30 jul 2026

La historia del cañón Cristiano

El Cristiano ha vuelto a la conversación pública por la vía menos historiográfica posible: la coyuntura diplomática, a raíz de las declaraciones del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva sobre el origen de la guerra. El vicepresidente Pedro Alliana —en ejercicio de la Presidencia durante un viaje oficial de Santiago Peña— planteó que un gesto concreto de reconciliación sería la devolución del cañón Cristiano, junto con archivos y otras piezas patrimoniales trasladadas al Brasil tras la Guerra de la Triple Alianza. Esta es una buena oportunidad para conocerlo un poco más. Lo que sigue es un intento de reconstrucción cronológica a partir de las fuentes de la época, la prensa de guerra: El Semanario, El Centinela, Cabichuí y las memorias de Thompson, Centurión, Masterman, Resquín y Falcón.

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Recorte del semanario “Cabichui”, mostrando al criollo en acción.

Foto: Archivo

Tras la victoria de Curupayty del 22 de septiembre de 1866, Francisco Solano López emprende un programa de refuerzo artillero: fundición de piezas nuevas en Ybycuí y “conversión” —rebarrenado— de tubos viejos en el Arsenal de Asunción.

Según estos corpus, la idea de fundir un cañón con el bronce de las campanas parroquiales fue propuesta por el dibujante inglés Michael Hunter (castellanizado “Miguel Hunter” en otras versiones), quien la comunicó al secretario del Ministerio de Guerra y Marina el 26 de diciembre de 1866. Se le atribuye además la dirección de la fabricación.

Este dato corrobora de forma independiente el único crédito nominal que aparece en el corpus transcrito: El Semanario del 18 de mayo de 1867 felicita “á los Señores ingenieros del Arsenal” y hace “mencion especial de los Señores Nesbit y Hunter”.

En enero de 1867 empieza su vaciado en la fábrica de Ybycuí. Las fuentes coinciden en atribuirle doce toneladas de peso (unas 980 arrobas), balas esféricas de 10 pulgadas o andanada de 150 libras, y un alcance superior a 5.000 yardas.

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Obús cañon “El Cristiano” en el Museo Histórico Nacional de Río de Janeiro.

Foto: Archivo

El 25 de marzo de 1867 la pieza se traslada de Ybycuí a la capital para su taladrado y montaje en el Arsenal. En los primeros días de abril llega a Asunción. Su trayecto hasta la ribera habría generado enorme agitación popular: la ciudad acude “tumultuosamente” a recibirlo, entre ovaciones y el repique a vuelo de las campanas de las iglesias que aún quedaban en pie. La escena, si se confirma, es de una ironía deliberada: las campanas sobrevivientes saludando al cañón hecho con las fundidas.

El Semanario, del 18 de mayo de 1867 no da el más rico de todo el corpus. Abre informando que la pieza aún se hallaba en el Arsenal y que los artilleros de Curupayty la reclamaban con impaciencia:

“Cada vez que recibo una comunicacion de V., leo con avidez, buscando siempre allá al final una pequeña noticia del cañon cristiano, siendo tal el deseo de recibirlo en mi batería é instruirlo con el oficio que debe ejercer, que no pierdo una sola ocasion de averiguar si se ha concluido ya ó no, si es de tal ó cual calibre, rayado ó lizo, largo ó corto, por fin una cáfila de circunstancias con que molesto á quien viene de Humaitá, que tambien no sabe nada […] Parece que ya estoy viendo tomar su asiento en mi batería, y arrojar majestuosamente una sólida de 150 ó 200 libras rayada ó esférica, sobre esa basura de los negros que llaman escuadra imperial […] el criollo, el paisano, ó yo no sé cómo llamarlo es el que ocupa demasiado mi atencion, y es el que debe venir cuanto antes á contribuir con su poder irresistible á la defensa de su patria.”

Había al menos dos cañones cristianos —el Criollo y su compañero recién llegado de Ybycuí— y el redactor los distingue precisamente así. Esto explica de un golpe: (a) por qué Masterman habla de dos Whitworth de 150 fundidos con campanas; (b) por qué Centurión describe dos piezas de origen campanario (el Cristiano y el Criollo).

El mismo número documenta la operación técnica —el rebarrenado de piezas de 60 a 150 rayadas— y, cosa que ninguna memoria hace, nombra a los responsables:

“[…] vamos á referir una conversion que nosotros no sabemos sino los ingeniosos ingenieros de nuestro arsenal, esto es, la conversion de los cañones de à 60 á 150 rayados. Hé ahí la conversion de que damos conocimiento, y que nosotros no podemos satisfacer el cómo de esa conversion.”

