“Felicidad. Es un viaje lejano, mano con mano, la felicidad. Tu mirada inocente entre la gente, la felicidad… Es un trago de vino por el camino, la felicidad. Es vivir el cariño como los niños, la felicidad… Tiene el sabor de verdad, la felicidad”, cantaban Al Bano y Romina Power en sus bellas épocas de los años noventa.
Hoy es un día especial en que se nos estimula a pensar en ese estado interior de plenitud, satisfacción y gozo que, como decía Aristóteles en su Ética a Nicómaco ya en el siglo IV antes de Cristo, no es algo pasajero, sino nada menos que el fin supremo y el objetivo de la vida humana, la cual debe apuntar a su expresión más elevada y floreciente y hacia allí dirigirse por el camino de la racionalidad (inteligencia y voluntad) y la virtud.
Estamos casi todos de acuerdo en que cada persona busca este estado por diversidad de sitios y experiencias, incluso, en los vicios y los excesos, aunque nos equivoquemos.
El poeta Cesare Pavese solía hacer alusión a la nostalgia de esa totalidad que el corazón humano añora hasta hacerlo desesperar a veces. “El muro de enfrente que ciega el patio tiene a menudo un reflejo de sol niño que recuerda el establo… Hasta el cuerpo, enredado en las sábanas, es el mismo de los primeros años, cuando el corazón saltaba descubriendo. Aquí se despierta desolada por el reclamo avanzado de la mañana y vuelve a emerger en la pesada penumbra el abandono de otro despertar: el establo de la infancia…”, escribía en La puta campesina.
La sociedad líquida, tal como la concibe Zygmunt Bauman, huye de sus preguntas últimas sobre la felicidad, quizás del terror de no encontrar un sentido, lo cual le espanta tanto que termina por volverlo más frágil, precario y disoluto. ¿No serán síntomas del gran malestar todos estos ismos de nuestra época (individualismo, consumismo, wokismo…)?
Ojalá hoy fuera declarado el Día de la Nostalgia de lo Humano porque la felicidad se ha convertido en una caricatura que se mueve al ritmo de los vendedores de humo. Es tan grande y tan lejana en nuestro imaginario colectivo que parece que no vale la pena ni mencionarla seriamente, entonces se termina banalizándola grotescamente.
Sin duda, las personas sabias de todos los tiempos nos han dejado algunos esbozos acerca de su experiencia en el camino de la virtud, al respecto de la trascendencia y su consecuente estado de plenitud y paz, e incluso, para algunos es tal el asombro que provocan estas experiencias, que les anima a cambiar de rumbo, replantearse todo, renovar el sentido de búsqueda y de aventura y, por qué no, de misterio que encierra la vida humana.
Sin duda, la simplicidad y la sinceridad de vida están muy ligadas a la felicidad. No precisamente la falsa sensación de autonomía y autosatisfacción puritana o perfeccionista. No la autoexplotación y el exceso de positividad que tanto agotamiento mental y soledad causan en la “sociedad del rendimiento”, como lo describe el filósofo coreano Byung-Chul Han. Sí, el anuncio de la buena noticia de que Dios existe y se interesa por nosotros hasta el punto de saldar él como hombre la deuda existencial que causaron nuestras culpas.
Tal vez, la felicidad será “medida” hoy en términos de bienestar económico, complacencia sexual o empoderamiento, tal vez se acudirán a encuestas y a la observación de sonrisas en el rostro… En mi caso, no renuncio a la posibilidad de ser abrazada por ella en la realidad cotidiana, en esos momentos cálidos y lúcidos en que la fragilidad es aceptada con ayuda de la gracia del Dios de la vida y hasta el sufrimiento cobra sentido como camino de desarrollo interior. Recuerdo con nostalgia el largo camino recorrido en la historia de tantos hombres y mujeres paraguayos que siguen escapando de las trampas de la alienación y que son capaces de mirar más allá de lo aparente e inmediatista, despertando en su rostro ese bello y auténtico pukavymi.