Aunque las leyes declaraban ilegal la práctica de los duelos, en la mayoría de los países (incluido Paraguay) eran tolerados socialmente, al punto que rehusar un desafío equivalía a “ser derrotado” y era tenido por deshonroso. Por ejemplo, el escritor español Rafael Barrett, residente en Asunción, llegó a publicar en 1906 una carta retando a duelo a un político que lo insultó, demostrando cuán normalizada estaba esta costumbre incluso en la prensa de la época.
En cuanto al marco legal, el duelo nunca fue plenamente legal en Paraguay, pero la ley fue indulgente durante mucho tiempo. El Código Penal vigente entre 1914 y 1997 tipificaba como delito el retar a duelo, así como aceptar el desafío y actuar de padrino, pero solo imponía multas como castigo.
Dichas multas además podían reducirse si el reto se consideraba “justificado” (por ejemplo, si efectivamente hubo un insulto) e incluso disminuir más si la ofensa había sido contra la madre, hermana o esposa del duelista. En caso de que un duelo terminara con la muerte de uno de los participantes, la ley permitía al juez atenuar o hasta eximir la pena al sobreviviente, considerando que el fallecido provocó el resultado al haber injuriado y aceptado el lance; se entendía que el duelista actuó movido por un “dolor intenso” y no con maldad premeditada.
Aunque el duelo era técnicamente ilegal, la legislación paraguaya de la época prácticamente lo toleraba bajo el argumento de la defensa del honor propio. Esto refleja la percepción social: El honor se consideraba un bien casi tangible que merecía defensa, y la sociedad miraba con cierta admiración o comprensión estos “lances de honor”, siempre y cuando se condujeran con arreglo a las formas caballerescas.
Cómo se practicaba el duelo: Existían reglas estrictas para garantizar que el enfrentamiento fuera “limpio” y honorable. Lo usual era que cada contendiente nombrara dos padrinos o segundos, cuyo primer deber era intentar una conciliación pacífica antes de llegar a las armas. Si la ofensa no se reparaba con disculpas, entonces los padrinos acordaban los términos del duelo (armas, distancia, número de disparos, etc.) y designaban un árbitro para dirigir el encuentro. Por lo general, en Paraguay hacia 1900 el duelo se realizaba con pistolas o revólveres idénticos, a 20 pasos de distancia, y con un número fijo de disparos pactados (usualmente tres) que debían hacerse simultáneamente a la señal del árbitro. Algunas reglas comunes eran:
-Armas iguales: Se usaban armas de idénticas características (típicamente revólveres) para garantizar igualdad de condiciones.
-Distancia y disparos: Los duelistas se colocaban a unos 20 pasos; cada uno tenía derecho a hacer hasta tres disparos, uno tras otro, a la voz o señal convenida.
-Orden y señales: Un árbitro daba la señal (por ejemplo, palmadas contadas) para que ambos apuntasen y disparasen al mismo tiempo, evitando ventaja de uno sobre otro.
-Finalización: Si alguno resultaba herido de gravedad antes de completar los tres tiros, el duelo se daba por terminado de inmediato. Tras agotar los disparos acordados, si ambos contendientes seguían con vida, se consideraba que el honor quedaba satisfecho y debían “olvidar el agravio” y dar por zanjada la disputa.
Además de estas normas, era costumbre que hubiera médicos presentes o cercanos para asistir a los heridos, y que todo el lance se realizara en privado y al amanecer, con la mayor discreción posible. De hecho, muchos duelos se hacían en las afueras de las ciudades (un sitio favorito en Asunción era la zona de Tacumbú, entonces poco urbanizada) y en ocasiones se falseaba el lugar en las actas para despistar a las autoridades. La Policía casi siempre se enteraba tarde o hacía la vista gorda, por ejemplo, en un duelo de 1906 en Asunción, se relata que la tramitación fue tan reservada que la policía supo del hecho solo después de consumado. En síntesis, el duelo en aquella época tenía un carácter ritual y normado; era un “combate de honor” aceptado en ciertos círculos, con guion propio, a pesar de estar al margen de la ley.
