El mismo Estado que reconoce el calendario litúrgico, organiza sin demasiada tensión, el calendario del consumo, promoviendo viajes, ofertas y circuitos comerciales. Sin embargo, todavía sobrevive cierta indignación religiosa ante prácticas deportivas en “Viernes Santo” o la sospecha moral ante diversas actividades “paganas” planeadas para ese mismo día, como si el problema se jugara ahí, en esos pequeños desvíos visibles y no en algo bastante más estructural.
Tal vez la tensión real no sea entre fe y ausencia de la misma, sino entre una fe que se expresa en repeticiones vacías y una vida que va por otro lado. Hemos aprendido, con bastante eficacia, a conservar el rito mientras desplazamos su sentido. Y en ese desplazamiento silencioso, la Semana Santa sigue en pie, pero ya no se expresa de la misma manera. De allí es que conviene volver a preguntarse qué estamos celebrando cuando decimos Semana Santa en pleno siglo XXI.
La herencia del Jesús histórico
Hay algo profundamente incómodo en el Jesús histórico: no encaja del todo en nuestras liturgias. No es que las contradiga abiertamente, sino que las desborda profundamente. Mientras la tradición lo ha elevado al plano de lo sagrado, el Jesús que camina por los evangelios –el más cercano a la historia– parece insistir en otra dirección; busca bajar. Bajar del templo, bajar del dogma, bajar incluso de la idea de una religión como sistema cerrado.
El problema es que sabemos muy poco del Jesús histórico. No mucho más, en rigor, de lo que sabemos de Sócrates, ya que ninguno escribió nada. Lo que tenemos son relatos, reconstrucciones, interpretaciones, muchas de ellas fijadas décadas después de su muerte y canonizadas recién siglos más tarde. Y, sin embargo, sobre esa figura fragmentaria hemos construido uno de los sistemas religiosos más influyentes de la historia. El problema central, entonces, no es la falta de información sobre Jesús, sino el exceso de interpretación.
Desplazamiento interpretativo
Si uno se acerca a las fuentes más antiguas, encuentra una tensión que no siempre estamos dispuestos a reconocer. Por un lado, los relatos que permiten entrever algo de la vida concreta de Jesús; por otro, las interpretaciones posteriores que acentúan su dimensión salvífica y sacrificial, es decir, ese Jesús que se sacrifica y muere en la cruz para “salvarnos”. No se trata de negar esa lectura, sino de advertir su efecto: cuando la salvación se vuelve el centro, la vida queda en segundo plano y es precisamente esa vida material la que resulta filosóficamente más inquietante.
Porque el Jesús histórico no fue un reformador de normas, sino un desplazador de prioridades. Allí donde la ley se absolutiza, introduce una interrupción. Allí donde el rito pretende ocupar el lugar de lo esencial, él lo desborda. No es casual, entonces, que su gesto más constante haya sido correr el eje del templo a la calle, de la norma al ser humano, de la pureza ritual a la relación concreta, etc.
En ese desplazamiento aparecen algunas claves que, todavía hoy, incomodan. Jesús pone en el centro al ser humano como criterio ético práctico antes que a la ley como consigna abstracta. Desplaza la idea de pecado hacia el sufrimiento, hacia el daño concreto que los seres humanos se infligen entre sí. Introduce la compasión como una exigencia radical de perfección. Y, quizá lo más disruptivo para su tiempo, cuestiona estructuras naturalizadas, incluyendo el orden patriarcal, reconociendo en las mujeres un lugar que excede el de la función doméstica o subordinada. Incluso la idea de Dios se reconfigura: se pasa de la idea de un Dios como objeto de reconciliación ritual individual a un horizonte que se busca en la justicia. No es el cumplimiento ritual lo que acerca a Dios, sino la forma en que se vive comunitariamente la fe.
Cristianismo y cristiandad
El problema es que esa práctica fue progresivamente recubierta por otra lógica. Con el tiempo, lo que podríamos llamar cristianismo –las enseñanzas de Jesús– se fue entrelazando con la cristiandad –la construcción institucional, doctrinal y política que vino después–. No es un dato menor que este proceso coincida con la incorporación del cristianismo al Imperio romano. Allí, inevitablemente, la figura de Jesús adquiere un ropaje que ya no es el del galileo, sino el del poder. Y en ese pasaje, algo se transforma: lo que era práctica se vuelve doctrina, lo que era incomodidad se vuelve sistema, lo que era vida se vuelve rito.
En ese desplazamiento radica el riesgo permanente de la Semana Santa: convertir a Jesús en objeto de recuerdo, pero no en criterio de vida, celebrar sin implicarse y repetir absurdamente ritos sin comprenderlos. Pero el problema no es el rito en sí, sino su capacidad de funcionar como sustituto de la experiencia. Cuando eso ocurre, la memoria se vuelve anestesia. Y Jesús, que fue profundamente incómodo en su tiempo, termina siendo perfectamente edulcorado y tolerable en el nuestro.
Semana Santa para nuestro tiempo
Pensar una Semana Santa en el siglo XXI exige otro tipo de solemnidad, otra forma de comprender lo sagrado. Volver al Jesús histórico no implica negar la fe, sino preguntarse por aquello que la sostiene. Y lo que aparece allí no es precisamente tranquilizador. Se trata de poner de nuevo al ser humano en el centro, antes que la norma, medir la vida desde el sufrimiento que producimos, asumir la compasión como exigencia y entender que la justicia no es un ideal abstracto, sino una práctica concreta. Nada de eso se resuelve en un calendario litúrgico.
Por todo eso es que insistimos que quizá el problema de nuestra época no sea la falta de fe, sino la posibilidad –cada vez más extendida–de creer sin que nada cambie, incluso de creer para que nada cambie. Una fe usada como mero alivio, como expiación íntima y egoísta de la conciencia que permite seguir igual después del rito. Pero el Jesús histórico no tranquiliza, sino que incomoda. Nos invita a vivir y no simplemente a repetir. Desde esta mirada, la Semana Santa deja de ser un simple rito inofensivo de atragantarse con chipa y huevos de pascua y comienza, si se la toma en serio, a volverse peligrosa para el poder, como lo fue la figura del nazareno, hace más de 20 siglos atrás.