El análisis filológico más aceptada proviene de los vocablos guaraníes ymá (antiguo) e itá (piedra), traduciéndose como “piedra antigua”. No obstante, la influencia brasileña tras la guerra popularizó otras variantes, como “la piedra ahora es negra” o incluso una derivación de mbaitá, un ave autóctona de la región.
El sitio fue fundado como un modesto puesto de guardia por orden del gobernador español Pedro Melo de Portugal, en un contexto de disputas territoriales entre la Gobernación del Paraguay y la Tenencia de Gobierno de Corrientes. Su ubicación resultaba naturalmente estratégica: ocupaba la ribera oriental del río Paraguay en una pronunciada curva en herradura donde el canal navegable se estrechaba a apenas 200 metros de ancho. Cualquier embarcación que pretendiese remontar el río hacia Asunción quedaba forzosamente expuesta al fuego desde esa posición elevada unos 10 metros sobre el nivel del agua.
Durante la dictadura del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia (1814–1840), Humaitá permaneció como una guardia fluvial modesta. La transformación radical llegó bajo el gobierno de Carlos Antonio López (1841– 1862), quien abrió Paraguay al comercio exterior y contrató más de 200 técnicos extranjeros para modernizar el país. En 1855, quedó peligrosamente en evidencia a raíz de dos incidentes internacionales
que demostraron la incapacidad del incipiente Estado paraguayo para detener a flotas extranjeras en su ruta directa hacia Asunción. El primer y más determinante conflicto ocurrió con el Imperio del Brasil. Las tensiones limítrofes heredadas de los tratados coloniales de Madrid y San Ildefonso, sumadas a los roces diplomáticos, culminaron en la expulsión del encargado de negocios brasileño en Asunción, Felipe José Pereira Leal, en 1853.
Como respuesta, el Imperio despachó en 1855 una formidable escuadra naval al mando del almirante Pedro Ferreira de Oliveira con el objetivo de exigir reparaciones, en un acto que la historiografía paraguaya denominó la “Diplomacia de los cañones”.
El segundo incidente ocurrió casi en paralelo con la Armada de los Estados Unidos ese mismo años, cuando el buque USS Water Witch, bajo el mando del capitán Thomas Jefferson Page, ignoró las restricciones de navegación impuestas por el gobierno de López y se adentró en aguas territoriales restringidas. Este acto de prepotencia desencadenó un intercambio de fuego con las baterías ribereñas del fuerte de Itapirú, que resultó en la muerte de un tripulante estadounidense y motivó la organización de una masiva expedición punitiva norteamericana en 1858.
El diseño de las fortificaciones correspondió al ingeniero militar húngaro coronel Francisco Wisner de Morgenstern, quien desbrozó la selva virgen, trazó las primeras baterías y planificó un sistema de trincheras que llegaría a extenderse por 13 kilómetros lineales. La línea de artillería sobre el río alcanzó 1,8 kilómetros de longitud, con 12 baterías distribuidas a lo largo de la curva.
Entre ellas destacaba la Batería Londres —16 cañones pesados en casamata con muros de 8,2 metros de espesor, bautizada así por la firma londinense J. & A. Blyth que reclutó técnicos para Paraguay— y la Batería Cadenas, con 18 piezas que protegían el sistema decadenas. En su configuración máxima, la fortaleza llegó a contar entre 150 y 380 cañones según distintas fuentes, con una guarnición de hasta 18.000 soldados.
El dispositivo defensivo más ingenioso fue el sistema de cadenas tendido a través del río para detener las embarcaciones bajo el fuego artillero. El ingeniero británico George Thompson, jefe de ingenieros del ejército paraguayo, describió tres cadenas paralelas, la mayor con eslabones de 19 centímetros, sostenidas por barcazas y canoas. Otras fuentes mencionan hasta siete cadenas trenzadas. Complementaban esta barrera líneas de torpedos (minas navales) —cilindros de zinc con cargas de pólvora cuyos fusibles diseñó el farmacéutico jefe George Frederick Masterman— y una estacada submarina. El mayor de estos torpedos contenía 680 kilogramos de pólvora, y su explosión llegó a sentirse en Corrientes, a 32 kilómetros de distancia.