Casos célebres de duelos en Paraguay (siglos XIX-XX)
Domingo Faustino Sarmiento vs. Agustín Cañete (1887)
Uno de los episodios más documentados y singulares de duelos intentados en el Paraguay del siglo XIX fue el desafío de Agustín Cañete al ex presidente argentino Domingo Faustino Sarmiento, ocurrido en setiembre de 1887. Este no solo fue un conflicto de honor entre dos figuras públicas, sino también un hecho que condensó las tensiones ideológicas de la posguerra y las disputas entre las elites locales sobre la memoria histórica del país.
El conflicto comenzó con una serie de publicaciones críticas de Sarmiento contra la figura del Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, a quien describía como un déspota. En particular, una frase publicada por Sarmiento en el diario La Nación el 20 de setiembre de 1887 fue interpretada como una agresión directa: “Los tiranos se matan a sí mismos, en ellos o en su prole”. Dado que Cañete se consideraba nieto del Dr. Francia por vía materna, se sintió personalmente ofendido y respondió enviando padrinos de duelo a Sarmiento, con la intención de batirse por el honor de su familia.
El episodio tuvo una amplia cobertura mediática. Mientras periódicos liberales como El Imparcial y El Látigo ridiculizaban a Cañete y lo llamaban “nieto del tirano”, el diario El Paraguayo apoyó su postura. La prensa también relató que Sarmiento, entonces ya un anciano de 76 años, rechazó el desafío y advirtió que, si insistían, se batiría con los padrinos antes que con Cañete. Las autoridades paraguayas, encabezadas por el presidente Patricio Escobar, intervinieron discretamente para apaciguar los ánimos.
Lo notable de este caso es que, aunque no llegó a concretarse el duelo, siguió todos los rituales de un lance caballeresco: Envío de padrinos (uno de ellos el diplomático argentino Sinforiano Alcorta), intercambio de cartas, y publicaciones de réplica en la prensa. Cañete incluso amenazó con abofetear en público a Sarmiento si este se rehusaba a aceptar el duelo. El episodio terminó cuando Cañete retiró su desafío, presionado por el Ejecutivo y ridiculizado por los periódicos opositores.
Este episodio, más que un simple incidente de honor, fue reflejo de una profunda batalla ideológica entre dos visiones del país: La de los “Reconstruccionistas”, que defendían la figura de Francia como fundador de la nacionalidad paraguaya (como Cañete, Ayala y Báez), y los “Regeneracionistas”, muchos de ellos miembros de la élite liberal y de la Legión Paraguaya, que promovían una ruptura con el pasado autoritario (como Decoud, Rosa Peña y los Peña). En este contexto, Sarmiento fue un ícono ideológico para los segundos.
La polémica tuvo derivaciones notables. Cañete presentó una carta pública en defensa del honor de su madre Ubalda García (la “Niña Francia”) y llegó a renunciar a su cargo de Ministro de Hacienda, aunque luego fue persuadido de retirarla. La prensa argentina se hizo eco del caso, y El Quijote de Buenos Aires publicó una sátira en que se burlaba del “nieto de Francia” y celebraba que Sarmiento “volteó al ministro con un soplido”.
Este episodio marcó también la emergencia del debate historiográfico nacional sobre quiénes debían ser los verdaderos “próceres” de la patria: Francia o sus opositores, López o sus detractores. Fue uno de los precursores del revisionismo paraguayo que eclosionaría en la polémica Báez vs. O’Leary pocos años después.
