Con cierta frecuencia las estadísticas nos dan datos en torno a la cantidad de analfabetos reales que tenemos. Las cifras absolutas bajan aritméticamente mientras las funcionales aumentan en proporción geométrica. Ahora el propio ministro de Educación afirma que 7 de 10 maestros no entienden lo que leen. Ya pueden imaginarse porque tenemos alumnos de Sexto Grado que compiten contra sus docentes en ese campo. Lo peor de esto que no le genera vergüenza al ministro, no saltan los sindicatos de maestros a defender su honor por lo menos, no se molestan los padres y poco menos que los alumnos lo celebran. Los países líderes en educación colocan en sus billetes de mayor denominación un maestro leyendo un libro a unos interesados alumnos. Aquí, jamás podríamos esperar que eso acontezca porque el titular de la cartera saca pecho relatando algo que debería llenarle de vergüenza. No avanzó nada en corregir el desastre de la reforma educativa y vamos por medio año en el debate sobre las influencias de un pastor protestante que disputa el poder de la educación con un gurú personal del ministro alineado dicen al new age. Mientras, el edificio de la educación está como las escuelas de Lambaré por las que está preso su intendente, cruje, se tambalea y se desploma. El presidente que recordó que en Paraguay los cargos públicos no se dan por los conocimientos adquiridos sino por la lealtad partidaria ahora prepara un banquete de vacaciones a mediados del próximo año en coincidencia con el Mundial de Fútbol. Celebramos el desprecio a la educación, la chapucería y la mediocridad que nos hunden en este siglo del conocimiento implacable con los tavyrones.
Como mínimo el Ministerio debería haber intervenido todos los institutos de formación docente y universidades de donde salen los analfabetos funcionales que se convierten en maestros. Redoblar los esfuerzos en educación primaria y secundaria para que nadie quede rezagado en lectoescritura y que nunca más pasen de grado sin saber leer ni escribir como ocurre ahora. No sirve invitar al presidente y a su mujer a que lean unos libros de cuentos al inicio del año escolar si no se hace una verdadera revolución que alcance un mejoramiento fundamental en lectura, escritura y matemáticas. Miren que el principal orgullo del Gobierno es que los niños coman en clase y cuando están de vacaciones, como ahora, no hay alimentos a pesar de que le reclamen. El mismo reclamo que hacen los proveedores del programa Hambre Cero que tienen acreencias millonarias del Estado que no saben cuando van a cobrar. El desastre financiero del Estado es tan grande que el limitado verbal del senador Núñez ya no quiere despachar con el gerente-presidente y amenaza con marcharse si no le deciden sus cosas, el verdadero poder político a quien pide audiencia para no romper con el movimiento oficialista. Mientras las denuncias de facturación en carretilla de Peña y de sus ministros crecen en sospechas y evidencias, la repartija no alcanza para todos y los marginados se animan a presentar sus quejas ante un gerente que no tiene tiempo para concentrar sus esfuerzos en la administración del Estado con el uso de la carretilla. Cuando alguna vez le recuerden este periodo dirá que él nunca, en realidad, tuvo el poder político para hacer las cosas. Es como los políticos que culpan a Latorre por lo del candidato outsider Camilo Pérez para la Intendencia asuncena que también nos dirá que luego del fracaso, él no hizo más que aquello que le dijeron que hiciera desde el quincho. Lectura comprensiva nos falta en varios niveles y es el resultado de los 7 de 10 maestros que no entienden lo que leen. Estamos enojados con la comprensión de la realidad. Nos irrita mucho el que nos hace verla con todos sus matices porque no queremos asumir la precariedad de elementos que tenemos para comprender lo que nos pasa. Si creemos que la comprensión del elector saldrá de lo que lee, estamos fritos. Lo que vivimos es consecuencia de una causa que nos cuesta asumir que exista y que se haya convertido en lastre. Un paraguayo promedio lee 25 páginas de un libro. Nada. Por eso que el ministro de Educación Ramírez exprese con soberano orgullo que sus maestros no entienden lo que leen no se convierte en escándalo sino en celebración de la mediocridad, chapucería e indolencia de lo que ello representa. ¡Muy mal estamos!