El país volvió a ubicarse entre los últimos lugares de América Latina en la evaluación internacional de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). En matemáticas, nueve de cada diez estudiantes no alcanzan el nivel básico de competencias, mientras que en lectura y ciencias más de tres cuartas partes tampoco logran los estándares mínimos.
El resultado de los últimos exámenes da cuenta de que dentro de una muestra mayor a 6.500 alumnos de casi 300 centros educativos convocados a nivel local es patente el empeoramiento de las capacidades para interpretar y resolver problemáticas correspondientes a cada disciplina mencionada, con niveles de razonamiento que disminuyeron peligrosamente.
Las pruebas PISA no miden contenidos curriculares específicos, sino la capacidad de los estudiantes para aplicar conocimientos y habilidades en situaciones reales. Por ello, sus resultados suelen ser utilizados como un indicador de la preparación de los jóvenes para continuar estudios superiores o insertarse en un mercado laboral cada vez más exigente.
La aptitud y la preparación del escolarizado, en consecuencia, se aleja cada vez más de los estándares internacionales y esto –a la larga– significa un marginamiento más acentuado en torno a las posibilidades con el fin de mejorar su calidad de vida y acceder a oportunidades para transformar su realidad o brindar su aporte a la sociedad, en un contexto cada vez más competitivo.
La lectura comprensiva es una esfera poco conocida en el ámbito de la educación paraguaya, en cuyo seno poco y nada se incentivó ya desde el inicio del Estado-Nación a la correcta interpretación de textos o fenómenos que rodean al ser humano en su intento de aprender.
Las ciencias humanas o del pensamiento estuvieron históricamente casi ausentes en los procesos de enseñanza-aprendizaje, sumado al poco incentivo por el debate abierto o la contrastación de opiniones o análisis. La metodología se basó casi siempre en el conductismo, en la verticalidad del conocimiento transmitido por el profesor al alumno, casi sin discusiones.
Educación sin transformación
Tras los años de dictadura, en que la educación permaneció casi inmóvil en sus planteamientos y no experimentó transformaciones ni evolución acorde a los tiempos que se iban viviendo, se llegó al tiempo de la apertura democrática con un intento de reforma educativa, que acarrea muchas falencias. Los fines de la educación variaron hacia el constructivismo, es decir que el aprendizaje se trasladaba al alumno como centro, como sujeto y ya no como objeto del proceso.
Anteriormente, la época del régimen dictatorial había enfatizado esquemas de repetición, de instancias memorísticas y de orientación del sistema educativo para engrandecer las obras de gobierno, reivindicar el nacionalismo exacerbado y no fomentar dialécticas que pudieran objetar el statu quo. El control férreo, como casi en todos los demás estamentos de la sociedad y de las relaciones humanas, era casi supremo.
La maquinaria de lanzar certificados de grado se resumía a un engranaje en que solo se cumplía con la nota específica, luego de tareas meramente memorísticas, sin planteamientos ni experimentación, sin proyectos serios que sean desarrollados por los propios estudiantes y que pudieran ser puentes hacia nuevos desafíos. Se sostenía (y se sigue sosteniendo en gran medida) una pasividad preocupante de parte de los alumnos, allanados a la obediencia y a la poca capacidad de rebeldía.
Ciertamente, el contexto internacional estaba anteriormente signado por la Guerra Fría y por los principios de desconfianza hacia una globalización e intercambio de pensamientos desde latitudes muy distantes, a sabiendas de que la llamada civilización oriental acarreaba fuertes influencias soviética y china, muy contrarias en sus apreciaciones y aspiraciones respecto de las democracias republicanas occidentales, lideradas por Europa y los Estados Unidos.