Enrique Solano López vs. Francisco Tapia (1898)
Uno de los primeros duelos caballerescos registrados en la posguerra grande fue el que protagonizó Enrique Solano López Lynch –hijo del Mariscal Francisco Solano López y de Elisa Lynch– contra el profesor Francisco Tapia (de nacionalidad argentina) a fines del siglo XIX. El lance ocurrió el 25 de abril de 1898, muy probablemente en la zona de Tacumbú en Asunción (aunque algunas crónicas mencionan la orilla del río Pilcomayo como escenario). ¿El motivo? Tapia, quien era director de la Escuela Normal de Profesores, había emprendido una campaña para desterrar la memoria del Mariscal López de la educación pública, ordenando la “proscripción” de los cuadernos con la imagen del Mariscal utilizados por los alumnos. Además, el docente había lanzado agravios verbales y escritos contra la figura de Francisco Solano López y contra su compañera Elisa Lynch en la prensa. Estos insultos a los padres de Enrique Solano López colmaron la paciencia del joven, quien sintió su honor familiar ultrajado y retó a duelo al maestro.
Bajo las estrictas normas de la caballerosidad, ambos contendientes se batieron con pistolas. Cada uno contó con padrinos distinguidos: por Solano López oficiaron Adolfo Soler y Carlos Luis Isasi; por Tapia, Manuel Amarilla y Mariano Olleros. El duelo se pactó a tres disparos. Tras cumplirse el ritual de medir la distancia (unos 20 pasos) y las advertencias de rigor, los duelistas intercambiaron los tres tiros convenidos. Afortunadamente, ninguno resultó herido, ya fuera por mala puntería o por deliberada mesura de los tiradores. Luego del tercer disparo, ambos salieron ilesos y el encuentro se dio por concluido. Según las crónicas, no hubo reconciliación cordial (puesto que Enrique Solano López difícilmente iba a disculpar las ofensas a la memoria de sus padres), pero bajo palabra de honor y a instancias de sus padrinos acordaron dar por olvidado el incidente y sus causas. De esta manera, el enfrentamiento terminó sin sangre. Tampoco se registraron repercusiones legales contra ninguno de los dos; en la práctica las autoridades no intervinieron, quizá porque el desafío había sido “limpio” y entre caballeros prominentes. Este caso se recuerda como un duelo por la memoria histórica: el hijo del “héroe nacional” defendiendo el honor paterno en la arena del honor personal.
Gómez Freire Esteves vs. Carlos García (1906)
El siguiente duelo célebre ocurrió pocos años después, ya en el siglo XX, y tuvo un desenlace trágico. El 13 de enero de 1906, en el barrio Tacumbú de Asunción, se enfrentaron a pistola dos jóvenes políticos y periodistas: Carlos García y Gómez (Gomes) Freire Esteves. Este lance estuvo directamente vinculado a la convulsión política de la época. Tras la revolución de 1904, el Partido Liberal había llegado al poder pero pronto se dividió en dos facciones antagónicas: los llamados cívicos vs. radicales. Cada grupo tenía sus órganos de prensa –El Cívico de un lado y El Liberal del otro–, y entre ambos periódicos se desató una polémica personal que escaló de los insultos escritos a las amenazas. García, identificado con el sector radical (El Liberal), y Freire Esteves, del sector cívico (El Cívico), cruzaron acusaciones públicas subidas de tono, lo que derivó finalmente en un desafío a duelo para dirimir su honor partidario.
La madrugada del 13 de enero se llevó a cabo el encuentro, pese a que muchas personas –incluyendo los mismos padrinos– intentaron evitarlo hasta último momento. Las condiciones pactadas reflejaron el código de honor típico: duelo con revólveres a 20 pasos de distancia, con varios disparos permitidos. Actuaron como padrinos destacados dirigentes de la época: por Carlos García oficiaron Miguel Ángel Guanes (quien irónicamente días después sería retado por Rafael Barrett en otro incidente) y el entonces teniente Albino Jara; por Gómez Freire estuvieron Adolfo Vázquez y Juan J. Soler. Albino Jara, que además hizo de árbitro, tenía la potestad de suspender el duelo debido a que Carlos García padecía un impedimento físico (algunas fuentes indican que García estaba convaleciente o enfermo). Sin embargo, la determinación de los duelistas fue mayor y Jara permitió seguir adelante. Se dieron las últimas oportunidades de conciliación en el mismo terreno, pero ninguno quiso retractarse.
