Santiago Peña enfrenta el mismo problema que la mayoría de la gente para quien debe gobernar; la plata no le alcanza, no para cumplir con sus promesas como presidente, cuando menos. No hay recursos suficientes para cubrir lo básico en salud y educación, estar al día con las deudas, sostener el nivel de inversión en obras públicas, cumplir con las metas de equilibrio en el gasto público y todo ello sin achicar un ápice la monstruosa clientela política de su partido ni alterar la sacrosanta regla fiscal del triple diez. Las consecuencias de este vano intento por hacer equilibrio quedando bien con todos son el desabastecimiento endémico de los hospitales, el engorde asfixiante de las deudas y la agonía de los contratistas menores del Estado y su fuerte impacto en toda la cadena de pagos.
Cuando le pregunté al todavía candidato presidencial Santiago Peña, cómo pretendía aumentar sustancialmente la cobertura del Estado en las áreas de mayor carencia como la salud y la educación y seguir con un ritmo creciente de obras de infraestructura sin aumentar impuestos o recortar drásticamente los gastos burocráticos del Estado (sobre todo considerando que ya no hay mucho margen para seguir tomando deudas), el ex ministro de Hacienda me aseguró que con el crecimiento económico que iba a experimentar el país habría un incremento suficiente en los ingresos del Estado como para cumplir con todas esas promesas. En ese entonces, fue cándido o me mintió conscientemente.
Ciertamente, la economía creció y todo hace suponer que lo seguirá haciendo, pero resulta obvio que la mejora en los ingresos fiscales resulta absolutamente insuficiente para cubrir las ingentes cantidades de recursos que requieren servicios básicos bastardeados y empobrecidos a lo largo de décadas de administración republicana. El ministro de Economía, Carlos Fernández, tiene prioridades obvias como reducir nuevamente el déficit fiscal (el Estado gasta más de lo que recauda) para mantener el grado de inversión que le otorgó al país una calificadora de riesgo y esperar que llegue el milagroso capital extranjero. Y para hacerlo no puede basarse en fantasías discursivas ni dibujos presupuestarios antojadizos. Establece un tope de cuánto dinero le puede dar a cada dependencia pública y ese tope debe necesariamente contemplar primero el llamado gasto rígido, los salarios y el gasto del personal de la legión de funcionarios estatales que constituyen la base principal del partido de Gobierno, la clientela que le ha permitido mantenerse en el poder por casi tres cuartos de siglo. Luego vienen las deudas con los prestamistas internacionales. Y solo después los compromisos con las contratistas locales, constructoras, farmacéuticas y una larga lista de empresas menores proveedoras de las principales adjudicadas.
Los grandes números cuadran. Solo que para ello las deudas impagas se traducen en el corte de suministros de alimentos para enfermos o de medicamentos, en la suspensión de intervenciones quirúrgicas para salvar la vida de niños con problemas cardiacos, en la postergación ad eternum de la reparación de escuelas y colegios públicos. Incluso en el caso del programa estrella del Gobierno para los escolares: Hambre Cero, el dinero para pagar a los proveedores de alimentos está disponible en una cuenta de Economía, pero no se pagará hasta enero porque hay que calzar contablemente un menor déficit.
Mientras el presidente no hizo presión alguna para eliminar un solo cargo de la clientela política. Ni siquiera se pronunció ante las denuncias de parientes y operadores colgados de las nóminas públicas. Por el contrario, defendió esperpentos financieros como el sistema de jubilación vip de los congresistas o la contratación sin concurso de la hija de su vicepresidente.
Peña no quiere enfrentar a su partido para eliminar la grasa del Estado, tampoco está dispuesto a proponer cambios tributarios y espera tapar los agujeros del sistema de salud y aplacar la bronca ciudadana con feriados y fútbol. Seguirá intentando hacer equilibrio sobre la cuerda floja, solo que no se da cuenta de que incluso se está quedando sin cuerda.