31 oct 2026

El traidor de Cerro Corá

Tras el reciente aniversario del sacrificio final en Cerro Corá, surge otra efeméride clave para terminar de armar el rompecabezas de nuestra historia. El 9 de marzo de 1893 marcaba el fin de la existencia de Silvestre Carmona Milesi, el coronel que entregó la posición paraguaya al enemigo. Carmona representa la cara más cruda de la tragedia: la del héroe condecorado que termina convertido en el arquitecto de la caída final. Su figura es una pieza rota, aunque imprescindible, para comprender el trauma y las contradicciones más profundas de la Guerra Guasu.

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El coronel Juan Francisco “Panchito” López, en una fotografía mejorada mediante IA.

Foto: Dominio público.

Nacido en la villa de San Pedro de Ycuamandiyú en 1843, hijo de Raimundo Carmona y Dolores Milesi, Silvestre Carmona se enroló en las filas patriotas al estallar el conflicto en 1864. A lo largo de las campañas demostró aptitudes que le valieron sucesivos ascensos: participó en la batalla de Tuyutí y su actuación le mereció la medalla de plata de esa jornada, distinción que figuraba en su foja de servicios.

En 1868, durante los macabros Tribunales de San Fernando, ofició como implacable “Juez de Sangre”. Fue él quien, ostentando el grado de capitán y encerrado a solas durante dos días, sometió a crueles torturas a doña Juliana Insfrán —prima del Mariscal— hasta quebrarla y enviarla al patíbulo. Aquel celo inquisidor le valió la recompensa de sus galones de Sargento Mayor.

El 28 de diciembre de 1868, fue promovido al grado de Teniente Coronel por su actuación en la batalla de los siete días. A principios de 1869, en el campamento de Azcurra, el ejército paraguayo fue reestructurado y las nuevas divisiones de infantería pasaron a llevar el nombre de sus comandantes.

Según las memorias del coronel Juan Crisóstomo Centurión, entonces Jefe de la Mayoría, se formaron en esa ocasión la División Carmona, la División Franco, la División Delvalle y la División Escobar —esta última con cuatro batallones—, además de cuerpos sueltos de infantería que sumaban unos cuatro mil hombres y una División de Caballería al mando del general Bernardino Caballero.

Los batallones estaban ya muy mermados: ninguno superaba los trescientos o trescientos cincuenta hombres. Hacia el final de la guerra, Carmona —ya ascendido a Coronel en Cerro Corá lo encontramos como parte del Estado Mayor del Mariscal.

El quiebre definitivo se gestó cuando fue destituido del mando de Comandante por el coronel Juan Francisco “Panchito” López, hijo del Mariscal, que contaba apenas quince años.

El propio general Francisco Isidoro Resquín —jefe del Estado Mayor y testigo directo— dejó escrito en sus memorias que Carmona, veterano y condecorado, fue “víctima de los furores” de aquel joven coronel “sin experiencia de la vida humana”, quien “censuraba a uno de los mejores jefes” que desde la comarca de Miranda había dado pruebas de valor y abnegación, confirmadas desde Corrientes hasta Cerro Corá. Era, en palabras de Resquín, “un acto de injusticia y perversidad”.

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Juliana Insfrán Speratti, prima del Mariscal López, en una fotografía mejorada mediante IA.

Foto: Dominio público.

Junto al teniente Villamayor, guio a las tropas del general Correia da Câmara por lo que los partes militares describieron como “sombrías picadas y desconocidos caminos": senderos ocultos que condujeron a la vanguardia imperial hasta la margen del arroyo Tacuara.

Allí, en lugar de atacar de frente por el paso habitual, los hizo cruzar el río por debajo, tomando la posición paraguaya completamente por la retaguardia, sin ser sentidos.

El momento no podía ser más propicio: la mayor parte de la guardia que defendía ese sector se había internado en los montes a buscar qué comer. En el caos del 1 de marzo, ya con las defensas derrumbadas, cabalgando junto a la caballería enemiga, fue su voz la que sentenció al presidente: “Aquel que monta el bayo y tiene sombrero de paja es López; asegúrenlo”.