Finalmente, colocados cada uno en su puesto, se dio la señal. Hubo una secuencia de disparos: en el tercer tiro, Gómez Freire Esteves acertó un balazo en la frente de Carlos García, quien cayó mortalmente herido. El duelo terminó ahí, con un resultado fatal. El cuerpo de García –un joven de apenas 21 años, carismático y muy querido en la sociedad asuncena– fue retirado del lugar en una zorra de tranvía para ser velado. Sus funerales vistieron de luto a la capital, consternada por la pérdida. Por su parte, Gómez Freire Esteves salió físicamente ileso, pero la muerte de su adversario lo persiguió en adelante. Si bien legalmente enfrentó solo una leve sanción (posiblemente una multa, conforme las leyes indulgentes de entonces), quedó marginado políticamente por este hecho. La opinión pública le fue adversa por haber matado a un hombre en duelo. Freire Esteves viajó a Europa ese mismo año 1906, alejándose temporalmente del país, y aunque años después retomó su carrera (incluso llegó a ser ministro en 1936), sus “fracasos tempranos” quedaron ligados a la sombra de aquel lance desafortunado.
Este duelo de 1906 es recordado como uno de los últimos duelos a muerte entre figuras públicas en Paraguay. Fue ampliamente comentado en su tiempo, sirviendo de advertencia sobre los peligros de llevar el faccionalismo político al terreno del honor personal. Irónicamente, Albino Jara, quien fue padrino y árbitro, pocos años después sería presidente de la República (1911) tras liderar una revolución, solo para también morir joven en combate en 1912 –otro ejemplo de la violencia que signó a esa generación.
Manuel Talavera vs. Cristino Torres (1907)
Un año más tarde tuvo lugar otro lance caballeresco, este con final menos trágico, que se hizo célebre por haberse desarrollado bajo el rigor de las normas de duelo. El 17 de marzo de 1907, la ciudad de Paraguarí fue escenario de un enfrentamiento entre Manuel Talavera (un prominente ciudadano local) y el alférez Cristino Torres (oficial del Ejército). En aquella época, cualquier agravio percibido –una injuria verbal, una falta de respeto pública– podía desencadenar un duelo, y así ocurrió entre Talavera y Torres (aunque las crónicas no detallan la ofensa original, se presume alguna disputa de honor personal). Ambos acordaron batirse siguiendo el protocolo caballeresco vigente: Eligieron padrinos (dos por cada uno) que intentaron sin éxito una solución pacífica, y al no lograrla, se procedió al lance con revólveres.
Las condiciones fueron similares a otros duelos de la época: Distancia de 20 pasos, máximo tres disparos por duelista, y disparo simultáneo a la voz del árbitro. El duelo de Paraguarí quedó particularmente documentado por la precisión de sus reglas, que resumimos antes. Tras colocarse frente a frente, Talavera y Torres intercambiaron los primeros disparos. En el transcurso del lance, Cristino Torres resultó herido de un balazo en el pómulo derecho. Afortunadamente, la herida fue leve y no comprometió su vida. Según lo pactado, al haber sufrido uno de los contendientes una lesión, el árbitro suspendió el duelo inmediatamente. En total, no llegaron a consumirse los tres tiros cada uno, pues la lesión de Torres puso fin al enfrentamiento antes del último intercambio.
Tras el lance, tanto Talavera como Torres sobrevivieron. El honor, en teoría, quedó “satisfecho” con aquel disparo. Siguiendo la costumbre, ambos debían dar por canceladas las ofensas luego del duelo, y así se hizo constar. No obstante, no se menciona una reconciliación amistosa; simplemente cada cual siguió su camino tras cumplir el rito. En cuanto a consecuencias legales, no hubo repercusiones mayores.
