18 mar. 2026

La palabra

Mientras casi quince mil manifestantes se congregaban frente al Congreso para evitar la aprobación de la reforma fiscal, el presidente Peña recibía a los radialistas republicanos del interior a los que daba una conferencia sobre el valor de la palabra.

A juzgar por los comentarios de los participantes, no era eso lo que esperaban del primer mandatario, devenido en un gurú moderno que da sentido a la expresión bíblica “En el principio era el Verbo”.

Muy buen mecanismo para desorientar los pechazos, que cada vez serán más frecuentes ahora que entra en la última mitad de su mandato. En realidad, le quedan seis meses reales, porque los dos que vienen solo sirven para sostenerse y preparar su despedida.

Quedó lejos aquello de “vamos a estar a mejor” y “el gigante que se despierta”. Seguimos siendo el país más corrupto de Sudamérica, según Transparencia Internacional, solo superado por el Estado fallido de Venezuela.

Las palabras expresadas en campaña –de que no se tocarían las cajas jubilatorias– han quedado para el olvido, y la promesa de que se castigaría con rigor a los corruptos solo genera la carcajada del titular del IPS, que sabe muy bien por qué nunca lo tocarán. Peña no es un hombre de palabra ni tampoco quiso serlo.

La tarea negociadora de buscar una reforma que sea más flexible y tolerante, aunque deje mal parado al Ministerio de Economía, lo lleva adelante Alliana que sabe muy bien los costos electorales que se vienen. Él pretende cosechar y sabe la cuenta que puede pagarla si no. Quizás, reducirán los años de jubilación de los maestros, el monto de los aportes, y es probable que incrementen la tasa de restitución una vez jubilados.

Tanto los magistrados judiciales como los militares quieren saber cómo usó el Ministerio de Economía sus aportes, ya que su caja era superavitaria para luego acabar en déficit el año pasado. Le vienen pidiendo eso desde el inicio de la conversación en el periodo de receso y nunca han respondido de forma seria a esta requisitoria clave para entender qué han hecho con el dinero, qué deudas se pagaron y cuánta rentabilidad les dio el dinero depositado en instituciones bancarias.

La palabra reforma debe comenzar por la sinceridad de propósitos, la transparencia en el manejo y el compromiso de resolver los grandes problemas que tiene el Estado paraguayo al que acusan el Banco Mundial y el BID de un “malgasto” de USD 2.000 millones anuales.

Sin todo eso no se puede avanzar en ninguna reforma porque nadie cree en los números que lanza el Ministerio de Economía mientras esconde las cifras del manejo real de la Caja.

La palabra parche se ha venido repitiendo una y otra vez con justa razón.

Los números que propuso el Ejecutivo y que aprobó la Cámara de Diputados no resuelven el problema. Solo prolongan la agonía porque la verdadera reforma es la que el Estado debe empezar por sí mismo. Así como están las cosas solo se ocupan de algunos flecos, pero no resuelven el problema de los privilegios y menos aún el cáncer germinal de todos estos problemas que es el mismo Estado administrador. Fácil es hablar de reforma, de cambios y el despertar de un gigante dormido cuando vemos de forma cotidiana de qué manera los hechos de corrupción en la compra de bienes y servicios son noticia cotidiana en todos los medios. Los magistrados y el sindicato judicial han dicho que están listos para llevar preso al ministro de Economía si no les dan los números de cuánto y dónde se gastó lo recaudado para la jubilación. No me extrañaría que varias veces esos montos fueron utilizados para cubrir desde salarios y cuentas sin rendimiento para los aportantes.

Esta es una de las razones por las que nunca quisieron cumplir el mandato constitucional que las cajas fueran administradas por sus aportantes y que la Superintendencia haya tardado dos años en nombrar a sus autoridades.

No es raro que Peña les hablara de la palabra a unos asombrados radialistas mientras el calor arreciaba en las plazas del Congreso y el diálogo haya sido sustituido por el insulto.

El quiebre de la mayoría cartista es porque saben que se acabó el tiempo del Verbo y cada uno busca el palenque concreto dnde rascarse.

El verbo se hizo carne y ya no habita entre los colorados.

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