La historiografía militar no duda en tipificar su acto como alta traición. Sin embargo, el análisis objetivo de los hechos arroja una paradoja dolorosa: al precipitar la caída de Cerro Corá y la muerte de López, Carmona provocó el fin inmediato de las hostilidades.

Los documentos de la época retratan a los sobrevivientes paraguayos como una legión de espectros agonizantes. Un desertor capturado días antes había confesado a los aliados que, de prolongarse la guerra quince días más, todos habrían perecido de inanición. Los muertos en el asalto final del 1 de marzo fueron, con toda su tragedia, una fracción de los que habrían sucumbido al hambre y la enfermedad.

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En vista de que no se conoce una fotografía de Silvestre Carmona, se publica su rúbrica, obrante en el Archivo Nacional de Asunción.

Foto: Dominio público.

La conclusión es incómoda pero inevitable: Carmona actuó por venganza personal —o acaso por algún incentivo material—, sin ningún cálculo humanitario. Sin embargo, sin pretenderlo ni merecer crédito alguno por ello, su traición salvó más vidas paraguayas de las que cobró el último combate. La historia raramente ofrece absoluciones limpias, y la de Carmona no es una excepción.

Tras sobrevivir a la inmolación de su pueblo y retornar del cautiverio en Brasil, Carmona intentó rehacer su vida. Se casó en dos ocasiones y se refugió durante un tiempo en el silencio. Lo encontramos de nuevo en la década de 1880, desempeñándose como Jefe Político de San Pedro de Ycuamandiyú.

En diciembre de 1882 tenía planeado visitar Cerro Corá con un grupo de soldados y había pedido al general Francisco Isidoro Resquín —antiguo jefe del Estado Mayor del Mariscal y quien justamente reemplazo como Jefe Politico a Carmona — que le sirviese de guía. El viaje nunca se realizó: cuando llegaron a la villa, se toparon con la noticia de la muerte de este.

Lo que la posteridad reservaba a Carmona no sería más generoso, y la figura del coronel Juan Crisóstomo Centurión ilustra esa ingratitud con precisión documental.

En abril de 1890, Centurión —que preparaba sus Memorias o Reminiscencias— le remitió una carta a Carmona a la Villa de San Pedro en términos de apremiante necesidad: alegando haber sido “soezmente calumniado”, le rogaba que, como “antiguo compañero de penurias y fatigas”, le aclarase si alguna vez había tenido intervención en la causa seguida contra los orientales Carreras y Rodríguez Larreta en San Fernando. Era Centurión, pues, quien necesitaba de Carmona para limpiar su propio nombre.

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El coronel Juan Francisco “Panchito” López, en una fotografía mejorada mediante IA.

Foto: Dominio público.

Carmona respondió sin demora y sin condiciones. Su carta, fechada ese mismo abril desde San Pedro, declaró que era “cierto y me consta que nunca usted ha tenido que entender” con aquellos procesados, autorizando a Centurión a hacer de esa declaración el uso que le conviniera.

Un aneurisma de la aorta torácica acabó con Carmona a los 50 años y fue enterrado en el cementerio de la Recoleta, dejando descendencia con sus dos esposas, Concepción Acosta y con Dolores Romero. Nueve años más tarde, en 1902, cuando las Memorias o Reminiscencias salieron finalmente a la luz, Centurión resolvió el lugar de Carmona en la historia con una escueta nota al pie:

“Gracias al desertor y traidor Carmona”.

La frase tenía la comodidad de quien condena a quien ya no puede responder, y el cinismo añadido de quien le debía, precisamente a ese hombre, un testimonio de descargo. La literatura —de la mano de Augusto Roa Bastos, con el El Sonambulo— envolvería más tarde su biografía en la ficción para intentar explicar su psicología.

Investigador.
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