16 abr. 2024
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Luis Bareiro

Desde el viernes soy más viejo que mi padre. Él murió a los 52 años de un infarto. Hijo del exilio, alcanzó la mayoría de edad fuera de su patria. Yo empezaba el último año del colegio cuando cayó Stroessner. “Creí que nunca vería este día”, me dijo. Supongo que solo quienes padecieron su ausencia pueden entender a cabalidad la importancia de la libertad.
La intención del presidente Santiago Peña de llegar en tiempo y forma con el almuerzo escolar a más del millón de estudiantes me recuerda a su mejor versión, la de aquel ministro de Hacienda que apoyaba incondicionalmente cualquier proyecto que pudiera sacar del fango de la mediocridad a la educación pública.
Luis Bareiro – @Luisbareiro
José Mujica, ex presidente uruguayo, me confesó en una entrevista cuánto lo irritaba la liturgia del poder, toda esa pompa y boato que –según sus palabras– no son más que resabios monárquicos, hilachas que revelan la creencia peligrosa de algunos gobernantes de que los políticos son la nueva aristocracia, con derecho a privilegios excepcionales y al usufructo del patrimonio público como si fuera suyo.
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Mi abuela nunca contaba el vuelto. Yo la acompañaba a hacer las compras en la despensa. Si comprábamos a crédito, la señora que nos atendía anotaba lo que nos íbamos a llevar en un cuaderno y si pagábamos en efectivo metía los billetes en un cajón y dejaba sobre el mostrador las monedas de cambio.
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El merengue ideológico que armaron en los últimos años las campañas electorales genera situaciones que podríamos calificar de cómicas si las acciones de sus principales protagonistas no nos jodieran la vida.
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El presidente Santiago Peña cometió un error imperdonable en su doble condición de mandatario y economista; pretendió justificar un aumento de cinco millones de guaraníes para cada legislador alegando que no han tenido ajustes en su dieta en los últimos diez años y que, por lo tanto, han sufrido una pérdida notable en sus ingresos por efecto de la inflación
Luis Bareiro – @Luisbareiro
Santiago Peña ni siquiera ha cumplido aún los primeros cien días en el poder y ya se ve sacudido por escándalos generados por sus propios correligionarios, ratificando aquello de que con amigos como los que tiene nadie necesita enemigos.
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Como si Thanos, el inevitable villano de Marvel, hubiera chasqueado los dedos, más del millón de paraguayos que figuraban en las proyecciones de población para el 2023 hoy ya no existen.
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No es poca cosa que un gobierno asuma comprometiéndose a mejorar sustancialmente el gasto público, hacer reformas de fondo y no subir los impuestos.
Mentiras que matan, ese es el título en español de una hilarante comedia filmada unos meses después de que el entonces presidente estadounidense
Horacio Cartes se está convirtiendo en el principal problema de Santiago Peña antes siquiera de que el presidente electo asuma el cargo.
En ese concurso de hipocresías y cinismos en el que se convierte a menudo la política criolla es necesario reiterar ciertas obviedades, porque con tanta desfachatez y fariseísmo se corre el riesgo de que dejen de ser obvias. Por ejemplo, es una perogrullada decir que una persona con un ingreso equivalente a dos salarios mínimos en ningún universo conocido puede comprarse un palacete; que un funcionario que miente en su declaración jurada, que oculta bienes y ni siquiera es capaz de explicar de dónde sacó un título universitario es corrupto. Y que quienes pretenden no darse cuenta de ello simplemente quieren al corrupto donde está porque será funcional a causas igual de torcidas.
A Felipe González lo destituyeron de Salud incluso antes de asumir porque no es político. No es político y, por lo tanto, tenía en contra desde el vamos a la horda de operadores colgados de la cartera y ansiosos por echar manos a sus recursos.
Era una escena cargada de símbolos. En un mismo día asesinaron a las cabezas de las cinco familias. Los Corleone habían saldado esa mañana todas sus deudas de sangre. Michael, el menor de los hijos de Vito, ascendía definitivamente a la cumbre de su organización.
A menudo escucho aquello de que somos un país rico, con gente pobre. Es una media verdad o una mentira a medias. En realidad, en el conjunto total de naciones y en términos de riqueza, somos un país del medio para abajo (bastante bien abajo) y con gente que en su abrumadora mayoría puede ser considerada pobre. Y esto siempre fue así. Paraguay no es un país rico, no lo fue jamás y en el siglo XXI está incluso más lejos que nunca de serlo. Es importante reconocer esta situación y entender sus causas si pretendemos hacer lo necesario para revertirla alguna vez.