Las autoridades no procesaron a ninguno de los duelistas, probablemente debido a que no hubo fallecido y a que el duelo se había realizado bajo mutuo consentimiento y con testigos que avalaban que fue un duelo legítimo. Cristino Torres continuó su carrera militar –años más tarde participó como uno de los jefes en la revolución civil de 1922, lo que indica que el incidente de Paraguarí no manchó su trayectoria militar–. Este caso ilustró cómo, en el Paraguay de inicios del siglo XX, los duelos podían llevarse a cabo casi a la vista de todos (fue en pleno Paraguarí) sin demasiadas consecuencias, siempre que se observaran las “buenas formas” caballerescas y nadie muriera.
Eliseo Salinas vs. Miguel Ramírez (1916)
Considerado a menudo como el último duelo a muerte registrado en Paraguay, el enfrentamiento entre el capitán Eliseo Salinas y el joven Miguel Ramírez ocurrió el 25 de noviembre de 1916 en la ciudad de San Ignacio Guazú, departamento de Misiones. Este caso es particularmente notable no solo por su violencia sino también por el contexto rural y las consecuencias sociales que tuvo. El origen de la enemistad entre Salinas y Ramírez fue un asunto de honor mezclado con galantería: durante una fiesta patria en julio de 1916, el capitán Salinas sacó a bailar a una señorita llamada Virginia Brusquetti.
La joven se sentía incómoda, por lo que su madre, al notarlo, le pidió a Miguel Ramírez (un muchacho del pueblo) que interviniera sacando a Virginia a bailar en la siguiente pieza. Ramírez accedió caballerosamente al pedido y ocupó el lugar de Salinas, lo cual este último tomó como una ofensa grave a su honor. A partir de ese momento nació una enemistad manifiesta: Salinas, hombre temperamental y autoridad militar en el pueblo, se sintió públicamente desairado por el civil Ramírez. Semanas después llegó a amenazar en público con retarlo a duelo si osaba presentarse a cualquier otra fiesta donde él estuviese.
La tensión culminó la noche del 25 de noviembre, durante las festividades patronales de San Ignacio. Miguel Ramírez, lejos de amedrentarse, asistió al baile popular y, para mayor provocación, volvió a bailar con la misma joven Virginia en el centro del salón, a la vista de todos. Cuando el capitán Salinas llegó y vio la escena –su adversario bailando desafiante con “su” dama–, salió inmediatamente del lugar decidido a consumar el duelo. En ausencia de padrinos o protocolos formales, Salinas encargó al telegrafista del pueblo que avisara a Ramírez que lo esperaba afuera, en la calle. El desafío ya era vox populi entre los presentes: se sabía que esa noche habría enfrentamiento, tanto que los hombres asistentes se habían retirado al fondo del patio para no ser testigos directos, dejando solo a las mujeres en el salón. Sin padrinos, sin árbitros ni armas reglamentarias –cada uno portaba su propio revólver–, Salinas y Ramírez finalmente se encontraron bajo la luz de la luna en una calle de San Ignacio. Testigos a distancia relatan que antes de desenfundar, el capitán lanzó la pregunta de rigor: “¿Está preparado, Ramírez?”, a lo que el muchacho respondió firme: “Sí, capitán”. Acto seguido, casi sin más señal, sonaron los disparos mutuamente.
En ese breve pero feroz intercambio de balas, Eliseo Salinas cayó muerto en el acto, alcanzado por el tiro de Ramírez (según la versión tradicional). Miguel Ramírez resultó herido de un balazo en la región de la ingle, pero pudo huir tambaleante unos 200 metros hasta la casa cercana de Doña Dorotea Aranda, buscando refugio. La insólita victoria del joven civil sobre el capitán militar provocó inmediatamente la furia de los soldados subordinados de Salinas. Aquí las consecuencias sobrepasaron el código del duelo: no hubo honor para el vencedor, sino venganza. Dos sargentos (de apellidos Irigoitia y Alonso) extrajeron a Ramírez de su escondite; a pesar de que el muchacho herido no oponía resistencia, lo maniataron y lo arrastraron hasta la plaza pública. Allí, en una esquina, fue brutalmente torturado durante un par de horas, ante la mirada atónita (y atemorizada) de algunos vecinos. Finalmente, alrededor de las 3 de la madrugada del 26 de noviembre, un pelotón improvisado de cinco militares fusiló a Miguel Ramírez, acribillándolo con decenas de disparos hasta matarlo.