En consecuencia y a influjo de una ideología que buscaba preservar el sistema paraguayo (y hasta regional) alejado de las discusiones filosóficas que abrieran la mente de los jóvenes, el discurso único de los buenos contra los malos, las categorizaciones casi estáticas y una hermenéutica de la realidad fragmentada, formaban parte de esta cotidianidad, en una maquinaria que lanzaba al mercado a seres con dificultades para elucubrar hipótesis y sostener razonamientos enriquecedores.
Mercado laboral
El mercado laboral acusa recibo de estas falencias desde hace décadas: Jóvenes compatriotas con casi nula preparación o aptitud para insertarse a un ámbito competitivo, carentes de conocimiento o de herramientas para asimilar los retos empresariales o de organizaciones que transforman la actividad económica en divisas, ingresos y distribución; a más de una franja laboral vulnerable y con problemas para la toma de decisiones, con desorientación acerca de su rol como ciudadanos y poco apego al cuestionamiento o a la resolución de la vida pública, mediante el voto a autoridades que les representen.
La ciencia representa el sustento fundamental que contribuye a cualquier sociedad en su aspiración para superar desafíos, ya que con hechos y datos comprobados se pueden hacer mediciones y construir engranajes con el fin de mejorar entornos. Cuanta más ciencia se practique en una sociedad, menos influenciada estará por vientos coyunturales ideológicos que solo buscan la polarización y la instalación de narrativas maliciosas, o de supersticiones que perpetúan el pensamiento mágico.
El lenguaje y la comunicación, por su parte, constituyen las herramientas básicas y fundamentales en la edificación social. Sin una buena comunicación, el resto de las acciones humanas fracasa indefectiblemente y el destino de cualquier grupo humano se verá irradiado hacia los márgenes de la civilización.
Las matemáticas, como esfera del pensamiento abstracto, permiten cálculos y elucubraciones profundas en la construcción de sistemas lógicos y hasta filosóficos, sin los cuales las acciones humanas en entornos contradictorios andarían a la deriva y al tanteo, ya que no habría posibilidad de interpretar, analizar ni contrastar desde la mente humana los fenómenos de la realidad.
Por otro lado, la influencia de las pantallas y dispositivos -frente a los que toda una generación está pendiente de manera efusiva y sostenida- perjudica aún más la correcta comprensión, porque la automatización y los estímulos que recibe el cerebro aminoran la capacidad de criterio; el algoritmo elige qué contenidos plasmar frente a las retinas y el bombardeo de informaciones deforma la capacidad de asimilar el mundo que nos rodea.
Paraguay está subido al tren del deterioro general en cuanto a las capacidades que debieran aprenderse en el aula, con sus particularidades respecto del atraso educativo en que siempre se vio sumido. Afrontar el desafío y articular políticas acordes para recuperar terreno perdido es fundamental, pero de la mano de especialistas en las diferentes ramas aglutinadas en la educación, circunstancia que hoy no se percibe en la cartera de Estado encargada de esas gestiones, contaminada por el biorritmo coyuntural de los ciclos políticos.
El siglo XXI está inserto ya en el continuo avance tecnológico, la robotización y la Inteligencia Artificial. Hay eslabones ya superados en otras latitudes, que trazan derroteros con elevada competitividad y adiestramiento de estudiantes para un mundo cada vez más cambiante; mientras a nivel local aún se tropieza con limitaciones a la hora de alimentar a la franja estudiantil, brindarle infraestructura adecuada e incentivar al esfuerzo en el aprendizaje.
Si observamos el porcentaje respecto del producto interno bruto (PIB) de Paraguay destinado a educación, según el Banco Mundial, solo se llega al 3,4% por debajo del promedio mundial (3,7%) y muy lejos de la recomendación de la Unesco, que sugiere invertir entre el 6% y el 7% del PIB en los países en vías de desarrollo.
De no revertirse el déficit, Paraguay seguirá siendo el furgón de cola y no podrá insertarse en ningún clúster de investigación + desarrollo tan siquiera regional, que incentive la transformación y aspire a superar su levedad en los procesos de enseñanza-aprendizaje.