28 may. 2026

Que la albirró nos bendiga

En Paraguay, el fútbol nunca ha sido simplemente un juego de noventa minutos; es, quizás, la única tregua genuina que nos concedemos. Para el ciudadano de a pie —aquel que madruga para enfrentar el tráfico, que hace malabares con un salario que no alcanza y que lidia a diario con la frustración de un sistema que tantas veces le da la espalda—, el entusiasmo mundialista no es mera distracción, sino un auténtico bálsamo.

Hay algo casi filosófico y cultural en cómo la camiseta de la Albirroja logra anestesiar temporalmente nuestro sufrimiento como ciudadano. Nos aferramos a esa ilusión porque, en un país donde las victorias cotidianas escasean y las divisiones abundan, gritar un gol se convierte en una catarsis y en un abrazo colectivo que nos recuerda que aún somos capaces de soñar juntos.

Sin embargo, sería pecar de ingenuos creer que este espejismo dura para siempre o, peor aún, que alcanza a todos por igual. Mientras una parte del país se permite el lujo de pausar sus preocupaciones frente a una pantalla, existe una realidad urgente y dolorosa que no sabe de pitazos iniciales. Para miles de compatriotas, sencillamente no hay tiempo para analizar el esquema táctico de la selección cuando la desesperación aprieta en los pasillos de los hospitales públicos. ¿Cómo pedirle a alguien que se emocione con un mundial cuando su verdadero desafío diario es organizar polladas para comprar insumos básicos o sobrevivir a las indolentes falencias del Instituto de Previsión Social (IPS)? Para el asegurado que mendiga un medicamento, o que aguarda meses por una cirugía, el fútbol no es un refugio; es, apenas, un eco lejano que resuena en la sala de espera de su propia angustia.

Aunque el entusiasmo albirrojo pareciera unirnos sin distinción, dejando la sensación de que el compatriota y yo estamos unidos por una nación, asoma el oportunismo de un Gobierno que parece administrar el país mirando más las encuestas electorales que las verdaderas necesidades de su gente. Subiéndose astutamente a la ola de emoción, como lo que pensó el Ejecutivo respecto a adelantar las vacaciones de invierno en las escuelas para hacerlas coincidir con la fiebre mundialista y establecer la posibilidad de feriados por logros deportivos. Quieren a los alumnos frente al televisor, pero convenientemente se olvidan que, cuando se apague la pantalla y termine el torneo, miles de niños tendrán que volver a estudiar bajo la precaria sombra de un árbol. Se olvidan de que el trabajador deberá volver a la realidad de un salario que se acaba apenas transcurren los primeros días del mes.

A pesar de todo, resulta innegable la magia de esa pasión que nos abraza cuando rueda la pelota. En esos noventa minutos, el país entero parece sincronizarse en un solo latido; desaparecen las clases sociales y todos somos, genuinamente, paraguayos empujando hacia el mismo arco. Muchos de los muchachos que hoy visten la Albirroja conocen bien el barro; vienen de canchitas de tierra, de barrios humildes y del interior profundo, y dejan el alma en la cancha porque no olvidan de dónde salieron. Se sacrifican buscando regalarle una alegría a los suyos, a ese pueblo golpeado que los mira con los ojos llenos de esperanza. Qué distinto sería nuestro país si esa misma devoción, esa inquebrantable garra guaraní, contagiara a quienes nos gobiernan. Si nuestras autoridades sintieran el mismo peso y orgullo al ocupar sus cargos, quizás empezarían a sudar la camiseta de la gestión pública con la misma entrega, entendiendo por fin que su verdadero triunfo no consiste en ganar una elección, sino en dignificar la vida de la gente que los llevó hasta allí.

Somos un pueblo que se encomienda a la Virgen de Caacupé cuando el Estado nos da la espalda, y que comparte, entre bromas sus pesares, en rondas de tereré. En este país, donde tantas veces parece que solo nos queda rezar para sobrevivir, el fútbol nos devuelve la ilusión y la capacidad de creer, aunque sea por un instante. Espero que esta pasión nos sirva de impulso para no rendirnos; que no nos ciegue ante la justicia que debemos exigir a nuestras autoridades, pero que nos abrace fuerte como nación. Y ya que tantas veces sentimos que los milagros terrenales nos son esquivos, entonces, en esta temporada de esperanza popular, que la Albirroja nos bendiga.

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