30 nov. 2025

Cierres sin cerrazón

Apurados, ansiosos, distraídos, desamorados, cansados, irritados… no, no son los niños que terminan el año lectivo, o en parte al menos, son sus adultos educadores. Lo que parecería una oportunidad estupenda para seguir educando integralmente hasta el final del año tanto la razón como la afectividad, la dimensión social y la virtud que nos dispone para hacer el bien, en muchas instituciones durante el cierre del año se convierte en una pesadilla de tensiones y de apariencias que tratan de tapar una cerrazón a lo más esencial de la educación, que es el vínculo, la relación educativa.

No critico el esfuerzo, sino que viendo y escuchando a cada protagonista dar su versión de lo vivido en estos últimos días de cierre de año escolar, me nace esta reflexión.

¿De qué nos sirven los gastos extraordinarios y los espectáculos montados para escena de las finalizaciones de año, si el corazón, la interioridad, el sujeto está perdido o hasta secuestrado tras la parafernalia de los estruendos de los cierres de año en las diferentes áreas del programa escolar?

En bonito y contundente idioma paraguayo: “No nos hallamos” (es decir, ndaigustói, pero también decir, no estamos dentro, no nos sentimos parte) los miembros de la comunidad educativa ni los alumnos que deben dar una talla esculpida para la foto, ni los padres que están atormentados y atormentan con tantos pedidos, ni los maestros presionados para rendir hasta lo indecible... Lo educativo se escapa tras bambalinas de la alienación. Y no es solo en esta institución o en aquella, hay una crisis general, y no, no es de presupuesto, es de tipo relacional y hasta antropológica.

¿Quién educa? ¿Con qué apertura de alma y de mente? ¿Y para qué hacemos todo esto de los cierres de curso?

Los padres apuntan a los docentes, los docentes a los directivos, los directivos apuntan al MEC, el MEC a sus indicadores, sus indicadores a la política, la política a los votantes, los votantes son los padres, los maestros y esos mismos directivos que están perdiendo libertad y discernimiento para encarar con realismo y con amor su grandiosa tarea educativa.

Daría gusto retomar el encuentro de la comunidad educativa bajando un poco los decibeles, con una sencilles y autenticidad que nos haga disfrutar del deber cumplido, el cual ciertamente implica sacrificios, implica tensiones, implica desgastes, sí, pero con un sentido, con un “para algo”, más allá del “dar la talla para la foto”.

Amigos, la tarea educativa no es un protocolo o un libreto teatral, no es una sumisión estúpida a las modas pedagógicas, requiere, requiere de personas libres y responsables que puedan entrar en diálogo, de adultos que pongan en juego su experiencia, su deseo de bien, su corazón. Incluso es una cuestión de identidad porque la educación hace nacer y manifestar los talentos en servicio de la comunidad y también pone la comunidad al servicio de cada miembro de forma personal. He allí el principio básico de las futuras convivencias cívicas donde no somos individuos aislados ni tampoco somos una masa que se deja llevar por la corriente.

Es triste ver a chicos sin tener claro lo que se espera de ellos, a los padres gastando plata de más, supliendo a sus hijos en sus tareas y compitiendo para que sus hijos “se luzcan” en lo exterior, sin llegar al significado, y a los profes muchas veces disimulando sus contrariedades laborales, porque son los que conocen a sus alumnos y muchas veces se les asigna el “trabajo sucio” de mostrar a fin de año lo que no logran aún…

No es para acusar, es para reflexionar. Si la escuela no vuelve a ser ese punto de reunión de la comunidad, se nos irá deteriorando la sociedad entera.

Gran desafío es educar con apertura a todos los factores de la realidad, requiere romper la camisa de fuerza del materialismo ideológico y del simple pragmatismo, para recuperar su dimensión espiritual que nos llevará a reencontrarnos con nosotros mismos. Quizás quede como tarea pendiente para el próximo periodo escolar.

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