“En los dias de la semana anteriores han estado de prueba estos cañones convertidos, y segun personas entendidas han sido completamente de muy buen éxito; nosotros hemos podido oir el gran estruendo, y la direccion que llevaba la bala: y hemos oido que hizo su primer rebote en medio del rio, cerca de la colina del monte denominado Castillo; el poder destructor de estas piezas convertidas, dicen, será á legua y media, y que pueden arrojar hasta tres leguas sus proyectiles.”

“Dias pasados se han embarcado ya estas piezas con direccion á Humaitá: una de esas era de los convertidos, y las otras dos eran de los criollos guaraníes que no sabémos sus calibres; pero juzgamos que son del mismo pelo.”

“Felicitamos á los Señores ingenieros del Arsenal por su buen desempeño en el cumplimiento de sus deberes, y nos complacemos de hacer mencion especial de los Señores Nesbit y Hunter.”

El Semanario, 18 de mayo de 1867.

Los nombres de Nesbit y Hunter son el único crédito nominal a los técnicos del Arsenal que aparece en todo el corpus. Thompson y Centurión hablan genéricamente de “los ingeniosos ingleses”; Masterman, de “los artesanos ingleses”. El Semanario los identifica.

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Recorte del semanario “Cabichui”, mostrando al Acavera, sujeto por nuestros símbolos nacionales.

Foto: Archivo

Thompson, coronel de ingenieros al servicio paraguayo, es la fuente técnica de referencia y la matriz de la que derivan casi todas las posteriores.

“Un enorme cañón de 12 toneladas de peso, y que arrojaba balas esféricas de 10 pulgadas fue fundido en Ybycui y llevado al arsenal de la Asuncion donde fué taladrado y montado. Este cañón fué fundido con las campanas de todas las iglesias del país, y por esta razon fué llamado El Cristiano. Fué también colocado en las baterías de Curupayty.”

El inventario que sigue sitúa al Cristiano dentro de un programa mayor:

“Se fundieron muchos cañones en el arsenal de la Asuncion, algunos de hierro y otros de bronce. Los de hierro eran de 24 y 18, y los de bronce formaban dos baterías de calibre de 9, que era el de las bombas de Lahitte, que el enemigo enviaba en profusion y que en su mayor parte no esplotaban.”

Juan Crisóstomo Centurión — Memorias o reminiscencias reconoce que sigue a Thompson, pero añade datos propios. Contexto: el refuerzo de Curupayty.

“Se fundieron en el establecimiento de Ibycuy y fueron horadados en el Arsenal de la Asunción, muchos cañones, algunos de ellos de gruesos calibres, —tales como el Cristiano, el Criollo, el General Díaz y el Acá berá.”

“El primero que tenía 12 toneladas de peso, y arrojaba balas de 10 pulgadas, fué fundido en Ibicuy y taladrado en el Arsenal de la Asunción. Fué hecho de las campanas de todas las iglesias de la República, y esta circunstancia explica la razón de su nombre. Este cañón fué más tarde colocado también en Curupayty.”

Sobre el segundo, el Criollo —que la prensa de 1867 llamaba también “cristiano”—:

“El segundo era un cañón de 10 toneladas de peso; fué taladrado, rayado y montado en el Arsenal de la Asunción, para arrojar balas de Whitworth de 150, de las cuales se habían recogido miles lanzadas por la escuadra enemiga. También fué fundido de las campanas de las iglesias, contribuyendo á aumentar el material los tachos y sartenes de cobre que había en el país.”

Sobre el tercero:

“El tercero era también de bronce de 7 toneladas de peso, que fué taladrado en la Asunción expresamente para devolver al enemigo la enorme cantidad de balas de á 32, que se habían recojido del campo que estaba cubierto de ellas. Esta pieza fué bautizada con el nombre de General Díaz. Su fundición, según los inteligentes, dejaba mucho que desear; así fué que después de unos 60 tiros, su ánima se estropeó tanto que las bombas que lanzaba salían hechas pedazos. Por este motivo fué enviada á la Asunción para ser refundida.”

