15 oct 2026

Cristian Andino

Hay momentos en que una elección local altera de tal manera la percepción de lo posible que anuncia incluso una transformación nacional. Eso ocurrió, en buena medida, en las últimas elecciones municipales en Ciudad del Este.
Hay frases que pretenden explicar una situación y terminan, acaso involuntariamente, explicando todo un sistema. En estos días tuvimos dos de esas frases célebres que conviene recordar. La primera la pronunció el vicepresidente de la República –y firme candidato a la Presidencia en 2028–, quien, en su intento por ridiculizar a la oposición, terminó diciendo mucho más de su propio partido de lo que seguramente hubiera querido. Durante un acto en Encarnación afirmó que “la oposición, que a veces lo único que hace es criticar a los colorados, ha demostrado que son peores que los colorados cuando asumen los cargos”. La frase, destinada a desacreditar al adversario, terminó funcionando como una involuntaria confesión sobre la manera en que su propio partido entiende y ejerce el poder.
Hemos dicho antes que ciertas conductas sociales solo pueden prosperar cuando encuentran alrededor una cultura que las vuelve posibles, tolerables y, muchas veces, hasta deseables. Ninguna impostura importante se construye completamente sola, necesita una trama de reconocimientos, de silencios, complicidades y aspiraciones compartidas.
Hay trayectorias políticas que, con el tiempo, terminan diciendo mucho más sobre el sistema que las hizo posibles que sobre quienes las protagonizaron. La de Hugo Javier González puede ser una de ellas.
Aunque parezca una paradoja, de México a Tierra del Fuego vuelve a escucharse un viejo reflejo colonial disfrazado de rivalidad futbolera. El antiargentinismo que hoy circula por buena parte de América Latina no siempre nace del fútbol, muchas veces surge de la incapacidad de reconocernos en un vecino que, con todas sus contradicciones, también forma parte de nuestra propia historia.
El Mundial de fútbol está entrando en su etapa final y, el hecho de pasar tantos años sin participar, al parecer puso a flor de piel todas nuestras emociones.
La Semana Santa vuelve cada año con esa mezcla un poco extraña de solemnidad heredada y costumbre domesticada. Convertida, cada vez más, en una semana de pausa total, en Paraguay empieza a vivirse con mayor intensidad desde el “miércoles santo”, con el centenar de chipas que inundan las redes sociales. Mientras en muchos otros lugares el gesto es más honesto aún, pues ya ni se la nombra como tal, es simplemente la “Semana de Turismo”, entre nosotros, en cambio, preferimos sostener la palabra mientras cambiamos el contenido.
Ante la escena tragicómica de nuestro espacio de deliberación política –nuestro Congreso Nacional– saturada de gestos, escándalos, indignaciones fugaces y linchamientos morales que duran lo mismo que el ciclo de una noticia viral, uno se pregunta qué queda de la política como búsqueda del bien común, como espacio de deliberación sobre principios normativos o, al menos, como disputa argumentativa en torno el poder. Pero quizá la pregunta deba ser más simple y directa: ¿no estamos asistiendo más bien, a la repetición de un ritual que nos ofrece la ilusión de una limpieza moral de la política, cada vez que un nombre concentra sobre sí todas las culpas?
El nuevo idiota político habita las redes sociales, y se siente investido de autoridad para pontificar sobre la pobreza, la desigualdad y la vida de los otros; reproduce contenidos y construye una identidad digital basada en su propia ignorancia.
La reciente partida del antropólogo José Zanardini (1942–2026), marca más que el final de una vida. Con él, prácticamente desaparece una forma de pensar el mundo, una figura de intelectual verdaderamente comprometido con los descartados del sistema: campesinos, comunidades indígenas y, en especial, los pueblos chaqueños como los ayoreos, cuya dignidad rescató con rigor ético y antropológico. El duelo por Zanardini nos obliga a mirar una tragedia mayor: la agonía del intelectual crítico y emancipador en Paraguay.