09 ago 2026

Mano dura

Hay un discurso que repiten machaconamente desde ciertos sectores y que, lastimosamente, ha terminado por convencer a mucha gente: Que los gobiernos regionales que tienen mejores resultados son los que aplican mano dura. Y lo peor es que convierten esa figura en sinónimo de autoritarismo, en concentración de poder y en el ejercicio de ese poder sin contrapesos. Los datos reales; sin embargo, revelan todo lo contrario. Las naciones con mejores resultados son, en realidad, aquellas en las que rige con más fuerza el Estado de derecho, un nivel de institucionalidad que impide que cualquier persona o grupo logre colocarse por encima de la ley. Por decirlo de manera directa: Los uruguayos y los costarricenses viven mucho mejor que los nicaragüenses o los salvadoreños.

Es curioso, pero los países en los que la mayoría de la población alcanzó una mayor calidad de vida no gozan de mucha propaganda, justamente porque la gestión de sus gobiernos está más enfocada en resolver los problemas internos.

Un ejemplo reciente de cómo se puede construir modelos idílicos desde el marketing político es el del mandatario de El Salvador, Nayib Bukele, quien tuvo un éxito notable para reducir drásticamente el drama de la inseguridad en su país. Este es un hecho cierto, pero basta con mirar de cerca lo que pasó allí para entender que no es un modelo exportable.

Para empezar, el país detentaba algunas de las tasas de inseguridad más altas del mundo merced a las pandillas criminales que asolaban las calles de El Salvador. Bukele declaró el Estado de excepción y construyó una megacárcel de máxima seguridad donde metió a más de 14 mil sospechados de pertenecer a estas pandillas. Si bien hay serios cuestionamientos sobre los procesos judiciales mediante los cuales logró estas detenciones masivas, lo cierto es que los salvadoreños sienten que la seguridad regresó a sus vidas.

Ahora, ¿es esto replicable en otros países como el nuestro? Paraguay no tiene pandillas. La inseguridad ciudadana diaria está vinculada a la legión de adictos que roban lo que sea para comprar su siguiente dosis. Y el microtráfico –cuya clientela es ese ejército de ladrones bagatelarios– es solo el negocio marginal que manejan los eslabones pobres de la gigantesca cadena del narcotráfico sudamericano, un esquema de miles de millones de dólares controlado por organizaciones criminales monumentales como el PCC o el Comando Vermelho de Brasil. No hay una megacárcel que pueda contener a estos grupos, ellos ya controlan las megacárceles del Brasil.

Las pandillas asolaban cuadras enteras de El Salvador. Pero, el crimen organizado regional administra bancos, tiene puertos y suscribe acuerdos internacionales con la mafia calabresa en Europa; compra jueces, fiscales, policías, legisladores y presidentes. No hay punto de comparación. El modelo Bukele en materia de seguridad le sirvió a su país y puede que funcione para controlar pandilleros, pero no genera instituciones sólidas ni garantiza la aplicación de la ley. El Salvador no tiene de vecino a Brasil ni se encuentra en la ruta de los carteles de Colombia.

Por lo demás, no hay mucho que aprender de los siete años del bukelismo. Es un país con seis millones de habitantes y una economía de 39 mil millones de dólares (el de Paraguay supera los 60 mil millones), con una deuda superior al 80 por ciento de su producto interno bruto (nosotros estamos en 39 y nos asusta), con una informalidad del 60 por ciento (en eso estamos igual) y cuyos ingresos más importantes son las remesas de sus exiliados económicos. Si bien hay mucha propaganda en redes sobre hospitales y escuelas en El Salvador (no muy distintas de las de Peña), los salvadoreños tienen tan mala educación y salud pública como nosotros. Y sobre sus niveles de corrupción es imposible saberlo porque la Justicia, como en Paraguay, está controlada por el poder político.

Los números no mienten. Los países con mejor calidad de vida son Uruguay y Costa Rica, naciones que llevan décadas construyendo instituciones sólidas y un Estado de derecho. No hay mano dura. Es el camino más largo y difícil, pero el único real. Lo demás solo son cantos de sirena.

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