06 sept 2026

El problema no es la corrupción

No lo digo yo. Lo reporta la consultora Voz Data, que investigó cuáles son los problemas que los potenciales votantes para las elecciones municipales consideran más graves en sus barrios. En primer lugar, aparece la basura, con el 36%; luego, las calles, con el 20%, y la inseguridad, con el 16%. ¿Y la corrupción? Apenas un 7%. En esta percepción ciudadana, entonces, el problema no es la corrupción. Y creo que tienen razón. En un aspecto. Pero, en otro, creo que no. ¿Contradictoria mi respuesta? No tanto: déjeme elaborar. Tal vez termine usted mirando lo mismo que yo veo.

En el pasado mes de julio, un amigo, alguien de Iglesia, se ofreció a ayudarme a gestionar unos documentos. Solo había que dar una pequeña “propina” al funcionario para agilizar las cosas. Yo le pregunte por qué. Su respuesta fue visceral: “Y bueno, así son aquí las cosas”. Y ahí me vino la pregunta: ¿qué clase de comunidad hemos llegado a construir para que ciertas conductas nos parezcan aceptables? Hay tres aspectos que ayudan a comprender esta normalización: la fragmentación de la realidad social, la pérdida de un lenguaje moral común y la desaparición de la idea del bien común.

Primero, la fragmentación. Que apenas el 7% mencione la corrupción no significa que al 93% restante no le importe. El vecino de Asunción percibe la vida pública de manera fragmentada: basura es basura, calles son calles, inseguridad es inseguridad y corrupción es corrupción. Cada problema ocupa su propio casillero. Se ve el bache, pero no al responsable del asfalto; la basura acumulada, pero no la cadena de responsabilidades que la creó. Se ve la coima, pero se la acepta como parte del sistema. Vemos las partes, no la trama que las conecta. Y al fragmentarse la realidad, también se fragmenta la responsabilidad: todos hicieron “su parte”, pero nadie responde por el conjunto.

Segundo, hemos debilitado nuestro lenguaje moral. A veces disfrazamos la coima llamándola “propina”. Pero incluso cuando la llamamos por su nombre y sabemos que está mal, la aceptamos como parte del sistema. Y lo curioso es que todo el mundo invoca la moral: se la exige a políticos, funcionarios y jueces. Pero cuando uno pregunta qué significa decir que algo está bien o mal, aparece el estribillo: “Para vos está mal; para mí, no”. “Esa es tu opinión; yo tengo la mía”. Este relativismo también parece haber penetrado en la predicación eclesial. Se lamenta la crisis de la familia, pero cada vez resulta más difícil escuchar una palabra clara sobre el adulterio. ¿Todo se ha vuelto relativo? No ciertamente los Evangelios, que en estas cuestiones hablan con claridad.

Pero decir que una coima está mal es muy diferente de decir que a mí no me gustan las coimas. Significa afirmar que hay cosas que están mal en sí mismas, aunque todos las hagan. Un joven llegó a decirme que pensar así era “fascista”. Lo escuché azorado. Parece una anécdota, pero revela una paradoja: nos escandaliza la corrupción, pero rechazamos el lenguaje moral que nos permitiría explicar por qué está mal.

Tercero, el bien común. Si todo juicio moral es una preferencia individual, ¿qué significa hablar del bien común? No es la suma de intereses particulares ni aquello que desea la mayoría. Hay bienes que solo se realizan juntos: una universidad que eduque, una ciudad limpia, una administración honesta, instituciones confiables. Nadie los produce ni disfruta solo, y por eso exigen responsabilidad compartida.

Alasdair MacIntyre, uno de los grandes filósofos morales contemporáneos, ha insistido en que una sociedad no se sostiene solamente mediante leyes y controles; necesita personas habituadas a hacer lo correcto incluso cuando nadie las vigila. Las virtudes necesitan prácticas y comunidades que las hagan posibles. No aprendemos a ser justos u honestos gracias a la Constitución. Lo aprendemos practicándolo en familias, escuelas, universidades, iglesias e instituciones. Cuando esas comunidades fallan, seguimos pronunciando palabras como honestidad, responsabilidad y bien común, pero suenan vacías.

Por eso, el problema paraguayo no se resolverá criticando para que aquel 7% se convierta en 70%. Una sociedad puede denunciar furiosamente la corrupción y continuar siendo corrupta. Puede incluso ganar un grupo con fama de corrupto. El comienzo es más humilde, pero más difícil: recuperar prácticas de responsabilidad. Un profesor que no aprueba al alumno que no rindió lo mínimo. Un juez que no firma una resolución que sabe injusta. El ingeniero que no aprueba una obra insegura. El ciudadano que no ofrece una coima. El rector que no firma un título profesional que sabe que es falso. Los antiguos llamaban a eso virtud: hábitos que nos permiten hacer bien aquello de lo que depende una comunidad. Y esos hábitos no se aprenden en discursos ni vienen de leyes o constituciones: se aprenden practicándolos.

Quizá, entonces, la pregunta no sea solamente por qué la corrupción preocupa al 7%. Es otra, más incómoda: ¿dónde estamos formando personas capaces de resistirse a aceptar esa realidad? El escritor inglés Chesterton sugiere en su libro Ortodoxia que hay una cordura especial en rechazar aquello que los demás consideran normal. Decir “así son aquí las cosas” puede ser también una manera de rendirse ante ellas. El primer acto de coraje moral quizá sea mucho más sencillo y, a la vez, más difícil: comenzar por mirarnos a nosotros mismos.

Dr. en Filosofía
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