Paraguay no tiene actividad telúrica significativa. Eso nos libra de los terremotos que destruyen ciudades enteras en otros rincones, dejando nefastas consecuencias.
Como no nos toca, bien podríamos festejar. Pero no cantemos victoria. Acá nos castigan otras plagas, no necesariamente naturales, sino revestidas de rasgos humanos. Mientras las placas tectónicas permanecen estables, los cimientos del Estado paraguayo sí se mueven, de modo silencioso y persistente. Las entrañas de la institucionalidad democrática convulsionan sin estruendo, pero con efectos a largo plazo.
La causa: Una corrupción endémica, enquistada en los poderes de turno, que grita sin preámbulos. Sus efectos: Devastación económica, deterioro social y vidas afectadas.
Este fenómeno humano, en términos de impacto sería casi comparable a un sismo de alta magnitud en la Escala de Richter.
Ayer, Haití o Japón eran golpeadas por terremotos y tsunamis, cosechando muerte y destrucción. Hoy, Paraguay es vapuleado por un temblor distinto: La corrupción estructural. La coincidencia; ambos matan. La diferencia: Los desastres naturales no distinguen responsabilidades y la corrupción sí tiene rostros visibles.
Por eso, usar la desgracia ajena como referencia para sentirnos “afortunados” no es justo. Y decir que somos “bendecidos” porque en Paraguay no hay terremotos que matan, sería peligroso, ya que tampoco podemos afirmar que vivimos mejor.
En el mundo, los desastres naturales azotan duro. Terremotos, tormentas intensas y otros fenómenos asociados provocan miles de muertes cada año. En 2024 hubo 393 desastres naturales que causaron 16.753 muertes y pérdidas que rondaban los 241.950 millones de dólares, según datos de la EM-DAT.
El terremoto de Haití del 2010, por ejemplo, provocó unas 200.000 muertes, y el tsunami asociado causó pérdidas cercanas a 7.800 millones de dólares, según el Banco Mundial.
Es cierto que Paraguay no está en una zona sísmica activa como Haití o Japón, pero nuestros fenómenos meteorológicos medianamente extremos –tormentas fuertes con vientos superiores a 100 km/h y precipitaciones por encima de 100 mm. en cortos periodos– bastan para causar colapsos de infraestructura, cortes de energía y daños generalizados.
Estos episodios movilizan a cuadrillas de la ANDE o Emergencia Nacional para restituir servicios tras las tormentas. La afectación no solo es material. Las inundaciones, accidentes y pérdidas humanas siguen, agravadas por la desigualdad, precariedad y falta de planificación.
No creo adecuado compararnos únicamente por la ausencia de huracanes o terremotos. Como sociedad paraguaya deberíamos cuestionarnos también por los daños causados por la mala gestión humana.
La corrupción estatal, las omisiones políticas y la falta de planificación generan perjuicios enormes para la población, tanto en términos de vidas humanas como de impacto económico.
En 2024, la Contraloría reportó 32 casos de indicios de hechos punibles por corrupción, con un daño patrimonial al Estado de 1,2 billones de guaraníes equivalente a casi 180 millones de dólares (a un cambio promedio). En 2022, el Estado paraguayo perdió 450 millones de dólares por hechos de corrupción. Y se suman los daños no contabilizados.
Estas cifras, aunque menores y no comparables a un terremoto en términos inmediatos, evidencian una hecatombe económica sostenida en el tiempo: Una corrupción que es igual a menor inversión pública, servicios de salud y educación deficitarios, obras públicas impagas e inconclusas y recursos que no llegan a los más necesitados.
La corrupción, hija de lo humano y ajena a placas tectónicas, genera consecuencias catastróficas. Es decir, sismo y corrupción acaban golpeando y matando vidas. Por eso me pregunto, ¿cesará el temblor? Si Gustavo Cerati fuera guaraní, hubiera dicho: “Hay una grieta en mi corazón y un Paraguay con desilusión”.