Sobre el cuarto, coincidente con Thompson:

“Y el cuarto, era un cañón viejo de hierro, de 56, que fué llevado de Humaitá á la Asunción, donde fué taladrado y rayado para arrojar balas de 150, á cuyo efecto fué necesario tornear y reforzar la culata con anillos de hierro. Las balas eran trozos de hierro con las extremidades cuadradas, con un anillo de bronce elástico, semejante al que llevaba alrededor de la copa el morrión de la Escolta del Mariscal, llamado Acá-berá. De ahí el nombre. Fué colocado en Humaitá, pero después de algún tiempo, reventó la culata. Las mencionadas balas, con su cortadura cuadrada y el borde filoso, eran calculadas para cortar las corazas de los buques brasileros y penetrar adentro.”

“El cañón Cristiano fué trasladado de Curupayty y colocado en las baterías de Humaitá y el Acaberá tan luego como estuvo concluido, fué traído de la Asunción y colocado también en Humaitá.”

El transporte se hacía con los vapores nacionales Tacuary e Igurey, que —según el mismo pasaje— cargaban y descargaban frente a la iglesia de Humaitá “sin ser vistos por la escuadra brasilera”.

El Centinela, 6 de junio de 1867, nos da el debut de “El Cristiano”:

“¡Viva la libertad! ¡Odio á la esclavitud! Magnífico ha sido el debut del cañon cristiano, que se hizo sentir religiosamente á los miserables esclavos de D. Pedro, haciéndoles pedir misericordia. Ya nó es simplemente cristiano, sino cristianísimo por que al lado de sus camaradas guaraní se ha portado cual debia, honrando ademas el glorioso dia de la Asuncion.”

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Recorte del semanario “Cabichui”.

Foto: Archivo

El Centinela, Asunción, jueves 6 de junio de 1867, año I, n.º 7.

El juego “no es simplemente cristiano, sino cristianísimo” confirma el uso adjetival. Y la mención de “sus camaradas guaraní” documenta que el Cristiano operaba junto a la pieza que Resquín llamará Guaraní. La referencia al “glorioso día de la Asunción” en un número de junio es anómala y merece cotejo con el original: puede ser errata de fecha del periódico, alusión a la ciudad o remisión a una acción anterior.

El Cabichuí, en su edición del 22 de agosto de 1867 narra la llegada del cañón a la batería y el reconocimiento del acorazado brasileño Barroso:

“Al fin llegó el tan esperado personaje; el cristiano, recibiendo las mas cumplidas ovaciones, y desde luego, corrió á ocupar el puesto de honor á que estaba llamado. Algo d’ este acontecimiento husmeó la escuadra macacuna, y le picó una curiosidad tan viva, que ayer en una reunion de gefes despues de larga discusion se resolvió mandar un encorazado á hacer la descubierta, y recayó tan peliaguda mision en el Barrozo.”

Y aquí el chiste central, que es también un dato militar de primer orden: el Cristiano no disparó.

“A consecuencia de esto, haciendo de tripas corazon, avanzó el encorazado esta mañana hasta considerable altura, esperando que fuese saludado por el nuevo adalid; pero este como buen cristiano desde q’ vió q’ se enderezaba un prójimo al garlito, se habia puesto á rezar por su alma, y olvidó toda otra ceremonia: de manera que el Barrozo fué malamente chasqueado por esta parte, si bien no sucedió así con su amigo el ácáberá y los otros viejos conocidos que se disputaron la preferencia de festejarlo.”

El recuento de impactos es minucioso:

“Los confites que le arrojaron llegaron á él en número de siete; cuatro tocaron el casco, uno sin mas ceremonia se metió por el portalon, otro en la chimenea y el último entró por la cubierta hasta su caldero, llamando á fuera el vapor; esto dejó sin accion la máquina, y se entregó á la corriente para volver á buscar á sus compañeros, que poniéndosele á los costados, lo condujeron al hospital donde se encuentra. ¡Cuanta influencia comienza á tener sobre los negros el cristiano! ¡Qué dolor! pero no se desespere por eso la escuadra, q’ vuelva no mas, y á fé de religioso le echará su bendicion.”

El 24 y 25 de julio de 1868 se evacúa Humaitá. Los jefes Gill, Cabral y Hermosa “procedieron á inutilizar los parques, clavar los cañones y echar al agua ó bajo la barranca todos los que estaban colocados sobre el río”. Resquín registra 180 cañones abandonados, entre ellos “una pieza rayada de bronce, calibre 150, fundida en el arsenal de la Asunción”. No la nombra.