La saña no terminó con su muerte: cuando la madre del joven quiso recoger el cuerpo para enterrarlo dignamente, recibió la cruel respuesta de que “ya los perros se encargarían” de sus restos. Solo gracias a la intervención de un sacerdote, ese mismo día por la tarde le permitieron rescatar lo que quedaba de los restos de Ramírez para darles sepultura cristiana.
Este desenlace atroz tuvo un fuerte impacto en la comunidad de San Ignacio. La población, especialmente liderada por las mujeres del pueblo, manifestó un rechazo abierto a la continuación de la presencia militar en la ciudad. En señal de protesta y luto, las familias colgaron cintas negras en las fachadas de sus casas, y debido a esa hostilidad un tiempo las tropas se retiraron del pueblo. Aún años después, cuando el Ejército quiso reinstalarse, halló resistencia; de hecho, se atribuye a esta oposición ciudadana que la guarnición militar de Misiones acabara estableciéndose en San Juan Bautista y no en San Ignacio, relegando a este último de ser capital departamental.
En el plano legal, la muerte de Salinas pudo considerarse resultado de un duelo, pero el posterior fusilamiento de Ramírez fue simple asesinato extrajudicial. Sin embargo, en esos tiempos convulsos ninguna justicia alcanzó a los ejecutores: no hubo sanciones penales para los soldados que tomaron la represalia. El duelo en sí tampoco llegó a ser juzgado formalmente; quedó eclipsado por la gravedad de lo ocurrido después. Con la muerte de ambos contendientes, el asunto se dio por cerrado en los papeles, pero no en la memoria colectiva. El suceso se propagó oralmente y marcó un antes y un después en San Ignacio, quedando en la tradición popular como “el último duelo a muerte”. Incluso surgieron rumores de que en realidad un tercer tirador oculto habría disparado contra Salinas (“el tercer disparo”), para vengar abusos previos del capitán, teoría nunca comprobada pero susurrada por años en el pueblo.
El duelo Salinas–Ramírez de 1916 simboliza el ocaso de esta práctica en Paraguay. Después de este episodio, prácticamente no se volvieron a registrar duelos formales de honor en el país. La sociedad paraguaya, especialmente tras la Guerra del Chaco (1932-1935) y con la modernización de las instituciones, fue dejando atrás el duelo como método aceptable de resolver disputas personales. De hecho, el Código Penal de 1997 eliminó definitivamente las antiguas disposiciones “tolerantes” hacia el duelo, equiparándolo a cualquier otra agresión o homicidio.
Otros recordados desafíos a duelos.
1890 | Alejandro Audibert vs. José Irala:
Frustrado. Mencionado en El Independiente.
1894 | Fabio Queirolo vs. Cecilio Báez (1.º intento): Frustrado. Los jueces fallaron que no había motivo.
1894 | Fabio Queirolo vs. José Irala: Frustrado. Irala rechazó el duelo públicamente por carta.
1894 | Fabio Queirolo vs. Cecilio Báez (2.º intento): Frustrado. Nuevamente los padrinos no hallaron motivos suficientes.
1896 | Alejandro Audibert vs. Pedro P. Caballero: Frustrado. Interrumpido por la policía y familiares en el lugar; luego Caballero desistió por la excesiva publicidad.
c. 1900 | Miguel Guanes vs. José I. Muñoz: Realizado. A sables. Ambos resultaron heridos en la cabeza simultáneamente.
1906 (13 Ene) | Gomes Freire Esteves vs. Carlos García: Realizado (FATAL). A revólver. Murió Carlos García. Es el único duelo con muerte registrado en esta crónica.
