29 mar. 2026

La tragedia de los intelectuales en Paraguay

La reciente partida del antropólogo José Zanardini (1942–2026), marca más que el final de una vida. Con él, prácticamente desaparece una forma de pensar el mundo, una figura de intelectual verdaderamente comprometido con los descartados del sistema: campesinos, comunidades indígenas y, en especial, los pueblos chaqueños como los ayoreos, cuya dignidad rescató con rigor ético y antropológico. El duelo por Zanardini nos obliga a mirar una tragedia mayor: la agonía del intelectual crítico y emancipador en Paraguay.

José Zanardini

Con Zanardini, entonces, muere también una forma de entender el conocimiento como responsabilidad ética.

Foto: Gentileza.

Desde Antonio Gramsci sabemos que el intelectual no es un ente aislado en una torre de marfil, sino una figura orgánica –incorporada a un determinado grupo social– que ayuda a dar homogeneidad y conciencia de función a ese grupo, tanto en lo económico como en lo social y político. Bajo esa definición, hay tres perspectivas posibles: el intelectual orgánico al servicio del poder dominante; el intelectual tradicional sin efecto crítico; y el intelectual comprometido con los oprimidos.

Zanardini encarnó lo que podríamos llamar un intelectual orgánico crítico: aquel que trabaja para evidenciar las injusticias de las estructuras de poder, hacer visibles los silencios del Estado y escuchar las voces que la historiografía oficial siempre silenció. Esa es la verdadera función gramsciana del intelectual emancipador: transformar desde la raíz el sentido común dominante.

En ese sentido, el autor encarnó con precisión lo que Rafael Barrett (1876-1910) y Bartomeu Melià (1932-2019) entendieron como la figura del intelectual en Paraguay. Barrett cuestionaba a los intelectuales paraguayos de su época y los exhortaba a no mentir.No mientan, hermanos, les decía, no mientan “mientras el dolor no os abrase las entrañas, mientras un día de hambre y abandono -siquiera un día- no os haya devuelto a la vasta humanidad, no la comprenderéis. Creeréis «frasecitas de efecto» las que se escribieron llorando. Sois incapaces ya de distinguir la verdad de la mentira, los que aman vuestro país de los que le sacan el jugo. Callaos, pues, única manera de [que] no mintáis. Esperad en silencio a que el sagrado dolor os abra los ojos. Y dejadnos hablar a los que sufrimos, a los enfermos, sí, a los que hemos conocido el hospital y la cárcel. Pero no escribo para vosotros, sino para aquellos de mis dolientes hermanos paraguayos que han aprendido a leer”.

Por otro parte, para Melià, el intelectual paraguayo suele sentirse “exiliado en su propia tierra”, privado de documentos, archivos y referencias que le permitan comprender sus propios procesos culturales. Es ante esta urgencia que Melià eligió el azaroso camino de producir conocimiento allí donde el Estado había producido silencio, especialmente en relación con el mundo guaraní y los pueblos indígenas en general. Su copiosa obra etnográfica y su compromiso con las culturas indígenas muestran un modo de hacer pensamiento que no separa el acto de pensar de la vida en comunidad y de la historia de los pueblos subalternos.

Esa dimensión ética y comunitaria nos remite a los ecos del pensamiento descolonial que el maestro Enrique Dussel (1934-2023) encarnó en América Latina. Para el filósofo, la tarea del intelectual crítico consiste en promover con urgencia una ética de la vida desde una crítica radical a las estructuras de dominación epistemológicas que relegan a los pueblos periféricos y a sus saberes.

Si en algo coinciden estos intelectuales es en la idea de que la tarea del pensamiento consiste en una filosofía de la praxis crítica, una construcción de sentido que devuelva la voz y la acción a quienes la modernidad colonial sistemáticamente ha conquistado, silenciado y reducido.

Nota relacionada: Fallece el sacerdote José Zanardini, reconocido antropólogo y estudioso de los pueblos indígenas

El mercado atrapó a los intelectuales

Barrett, Melià, Zanardini –y otros extranjeros que hicieron del Paraguay su tierra– pertenecen a una misma estirpe: la de los intelectuales que no se acomodan, que no se integran dócilmente al sistema de premios, cargos y reconocimientos; la de los intelectuales que incomodan porque recuerdan que el Paraguay se construyó sobre el despojo, la violencia y la negación de sus pueblos originarios y campesinos.

Hoy, sin embargo, esa figura parece en vías de extinción. Los intelectuales contemporáneos —con honrosas excepciones— parecen más preocupados por figurar en rankings internacionales, engordar el CV con títulos y publicaciones en revistas de “alto impacto”, o jugar a la crítica domesticada en medios de comunicación, ostentando sus cargos estratégicos en el Estado.

Pero, ¿es posible declararse “crítico” y al mismo tiempo ser negacionista del pasado tiránico del país? ¿Es posible relativizar una dictadura oprobiosa, rendir pleitesías al partido hegemónico, a sus mitologías fundacionales y al mismo tiempo pretender certificar “calidad” académica?

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El mercado ha atrapado a los intelectuales, y el consumo académico y mediático los tiene a sus pies. La lógica de la productividad académica reemplazó a la ética del compromiso. Ya no se investiga para comprender ni para transformar, sino para acumular puntos, becas, contratos y visibilidad mediática. La intelectualidad de élite se vuelve así sospechosa y profundamente funcional al poder. El resultado es una tragedia colectiva: la muerte física y simbólica de formas de pensar que interrogan radicalmente el orden establecido.

Frente a esto, la muerte de Zanardini duele doblemente. Duele por la pérdida humana y académica. Duele más aún, porque nos recuerda que los intelectuales verdaderos no mueren solo por causas biológicas, sino que lo hacen cuando una sociedad deja de necesitar la verdad, la memoria y la crítica.

Con Zanardini, entonces, muere también una forma de entender el conocimiento como responsabilidad ética. Es por todo eso que, si queremos que la figura del intelectual deje de ser un fantasma que se extingue, debemos recuperar aquella tarea gramsciana y dusseliana: pensar junto a los pueblos, desde los cuerpos y las memorias que el sistema margina, y comprometer el intelecto con la transformación de las condiciones de vida, materiales y simbólicas, de las mayorías.

Ante este panorama, una pregunta inquietante queda abierta: ¿quiénes quedan para incomodar al poder cuando ya no quedan intelectuales dispuestos a pagar el alto precio de decir la verdad?

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