Recuperado por los aliados —hallado en las operaciones del Chaco, tras la capitulación ante el general Rivas, escondido bajo la barranca del río Paraguay—, y según Burton:

“En el extremo este encontramos el corral del ganado de la proveduría que ocupaba el sitio donde antiguamente estaban los galpones para el carbón y la fundición de hierro. Allí habían situado al cañón “Cristiano”, recientemente enviado como trofeo a Brasil, con un peso de doce toneladas y fabricado con el metal de las campanas tomadas de las iglesias. Disparaba una andanada de 150 libras. En un muñón aparecía grabado “Arsenal Asunción” (donde se le había efectuado el estriado a los cañones), 1867; en otro se leía la patriótica leyenda “La Religion a el Estado”

Para el 8 de agosto de 1870, Falcón vio el cañón en el arsenal de guerra de Río de Janeiro, exhibido como trofeo:

“He visto y examinado muchas banderas nacionales, uniformes, morriones, gorras, más de cien cañones de diferente calibre entre ellos el monstruoso denominado Cristiano fundido en Asunción, con peso de más de 80 toneladas; cantidad de cureñas y armones, fusiles, pistolas, lanzas, sables, espadas, cuchillos y muchos objetos de esta naturaleza.”

La cifra de “más de 80 toneladas” contradice frontalmente las 12 toneladas de Thompson, Centurión y la nota italiana. Es probable que Falcón erró al anotar.

“Recién hoy he tenido proporción para contemplar estas armas que han derramado raudales de sangre en una formidable lucha de más de cinco años. Me ha consternado el tenerlas a la vista y pensando en el completo aniquilamiento de mi desgraciada patria.”

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El cañón Criollo se usó para hacer retroceder a los acorazados brasileños.

Foto: Archivo

Falcón aporta un dato que ninguna otra fuente registra: la fundición de campanas se repitió en Azcurra después de Lomas Valentinas.

“[…] mandar componer fusiles, hacer lanzas y vaciar cañones de bronce, de las campanas de las iglesias que había mandado recoger, improvisando para ello un pequeño arsenal con las máquinas muy precisas que habían podido escapar; y todo esto lo hizo a vista y paciencia del enemigo que lo teníamos en frente en Pirayú.”

Si «cristiano» designaba genéricamente a la pieza fundida con campanas, las de Azcurra de 1869 fueron técnicamente cañones cristianos de segunda generación, aunque ninguna fuente los llame así.

El cañon se conserva hoy en el Museo Histórico Nacional de Río de Janeiro, en el “Patio de los Cañones”, y es la pieza de mayor calibre allí exhibida. En 2013 fue requerida a Lula da Silva por el presidente Federico Franco, a cambio del buque insignia Río de Janeiro, hundido en aguas del río Paraguay, pero los militares brasileños negaron la devolución.

Si de mí dependiera el destino del cañón, preferiría que siguiera donde está. Es un trofeo que a los brasileños les costó sangre, y como tal les pertenece el orgullo de exhibirlo. Aquí, en cambio, no es difícil imaginar el desenlace: una mole de bronce arrumbada en algún patio de Asunción, terminando de tendedero para secar la ropa. El reclamo, además, no nace de una preocupación patrimonial sostenida sino de la coyuntura, la pieza está en el Brasil desde 1870 y solo se lo recuerda cuando conviene electoralmente, y se lo olvida el resto del tiempo.

Fuentes:
El Semanario de Avisos y Conocimientos Útiles, Asunción, N.º 682, Año XV, Cuarta Época, 18 de mayo de 1867; El
Centinela, Asunción, Año 1, N.º 7, 6 de junio de 1867; Cabichuí, Año 1, N.º 31, 22 de agosto de 1867; George
Thompson, La Guerra del Paraguay (ed. anotada y aumentada); Juan Crisóstomo Centurión, Memorias o
Reminiscencias históricas sobre la Guerra del Paraguay; Jorge Federico Masterman, Siete años de aventuras en
el Paraguay; Francisco Isidoro Resquín, Datos Históricos de la Guerra del Paraguay contra la Triple Alianza;
José Falcón, Escritos Históricos; Giménez Vega (ed.), El cónsul, la guerra y la muerte (correspondencia
Chapperon–Incoronato y notas del editor). Consultados sin resultado sobre este tema: Washburn, Aveiro, Maíz,
Stewart, Capdevila, Vicencio y los testimonios del Fondo Zeballos.

Investigador.
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