplo de ofrecer sus tapices para cubrir a los soldados, pero el número de personas que poseían tapices era extremadamente reducido, por lo que la cantidad total no fue considerable.

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Juan Crisóstomo Centurión Martínez (1840-1902) integró la lista de becarios enviados a Europa. Estudió en Inglaterra Literatura Francesa, Inglesa y Lengua Alemana. Se formó en Derecho Internacional Público y Derecho Internacional Privado, en el King’s College de la Universidad de Londres.

Foto: Archivo

La carencia impulsó una serie de sustituciones químicas y médicas improvisadas pero vitales; la fabricación de pólvora se intensificó extrayendo sustancias de la pirita de hierro y del salitre obtenido de orín de los soldados y excrementos de animales descompuestos. Paralelamente, se organizó la recuperación de metales de los campos de batalla y la donación de ollas y utensilios por parte de las mujeres para fundir nuevos cañones y proyectiles.

Cada división militar fabricaba su propio jabón utilizando la ceniza del árbol yoyby, considerada la más fuerte. Ante la falta de medicamentos, farmacéuticos británicos y médicos locales impulsaron la producción de sustitutos, incluyendo una campaña de vacunación contra la viruela recolectando pústulas de las ubres de las vacas. La sal, cuya producción en Lambaré se paralizó por falta de mano de obra, se volvió un tesoro raro. Sin embargo, durante la retirada por el Chaco, los soldados descubrieron un arbusto similar al candelón; al hervir sus hojas gruesas, obtenían una sustancia blanca de sabor penetrante que usaban para salar sus pucheros.

Pero cuando había algo con qué sustituir la sal, las raciones de carne eran insuficientes, llegando a ser de una res para 150-200 hombres. La carencia de alimentos y las condiciones sanitarias precarias fueron responsables de una inmensa mortandad, superando a menudo las bajas por combate. La desesperación llevó a que algunas familias comieran perros, sapos y serpientes. Los prisioneros de guerra en las fundiciones, debido a la falta de alimento, fueron obligados a comer cueros de cabeza de animales vacunos asados y hervidos.

Hacia el final de la contienda, la situación tocó fondo. A finales de noviembre de 1869, en el campamento de Arroyo Guasu, la oscuridad era total: no había velas de sebo ni grasa para iluminar la redacción de los partes nocturnos. Fue entonces cuando el ingenio del coronel Juan Crisóstomo Centurión iluminó un poco, literalmente, las últimas horas de la resistencia. Según relata en sus memorias:

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Ejemplar del Cabichui impreso en el papel de caraguata.

Foto: Archivo

“Había llegado a tal extremo la escasez de todo que se carecía hasta de vela de sebo, o de cualquier otro preparado, para alumbrar de noche y escribir los partes, listas, estados personales, etcétera.
En esta circunstancia buscando medio de poder remediar esta necesidad, encontré que tal vez podría extraer aceite de la pepita que contiene la semilla de la naranja agria que abundaba en el campamento. Hice la prueba. Mandé extraer una buena cantidad de pepitas quebrando con una piedra las semillas, y machacadas eché en agua hirviendo. Conseguí así recoger una cantidad suficiente de aceite, con el cual hice un candil sirviéndome para ello de la misma cáscara vacía de la naranja agria como candileja, con un poco de agua en el fondo y un pedacito de trapo torcido como mecha. Le enseñé al Mariscal y lo celebró muchísimo, faltando poco para que me otorgase patente de invención por tan importante descubrimiento...”.

Investigador.
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