1906 (16 Ene) | Enrique Solano López vs. Antonio Gasparini: Frustrado. Se reconciliaron en el campo de honor antes de empezar.
1906 (17 Ene) | Rafael Barret vs. Miguel Guanes: Frustrado. Guanes se negó rotundamente a batirse con Barret.
1907 (Abr) | Juan Francisco Recalde vs. Hnos. López: Frustrado (Derivó en crimen). Había un reto previo fallido; terminó en una emboscada y asesinato de Recalde, no en un duelo formal.
1912 | Gomes Freire Esteves vs. Luis A. Riart: Frustrado. Riart rechazó batirse alegando que Freire Esteves no tenía “títulos ni méritos” (no era doctor ni senador).
1918 | Carlos Sosa vs. Mayor Julián Arias: Realizado. A sables. Ambos heridos (Sosa en cara y mano; Arias en cabeza y brazo).
1919 | Cnel. Celestino Meza vs. Elías C. García: Frustrado. Un jurado de honor determinó que no había lugar al duelo.
1926 | Anselmo Jover Peralta vs. Juan S. Chaparro: Frustrado. Interrumpido por la policía; luego se reconciliaron privadamente.
1928 | Cnel. Montt Rivas vs. Federico Recavarren: Realizado. A sables. Duelo entre diplomáticos extranjeros en Asunción. Heridas leves.
1931 | Mayor Arturo Bray vs. Hérib Pérez Garay: Realizado. A pistolas. Bray sustituyó a Justo Prieto. Hubo un disparo, sin heridos, y posterior reconciliación.
1973 | Juan José Benítez Rickmann vs. César R. Denis: Frustrado. Los padrinos declararon que el incidente en una asamblea de escribanos no ameritaba duelo.
1980s | Oscar Zacarías Cubilla vs. Humberto Domínguez Dibb: Frustrado. Se habían retado a puñetazos en el Parque Caballero, pero no ocurrió.
S/F | Otello Carpinelli Yegros vs. Gustavo Mussi: Frustrado. Se suspendió por convertirse en un “espectáculo público” con demasiada gente mirando.
S/F | Militar vs. Civil (Anónimo): Realizado. A sables. Muy sangriento; el militar (que no sabía esgrima) paraba los golpes con el brazo hasta que se lo ataron. Terminaron ambos con heridas en la cabeza.
S/F | Mayor vs. Comandante (Anónimo): Frustrado. El Comandante retó al Mayor, pero luego sus padrinos dieron vueltas para evitar el encuentro (cobardía implícita).
Fabio Queirolo, es mencionado, aunque frustrados en 3 desafíos, con 2 menciones figuran Gomes Freire Esteves, Enrique Solano López, Miguel Guanes, Alejandro Audibert, Cecilio Báez.
Arsenio López Decoud, ha intervenido en incontables duelos, realizados y no, ya sea padrino, árbitro o director del combate.
Culturalmente, el duelo pasó de ser una institución de honor relativamente aceptada a ser visto como un anacronismo violento. Legalmente, Paraguay pasó de una actitud permisiva –penas simbólicas de multa para quienes se batían– a la proscripción total del duelo en el siglo XX tardío. Hoy, aquellos duelos personales sobreviven solo en los libros de historia y en la memoria popular, como recordatorio de un tiempo en que la “sangre lavaba las afrentas” y el honor valía más que la vida misma. Las historias aquí recopiladas ilustran vívidamente ese legado, a la vez romántico y trágico, de los duelos en el Paraguay de antaño.
Fuentes: Archivos Periodísticos De ABC Color / Portal Guaraní / (Pdf) Sobre El Honor, El Duelo Y El Duelista - Juan Marcos González / Duelos Caballerescos en Paraguay - La Tribuna / Sarmiento Vs. Cañete: Polémica Previa Al Surgimiento Del Novecentismo – Claudio Fuentes Armadans.