30 nov. 2025

Los +30 sin casa

¿Qué pasa con los adultos de 30 años o más que aún viven en casa de sus padres, suegro u otros familiares, muchas veces en una pieza al fondo del terreno, una escena tan común en Paraguay? No es una cuestión cultural ni de comodidad; es un síntoma claro del déficit habitacional, de los costos prohibitivos de la vivienda y de un modelo económico que está empujando a una generación entera a postergar su proyecto de vida.

Más de 31.000 familias paraguayas viven en hogares agrupados y más de 10.000 lo hacen en condiciones de hacinamiento en zonas urbanas, según datos del INE. Muchos de ellos son conocidos en las redes sociales como los +30, sin inmuebles, auto, vacaciones, sin ahorros, etc.

Los +30 sin casa enfrentan una doble carga. Por un lado, deben solventar sus propios gastos en un contexto de salarios que no acompañan la inflación real del costo de vida. Por otro, suelen sostener económicamente a sus padres, en hogares donde la economía familiar funciona como un sistema de auxilio mutuo permanente. Esta dinámica revela un círculo vicioso: Adultos que no pueden independizarse porque la estructura de ingresos del hogar los necesita, y padres que dependen de hijos que también están intentando empezar de cero.

Así, una generación entera queda atrapada en una adolescencia económica prolongada, aun cuando su vida laboral y sus responsabilidades indiquen lo contrario. La independencia –tradicionalmente marcada por la primera vivienda o el primer alquiler– se ha convertido en un lujo. Comprar una casa es una meta que se aleja más rápido de lo que se puede ahorrar; alquilar implica destinar más de la mitad del ingreso mensual. En ambos casos, las matemáticas no cierran.

Esta situación tiene consecuencias que rara vez se discuten en público: Las demográficas. Si formar un hogar independiente ya es difícil, formar una familia lo es aún más. Tener hijos implica un aumento considerable del costo de vida y una inversión de tiempo que se vuelve casi imposible cuando se trabaja más para ganar lo mismo. Cada vez más jóvenes adultos postergan la maternidad y la paternidad, no por elección, sino por inviabilidad económica. Y un país que posterga nuevas generaciones es un país que, tarde o temprano, enfrentará problemas de sostenibilidad demográfica y de productividad.

Los +30 sin casa son, en realidad, el espejo de una brecha que se agranda: La distancia entre lo que cuesta vivir y lo que se puede pagar. El acceso a una vivienda digna no debería ser un privilegio reservado para quienes acceden a créditos blandos, herencias o programas de viviendas para sin tierras. Debe ser una política pública con instrumentos claros: Financiamiento verdaderamente accesible, programas de primera vivienda ajustados a los ingresos reales, incentivos para desarrolladores de viviendas asequibles y una estrategia nacional que entienda que la vivienda es infraestructura social, no un bien de lujo.

Hablar de “los +30 sin casa” no es hablar de adultos que no quieren crecer. Es hablar de un sistema que no les permite hacerlo. Y mientras sigamos normalizando esta realidad, estaremos ignorando uno de los factores más determinantes para el futuro económico, social y demográfico del país.

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