En paralelo a las obras militares, López mandó construir una iglesia monumental. La iglesia de San Carlos Borromeo —dedicada al santo patrono del presidente— fue diseñada por Wisner de Morgenstern y construida bajo la dirección del arquitecto italiano Alejandro Ravizza, el mismo profesional que también levantó la Catedral de Asunción y el Panteón de los Héroes de la capital paraguaya. Aproximadamente 5.000 soldados formaron una cadena humana para transportar los ladrillos fabricados localmente.
Inaugurada el 1 de enero de 1861, fue descrita como “una de las iglesias más hermosas de las Américas”. Sus tres torres —la central coronada por una cúpula y un reloj que alcanzaba casi 40 metros— no solo eran imponentes espiritualmente: sus campanarios cumplían una función militar dual como formidables atalayas de observación desde las que el Estado Mayor paraguayo monitoreaba los movimientos enemigos a kilómetros de distancia sobre los esteros y el río.
Cuando el periodista británico Michael Mulhall pasó frente a Humaitá en 1863, la llamó “la llave del Paraguay y de los ríos superiores”. La prensa internacional comenzó a referirse a la posición como “el Sebastopol de América” y “el Gibraltar sudamericano”, comparaciones que reflejaban su percepción de inexpugnabilidad.
Humaitá no era una posición aislada sino el núcleo de un sistema defensivo cuadrilateral que incluía las fortificaciones de Curuzu, Curupayty, Tuyú Cué y el Fuerte Timbó en la orilla chaqueña, todos conectados por kilómetros de trincheras y líneas telegráficas con código Morse. El mariscal Francisco Solano López estableció su cuartel general en Paso Pucú, desde donde ejercía un mando centralizado y minucioso a través del telégrafo, exigiendo informes constantes de cada sector.
El 15 de agosto de 1867, diez acorazados brasileños bajo el vicealmirante Joaquim José Inácio (futuro vizconde de Inhaúma) forzaron el paso de Curupayty de día, recibiendo 256 impactos pero sufriendo solo 10 muertos y 22 heridos. Sin embargo, no se animaron a superar Humaitá y quedaron atrapados entre ambas fortalezas durante seis meses. El 2 de noviembre de 1867, fuerzas brasileñas capturaron Tayí, cortando la comunicación terrestre de Humaitá y dando inicio al cerco efectivo.
Para comprender la magnitud de lo que se avecinaba sobre Humaitá, es necesario situar a la Marina Imperial brasileña en su contexto mundial. Durante el reinado de Pedro II, la Armada del Imperio alcanzó la mayor fuerza relativa de su historia, llegando a figurar entre las cinco potencias navales más poderosas del mundo: superior a las marinas de Portugal, de la joven república norteamericana y comparable a la española, solo por debajo de Francia y la Royal Navy británica. Esta jerarquía no era retórica: para el momento del cruce del 19 de
febrero de 1868, el Imperio había incorporado al conflicto más de 20 acorazados de hierro y 6 monitores fluviales, adquiridos en astilleros ingleses y franceses o construidos en los propios arsenales brasileños de Río de Janeiro, Salvador, Recife y Niterói.
La flota de 40 vapores armados con más de 250 cañones que Brasil enviaba a la contienda representaba una capacidad de proyección de fuerza fluvial sin precedentes en el hemisferio occidental. No era simplemente la flota más poderosa de América del Sur: era una fuerza de primer orden en la escena naval global de la era de los acorazados, al nivel de lo que cualquier potencia europea podía desplegar en un teatro fluvial comparable.
A comienzos de 1868, una circunstancia hidrológica alteró el equilibrio: la extraordinaria crecida del río sumergió las cadenas que bloqueaban el canal. En enero, el fuego del acorazado Silvado había hundido dos de los pontones que las sostenían. El 16 de febrero el nivel comenzó a descender, haciendo la oportunidad urgente.
