Los médicos piden reajuste salarial y mejores condiciones laborales en el sector público. Los que toman el micrófono y lo analizan usan diferentes perspectivas. La gente aprovecha para descargar penas relacionadas al pésimo estado de los hospitales públicos. Se acusa, se exige, se romantiza, se victimiza, se generaliza, se desvía la atención… de todo.
En el banquillo del acusado no solo están el estatismo, el prebendarismo, la corrupción, la desidia, sino también las personas, la ética, la supervivencia social y el bien común.
Hasta allí resulta una práctica de ciudadanía, ya que participar genera un interés genuino. Pero para seguir con el análisis, habría que considerar si el jurado de esta suerte de juicio popular busca la verdad que sustenta el derecho y si está integrado solo por intereses grupales, desconfianzas mutuas y emotividad o también han traído a los sabios, patriotas y prudentes al debate. ¿Vamos a ir al quid o solo esperaremos ansiosos a que gane nuestro bando y ya?
Juan Manuel de Prada, escritor, crítico literario y articulista español escribía una expresión lapidaria: “Hay que mantener la tradición humanista del médico, no como un técnico de la salud, sino como un profundo conocedor del alma humana”.
Una visión demasiado pragmática y materialista mira a los médicos desde una perspectiva puramente utilitaria, analizando costos, beneficios, dinámicas de mercado y resultados medibles. Es verdad que todo eso importa, son datos de la realidad que hay que considerar, pero son insuficientes.
Sea de una parte o de la otra o a su costado, hay un hecho que debe preocuparnos igual o más y es la deshumanización de nuestra sociedad.
Si el médico siente que es tratado como un simple técnico o un funcionario y si la gente lo mira así, no nos quejemos de que luego la relación que surja entre médico-paciente se transforme en una simple transacción comercial o administrativa. Aunque le paguemos más.
El Estado administra la “cosa pública”, y para ello no le queda otra que introducir conceptos como eficiencia, rendimiento, optimización, pero antes y por encima del mismo están los médicos y sus pacientes, está la relación con la verdad objetiva, que, si se pierde de vista, obnubila la justicia y hace decrecer totalmente a la sociedad.
Si el médico debe ser valorado con justicia –y se debe tener la valentía de promover a los mejores y a los que más aportan, dándoles el estatus social que se merecen–, no es solo porque se comporte como buen funcionario. Entonces, no se trata solo de apagar el incendio y darle una pintadita al asunto y listo.
Ver la carrera solo como un intercambio de tiempo por dinero expone al médico a la frustración. No es obsoleto hablar de su vocación, justamente porque en ella radica la grandeza que la sociedad debe compensar, incluso haciendo sacrificios.
No dejemos que extenuantes jornadas, estrés y burocracia se vuelvan un brebaje venenoso para los médicos, llevándolos al agotamiento, a la apatía o al cinismo total. Puede ocurrir. También ellos deben hacer como gremio la serena autocrítica que corresponda para mejorar.
Los ciudadanos de a pie estamos lejos de los entretelones politiqueros. Los que hemos estado enfermos gravemente sabemos de la enorme necesidad de tener profesionales de salud interesados en la integralidad de nuestra persona, no solo de brindar una atención a medias y pasar la página, más allá de la paga, pero menos acá de la indignidad en la que los quieren tener algunos como simples “recursos operativos” de un sistema indolente.
La salud es un tema delicado, y la curación y el alivio del dolor de las personas, ni qué decir.
Si queremos que la profesión recupere su atractivo genuino para los jóvenes, si queremos retomar el tema ético para todas las partes involucradas, debemos empezar desde un análisis realista de la carrera misma, custodiando que la misma entrada no sea manipulada con ofertas de garaje, debemos considerar el escalafón, la ética, con el custodio de la vida humana como prioridad, etc. Y hemos de deponer las armas de la superficialidad infantilista en el debate, la agitación demagógica interesada y la irresponsabilidad revestida de respuestas tecnicistas insuficientes para los pedidos de genuina urgencia.