08 abr. 2026

Cristian Andino

La Semana Santa vuelve cada año con esa mezcla un poco extraña de solemnidad heredada y costumbre domesticada. Convertida, cada vez más, en una semana de pausa total, en Paraguay empieza a vivirse con mayor intensidad desde el “miércoles santo”, con el centenar de chipas que inundan las redes sociales. Mientras en muchos otros lugares el gesto es más honesto aún, pues ya ni se la nombra como tal, es simplemente la “Semana de Turismo”, entre nosotros, en cambio, preferimos sostener la palabra mientras cambiamos el contenido.
Ante la escena tragicómica de nuestro espacio de deliberación política –nuestro Congreso Nacional– saturada de gestos, escándalos, indignaciones fugaces y linchamientos morales que duran lo mismo que el ciclo de una noticia viral, uno se pregunta qué queda de la política como búsqueda del bien común, como espacio de deliberación sobre principios normativos o, al menos, como disputa argumentativa en torno el poder. Pero quizá la pregunta deba ser más simple y directa: ¿no estamos asistiendo más bien, a la repetición de un ritual que nos ofrece la ilusión de una limpieza moral de la política, cada vez que un nombre concentra sobre sí todas las culpas?
El nuevo idiota político habita las redes sociales, y se siente investido de autoridad para pontificar sobre la pobreza, la desigualdad y la vida de los otros; reproduce contenidos y construye una identidad digital basada en su propia ignorancia.
La reciente partida del antropólogo José Zanardini (1942–2026), marca más que el final de una vida. Con él, prácticamente desaparece una forma de pensar el mundo, una figura de intelectual verdaderamente comprometido con los descartados del sistema: campesinos, comunidades indígenas y, en especial, los pueblos chaqueños como los ayoreos, cuya dignidad rescató con rigor ético y antropológico. El duelo por Zanardini nos obliga a mirar una tragedia mayor: la agonía del intelectual crítico y emancipador en Paraguay.