El vicealmirante Inácio consideraba la operación imposible y se negó a encabezarla. Se ofreció como voluntario su yerno, el capitán de mar y guerra Delfim Carlos de Carvalho (1825–1896), quien sería recompensado con el título de Barón de la Passagem.
En total, la operación duró 42 minutos bajo el fuego concentrado de unas 180 piezas de artillería. El comandante Carvalho resultó herido. Al amanecer, una batería desconocida en Timbó sorprendió a la flotilla, pero sin consecuencias decisivas. Las bajas brasileñas en los buques fueron mínimas: las fuentes registran unos 10 heridos en la fuerza naval. Sin embargo, el ataque terrestre diversivo del general Argolo costó aproximadamente 1.200 bajas entre muertos y heridos.
Las consecuencias fueron inmediatas y devastadoras para Paraguay. El teniente coronel José Núñez, comandante de la guarnición de San Fernando, despachó un lacónico telegrama al Vicepresidente Sánchez:
“Comunico a V . Exa que los acorazados que forzaron Humaitá pasaron aguas arriba. Estoy cortado del Ejército nacional. Espero órdenes.”
El pánico se apoderó de Asunción. El gobierno ordenó la evacuación total de la población civil y el traslado del aparato del Estado a Luque, declarada segunda capital de la República. El Buenos Ayres Standard lo comparó con Aboukir y Trafalgar y declaró que probaba la supremacía de los acorazados.El cruce restauró además el crédito financiero de Brasil: los valores gubernamentales, que habían caído a la mitad, se recuperaron, y en mayo de 1868 Brasil colocó exitosamente un empréstito de guerra en Londres con gran sobredemanda.
El 24 de febrero, los acorazados Bahia, Barroso y Rio Grande remontaron el río y bombardearon Asunción, ya despoblada. López comprendió que Humaitá era insostenible.
El 25 de julio de 1868 se considera la fecha de la caída de la fortaleza. La fortaleza fue posteriormente demolida en cumplimiento del Tratado de la Triple Alianza, cuyo artículo primero exigía expresamente la destrucción de las fortificaciones y prohibía su reconstrucción.
Hay un dato que pocas veces aparece en las narrativas patrióticas de ambos países: ingenieros y oficiales militares brasileños colaboraron activamente en la construcción de las defensas del sur paraguayo, incluyendo las propias obras de Humaitá, durante el período comprendido aproximadamente entre 1825 y 1852.
Durante la primera mitad del siglo XIX, Paraguay y Brasil compartieron un adversario común: la Argentina de Juan Manuel de Rosas, que aspiraba a reconstituir el dominio rioplatense sobre sus vecinos. En ese marco, los dos países mantuvieron relaciones de colaboración estratégica. Los ingenieros brasileños que visitaron y apoyaron las obras de Humaitá lo hicieron como aliados, transmitiendo conocimientos técnicos en el marco de lo que ambos gobiernos consideraban una defensa compartida frente a Buenos Aires.
¿Fortaleza Inexpugnable o Triunfo de la Disuasión?
A pesar de su aura de invencibilidad, en la historiografía militar ha surgido el debate de si Humaitá era verdaderamente una maravilla arquitectónica impenetrable o si su fama fue, en gran parte, un triunfo de la guerra psicológica y la propaganda alimentada por el temor que infundía.
Cuando las tropas aliadas y los observadores internacionales finalmente ingresaron al recinto tras su abandono, muchos se sorprendieron, pues esperaba encontrar una monumental y simétrica fortaleza de piedra y sólida mampostería al estilo de las grandes plazas europeas. Los aliados capturaron 146 cañones de hierro y 36 adicionales, pero la mayoría eran inservibles. El explorador británico Richard Burton, que visitó la posición en agosto de 1868, observó que algunos cañones “apenas merecían el nombre; estaban tan apolillados que debieron haber servido de postes de calle”. Varios databan de la era colonial española, entre ellos el San Gabriel (Sevilla, 1671) y el San Juan de Dios (1684).
