En ese teatro de farandulización del poder, donde la opinión pública se convierte en mero espectador no deliberante, emergen figuras que condensan las contradicciones de todo el sistema. Obviamente no son su causa, pero se transforman en el síntoma perfecto. Chaqueñito parece ser hoy uno de esos síntomas.
Pero conviene comenzar por una premisa incómoda: como recordaba un amigo virtual en estos días, en nuestras sociedades, los pobres son casi siempre víctimas y terminan expulsados de todos los espacios posibles. Expulsados de la tierra cuando ocupan lo que consideran su única posibilidad de supervivencia; expulsados de los departamentos cuando no pueden sostener el ritmo de un mercado inmobiliario hostil; expulsados de los espacios simbólicos cuando su presencia incomoda a las élites culturales. Y, a veces, expulsados incluso de los lugares de representación política cuando logran atravesar las barreras invisibles que durante décadas los mantuvieron fuera.
La política paraguaya, que ha sido históricamente una política de círculos cerrados, tolera con dificultad la irrupción de quienes no dominan los códigos del habitus institucional.
Crisis de representación
Pero la historia no es lineal ni romántica. El tránsito desde la marginalidad hacia el poder no produce automáticamente conciencia crítica ni ética pública. La política, entendida como campo normativo, como espacio de reglas, límites y responsabilidades, suele ser rápidamente capturada por la lógica del poder mismo. Allí donde debería haber aprendizaje democrático aparece la tentación de la prepotencia; donde debería construirse representación emerge la arrogancia. No se trata solo de una falla individual, sino de un mecanismo estructural: quien ingresa a un sistema político que premia la fuerza, la lealtad vertical y la espectacularización del conflicto, aprende pronto a sobrevivir replicando esas mismas prácticas.
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Rasgarse las vestiduras hoy, aliviarse moralmente porque “se va un prepotente”, “un escandaloso” o “un degenerado”, puede ser una forma de auto indulgencia colectiva. Cada escándalo ofrece la oportunidad de purgar simbólicamente los pecados del sistema concentrándolos en una figura, por lo general la más débil del eslabón.
Así funciona el viejo ritual del chivo expiatorio. La comunidad proyecta en él sus frustraciones, sus culpas, sus hipocresías. Lo condena con vehemencia, lo apedrea en la plaza mediática, lo convierte en caricatura. Y al hacerlo, evita mirarse a sí misma. Evita preguntarse por las condiciones que hicieron posible su ascenso, por las redes de poder que lo legitimaron, por la pedagogía autoritaria que lo moldeó.
El estilo cartista
En este punto no puede ignorarse el peso de las influencias políticas concretas. La adhesión a círculos de poder consolidados –como el entorno cartista que ha redefinido la lógica del mando y la obediencia en la política reciente– no solo otorga respaldo, también y, sobre todo, imprime estilo. Un estilo donde la política se concibe menos como construcción colectiva que como ejercicio de dominación. Donde el espectáculo sustituye al argumento. Donde la visibilidad vale más que la coherencia. En ese contexto, quien proviene de los márgenes puede convertirse rápidamente en el ejecutor más fervoroso de las prácticas que antes padecía.
La farandulización de la política no es, entonces, un fenómeno superficial. Es la consecuencia de una transformación más profunda: la sustitución de la imaginación política por la imaginación mediática. La primera implica proyectar futuros posibles, pensar reformas, construir consensos duraderos. La segunda se alimenta del impacto inmediato, del escándalo rentable, del personaje estridente. La política convertida en espectáculo no necesita ciudadanos, necesita audiencia. Y la audiencia, como se sabe, demanda emociones fuertes, villanos claros y finales rápidos.
Ascenso, espectáculo y expulsión
Por eso resulta tan funcional que Chaqueñito sea hoy el blanco perfecto. Sus propios colegas, que comparten el mismo ecosistema de prácticas y silencios, ejercen también su derecho a apedrearlo. No disponen de ninguna convicción ética pero saben perfectamente que la lógica del espectáculo exige renovación constante de antagonistas. El sistema necesita demostrar que puede castigarse a sí mismo para preservar su legitimidad. Así, la caída de uno se convierte en la absolución simbólica de muchos.
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Sin embargo, reducir el problema a una biografía política sería una forma de evasión intelectual. La verdadera pregunta es qué tipo de cultura política estamos produciendo cuando celebramos el linchamiento de un infeliz antes que la reflexión. Cuando nos escandalizamos por las formas, pero no por las estructuras. Cuando confundimos la crítica al personaje con la crítica al modelo que lo engendró. Si la política se limita a administrar indignaciones episódicas, seguirá reproduciendo los mismos ciclos de ascenso, espectáculo y expulsión, como antes sucedió con Payo Cubas y, salvando las distancias, también con Kattya González.
El desafío Político
Ante este escenario, tal vez el desafío mayor de nuestro tiempo consista en recuperar una política más allá del espectáculo, capaz de integrar a quienes vienen de los bordes sin exigirles convertirse en caricaturas del poder. Una política que no convierta la ignorancia en delito moral, ni la arrogancia en destino inevitable, sino que asuma la tarea más compleja de todas: educar, deliberar y transformar.
Porque mientras sigamos necesitando chivos expiatorios para tranquilizar nuestra conciencia cívica, no estaremos corrigiendo la política, sino apenas administrando sus síntomas. Y en esa administración permanente del escándalo, la imaginación política –esa fuerza que alguna vez permitió pensar y rediseñar lo común– seguirá siendo desplazada por la comodidad de mirar “indignadamente” la escena, pero sin ninguna posibilidad de comprometernos con su transformación.