23 sept 2026

El escándalo PISA, el tecnicismo y la ausencia de realidad

La educación se define, en esencia, como introducción a la realidad, según la totalidad de sus factores. Es una compañía que ayuda a descubrir y a dejarse asombrar. En último término, educar será siempre un acontecimiento que determine y abra el conocimiento, cada vez más, a algo más grande.

PISA, sigla de «Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes» (Programme for International Student Assessment), ha publicado datos realmente importantes que, precisamente por su relevancia, han puesto de manifiesto la situación que atraviesa no solo nuestro país, sino el mundo entero: una crisis educativa —o de enseñanza, pues aquí confluyen ambas dimensiones, que, aunque distintas —educar y enseñar—, están vinculadas.

El examen PISA no mide únicamente conocimientos o memoria; evalúa la capacidad de establecer conexiones, interpretar datos y utilizarlos para resolver problemas de la vida real. El 80% de nuestros estudiantes no superó la prueba, ya que no logró comprender las preguntas planteadas; de ahí se desprende la existencia de un problema de comprensión lectora. Por otra parte, nueve de cada diez jóvenes no alcanzaron el nivel básico en matemáticas.

Estos son algunos de los datos. Si bien es importante reconocer que nuestro país ha suspendido y que resulta urgentísimo abordar el problema, tampoco podemos pensar que el resto del mundo sea una maravilla o que haya obtenido resultados brillantes: ¿mal de muchos, consuelo de tontos? No.

Estamos inmersos en una cultura mundial reductiva que transforma todo en datos. Nuestros abuelos no sabían leer o lo hacían con dificultad, pero eran capaces de establecer conexiones que les permitían realizar muy bien sus labores sin sucumbir en el intento. El conocimiento de la tierra y del clima, así como ciertas nociones matemáticas, les permitían desenvolverse en la vida.

Conversando con unos amigos, estos me decían: «Sí, pero eran pobres». Una objeción interesante para el hombre de nuestros días, en los que la productividad y la utilidad se han convertido en sinónimos de riqueza. Por este motivo, hoy se considera que quien no produce —una persona enferma, por ejemplo— o quien no es «útil» —una persona anciana— constituye un «problema», una carga o un desperdicio social. Nuestras sociedades avanzan hacia la inutilidad porque ya no nacen suficientes hijos y envejecemos.

Debemos tener mucho cuidado al interpretar estos datos. El punto central es siempre la persona. No queremos vivir en la ignorancia; deseamos salir del tercer mundo. Es necesario educar, y se necesitan niveles adecuados de formación y estudios técnicos. Pero, con todo ello, no podemos reducir a la persona a un resultado, a una máquina de producción o a un mero objeto del utilitarismo o de la “performance”.

Nuestros jóvenes necesitan, antes que nada, adultos conscientes de que el desafío es cultural. En un mundo cada vez más individualista, encerrado en las redes sociales y sometido a la Inteligencia Artificial, surge la pregunta: ¿por dónde empezar?

Seguramente, no empezaremos por PISA. Los datos arrojados al vacío suelen generar respuestas equivocadas.

El punto de partida ha de ser la tradición, la recuperación de nuestras raíces históricas y una educación abierta a la realidad, no sofocada por la mentalidad dominante. También ha de incluir el valor implícito y explícito de la cultura de la fe, la recuperación del vínculo con las cosas, con la tierra y con el tiempo real —no con la inmediatez—. Es decir, debemos recuperar al ser humano en toda su amplitud. Solo así podremos interpretar los datos de los distintos estudios de una manera general, orientada a la totalidad.

El problema no lo resolveremos aplicando técnicas que hayan funcionado en otros países. Es una tentación caer en el «universalismo» educativo, porque nosotros no vivimos en Finlandia, no hablamos japonés ni comemos mariscos.

La tradición nos enmarca en una identidad irrepetible y única, que es lo primero que debemos recuperar. Ese es el punto de partida. Lo segundo es recuperar una cultura del valor y del servicio a los demás, en lugar del individualismo que nos ha llevado a la corrupción.

Desde un punto de vista técnico, resulta vital resolver la crisis de la vocación docente, agravada por la falta de profesores y de universidades dedicadas a su preparación. Generar atractivo por la profesión docente es absolutamente necesario. Y, por último, es imprescindible que estos profesores sepan que están ante personas, niños y jóvenes, no ante dispensadores de bebidas que funcionan al introducir una moneda.

Por último, si yo fuese ministro de educación, comenzaría por proponer un huerto en cada colegio, de manera a recuperar una felicidad propia de un niño. Por tener la medida del trabajo, la observación y el sacrificio hacia las cosas, dentro de su tiempo propio. Solo aprendiendo a dimensionar los tiempos de la naturaleza, de los hombres, el cosmos y Dios, se aprende a juntar sílabas y entender su significado. Relacionándonos con las cosas y las personas, aprenderemos que las ecuaciones matemáticas necesitan de factores concretos, donde uno más uno, no es -solamente- dos, sino una persona, un nexo con otro.

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