La realidad material de la plaza estaba severamente limitada por la escasez de recursos de la región del Ñeembucú. Gran parte de sus murallas y parapetos estaban hechos predominantemente de inmensos terraplenes de tierra apisonada, lodo, tepes de pasto y gruesos troncos de madera local.
Asimismo, su artillería costera, que aterrorizaba a las tripulaciones aliadas, estaba compuesta en su abrumadora mayoría por anticuados cañones de ánima lisa fundidos localmente, cuya capacidad destructiva real se vio muy mermada una vez que los blindajes de hierro de los nuevos monitores imperiales demostraron poder repeler sus impactos.
Se sabe que el propio éxito defensivo contribuyó a que los aliados “sobredimensionaran” la letalidad de sus baterías, operando a favor de los defensores como una poderosa herramienta de disuasión, que probablemente sino fuera por ella, la guerra hubiera durado mucho menos.
Se puede decir, que la propaganda funciono, pues Su temor era tal que pudo paralizar durante dos años a esa armada de primer rango mundial, y que entre todas las estipulaciones del protocolo adicional —también secreto— que completaba el documento, la primera era sobre Humaitá, y su redacción no admite ambigüedades:
“1° Que en cumplimiento del Tratado de Alianza de esta fecha, las fortificaciones de Humaitá serán
demolidas, y no será permitido erigir otras de igual naturaleza, que puedan impedir la fiel ejecución de
dicho Tratado.”
Para el Estado brasileño, la toma de la fortaleza de Humaitá trascendió el ámbito bélico para convertirse en un pilar fundamental de su identidad nacional y orgullo castrense, contrastando significativamente con la visión de tragedia y duelo que este sitio evoca en la memoria paraguaya.
En la historiografía de Brasil, la Guerra de la Triple Alianza se posiciona como el conflicto más costoso pero también el más glorioso de su historia, un evento que permitió consolidar el prestigio de su Armada mediante el uso innovador de acorazados y forjar la doctrina moderna de su Ejército. Este proceso elevó a los líderes de la contienda al estatus de máximos héroes y patronos institucionales, destacando figuras como el Duque de Caxias, el General Osório y los almirantes Tamandaré y Barroso, cuyos nombres y efigies dominan hoy el panteón cívico-militar del país.
La inmediata exaltación del triunfo tras el forzamiento del paso en 1868 se manifestó inicialmente en la creación de condecoraciones exclusivas como la Medalla del Paso de Humaitá y ha perdurado hasta la actualidad mediante el bautismo de unidades tecnológicas de vanguardia, como el moderno submarino S-41 de la clase Riachuelo. Sin embargo, el legado de Humaitá no se limitó a los cuarteles, sino que se integró profundamente en la geografía civil y urbana del Brasil.
Apenas meses después de la caída del fuerte, se fundaron ciudades con ese nombre en regiones tan remotas como el Amazonas y, más tarde, en Rio Grande do Sul. Esta influencia toponímica alcanzó su máxima visibilidad en la antigua capital imperial, Río de Janeiro, donde el emblemático barrio de Humaitá y cientos de calles a lo largo del territorio nacional perpetúan el vocablo guaraní.
Detrás de la fachada en ruinas se construyó una iglesia nueva. El sitio fue declarado Patrimonio Cultural Nacional mediante la Resolución SNC Nº 296/2018 de la Secretaría Nacional de Cultura, y la Ley Nº 6273 del Congreso paraguayo lo ratificó como Patrimonio Histórico y Cultural de la Nación.
Los esfuerzos de preservación han sido constantes. En 2011, un proyecto turístico del Bicentenario incluyó la iluminación de las fachadas, la construcción de un muelle turístico y el mantenimiento del museo instalado en el antiguo cuartel general de López.
En 2018, con motivo del sesquicentenario de la caída de la fortaleza, se instaló iluminación permanente y se organizaron ceremonias militares y charlas históricas. Los arquitectos Mateo y Eduardo Nakayama crearon una reconstrucción virtual de la iglesia original mediante software, accesible para los visitantes a través de códigos QR instalados en el sitio, ya que no existen registros fotográficos del edificio intacto.