En otoño de 1959, Isaiah Berlin dio una conferencia que tituló “John Stuart Mill y los fines de la vida”. Aquella conferencia pasó, luego, a convertirse en el prólogo de una nueva edición del célebre ensayo de Mill Sobre la libertad; libro que lo catapultó como fundador del liberalismo moderno. Analizando las principales ideas de Mill, Berlin examinó que los hombres quieren restringir las libertades de otros hombres por tres motivos: a) Porque desean imponer su poder sobre los demás; b) Porque quieren conformidad de los demás –no quieren pensar diferente de los demás ni que los demás piensen diferente de ellos– y c) Porque a la pregunta de cómo debe uno vivir no puede haber más que una y sola verdadera respuesta.
Mill consideraba que los dos motivos iniciales no pueden responderse racionalmente. Parecería ser que el deseo de poder (a) y de someter (b), indefendibles con razones, llevó a Mill a considerarlos irracionales. Sin embargo, asumió seriamente el último de los motivos. La respuesta correcta sobre el modo de vivir o actuar (c) es intelectualmente atendible, pues aspira a que sólo los iluminados sean los únicos que revelen o descubran la verdad objetiva, siempre correcta, sobre cómo debe vivir o comportarse el ser humano. Una pretensión que, por supuesto, rechazaba.
Si encuadramos en estas consideraciones lo sucedido en días pasados, en referencia a la posición públicamente asumida del vicepresidente, de gobernadores y diputados; en actitud que se analiza como enfrentamiento –crispación, quiebre, crisis, rebelión– en el movimiento político Honor Colorado, la lectura podría ser otra. Que el movimiento se arraigue en el liderazgo en una única persona nadie duda (o dudaba). La duda proviene, más bien, por la disidencia expuesta públicamente, abonada por una actitud inexistente en la última década, tanto al interior de un movimiento cohesionado en torno a la figura de un solo hombre, como por la conformidad casi total de gremios y organizaciones civiles que todo lo aprueban con su silencio. Por aquello de que un hombre libre voluntariamente forja su destino, nada le impide dejarse imponer el poder ajeno. Muchos son cómodamente súbditos. Quizá de esta comodidad proceda la conformidad que denunciaba Mill, pues pensar diferente es cómodo mientras se disienta en privado y en silencio.
Pero algo hay de la proposición que hiciera Mill aplicable a esta situación que aflora. El análisis político sobre qué ocurre en el Partido Colorado, el sujeto político al decir del Dr. Mario Ramos Reyes, es tarea de politólogos. Pero encuadrado en la ideología liberal de Mill, podría ser que algunos actores ya no desean que otro les diga cómo vivir o no acepten su respuesta como la única verdadera. Mill defendía la variedad y la tolerancia, la libertad de elección; modelar el propio carácter. Más que un quiebre plantearía una postura genuinamente liberal, pues es diferente presumir que una idea es verdadera porque no ha sido refutada que suponerla verdadera porque se prohíbe su refutación. En una realidad imperfecta de hombres falibles, las posiciones son mejor construidas con discusión, diálogo y consenso. Quien impone su respuesta como la única correcta o verdadera (c) la transforma en dogma. Ve traidores, no interlocutores. Si existe un ropaje ideológico en quienes se oponen a la (in)posición de ideas del único líder, Mill no vería una crisis. Vería un desafío al dogma y, por supuesto, un grupo de herejes. Mill igualmente los defendería. Lo imagino diciendo: Herejes, pero libres.