“Uno de los grandes problemas de la sociedad a lo largo de la historia fue la aplicación de la justicia distributiva”.
Crecí entre un convento y un cuartel. La espada y la cruz. Con el tiempo y luego de un largo periplo académico, pude comprender los cambios que en la sociedad operaban.
Curas y militares generalmente, por más que cursemos estudios en las universidades, padecemos del trastorno del orden compulsivo.
Personalidades con ese perfil tienen dificultades de relacionamiento en su vida cotidiana, sea en la familia y en el trabajo.
Pasa que internalizamos absolutamente al espectro reglamentario de nuestros claustros y, como voluntad, el cumplimiento de las órdenes de nuestros superiores. Nos dificulta entender la complejidad social.
Consideramos inconscientemente que nuestro mundo termina en los límites de nuestras bases y templos.
Sin embargo, la vida monacal proporciona las ventajas de las herramientas que el libre albedrío no las da o por lo menos no la impone por exigencia u obligación: el apego a las ciencias, la disciplina, el trabajo, pero por sobre todo la posibilidad de aprehender una aguda comprensión.
Para comprender mejor esos dos mundos que son muy diferentes y que nos condicionan mentalmente hacen falta puentes de diálogo y de vivencias; sobre todo, un diálogo que conduzca al entendimiento.
Siendo así observamos que toda sociedad padece o protagoniza sus propios cambios. El mismo colectivo o es víctima o su propio victimario fruto del choque o la fricción de la economía con la política, las grandes variables invisibilizadas cotidianamente que solo llegan a ser visibles con los conflictos, con las guerras.
Los conflictos, por tanto y las causas que lo producen, son generadores de los grandes cambios sociales.
Antes de la aparición de la sociología, el intelectual y político liberal paraguayo Gomes Freire Esteves escribía a principios del siglo XX pasado en su obra Historia contemporánea del Paraguay (1869-1920) “la hora de las grandes transformaciones psíquicas de la República había llegado”.
Lo que dicho autor señalaba era simplemente que por entonces el país estaba por experimentar los cambios que las ideas políticas de entonces imponían, capitalismo industrializado incipiente versus comunismo y proletariado.
Uno de los grandes problemas de la sociedad a lo largo de la historia fue la aplicación de la justicia distributiva. En nuestra civilización judeo, grecorromana y cristiana fue enunciada y estudiada por estas naciones.
A lo largo del tiempo, la humanidad ha venido ensayando diferentes tipos de fórmulas para repartirse la riqueza, pero sobre todo por cómo se la administra.
Siendo así hoy a nivel global, nos encontramos ante una versión muy debilitada de la imagen del Estado-Nación como persona jurídica, disputándole la supremacía las corporaciones económicas que de hecho ya la reemplazan, en la administración de dichas riquezas.
Este es el origen de los conflictos, de las guerras que vuelven a aparecer como el gran “ordenador” social y geopolítico.
Percibo que, si pronto no se pone de acuerdo la clase política sobre tres puntos esenciales en un neopacto social, a saber: distribución equitativa de los impuestos, balotaje y reelección presidencial, pronto estaremos más cerca que lejos de un periodo de agudas inestabilidades que den origen a crisis más profundas conducentes a un estallido social junto con la aparición de un “mesías”.
Les decía que curas y soldados tenemos una visión “uniformada” de la sociedad. Es por la educación que recibimos.
Ya lo decía el papa Pablo VI cuando se refería al “humo de Satanás que invadió a la Iglesia”.
Es que porque quizás desde estos ámbitos observamos mejor al peligro. Comencemos como paraguayos a reescribir nuestro nuevo pacto social.