Quizás una de las experiencias humanas más tergiversadas y desvirtuadas en estos tiempos de redes sociales y de la IA sea la referida a la amistad. Así como ocurre con el concepto de amor, también manipulado, se hace difícil comprender de qué se trata esta relación humana. En medio de tantas imágenes huecas de las pantallas es fácil terminar optando por simples clichés como argumentos de nuestro actuar. No obstante, la amistad sigue siendo una empresa por la que vale esforzarse; es factor vital para el desarrollo de la persona. La gastada frase, quien encuentra un amigo encuentra un tesoro, sigue teniendo profundidad y actualidad.
Todos necesitamos una amistad verdadera para sostener la vida y sus desafíos. No bastan los miles de “seguidores” en redes sociales ni los “amigos de Facebook” con los que uno comparte fotografías siempre sonrientes para sobrellevar el peso de una preocupación que agota o el vacío que nunca deja de acosar a cualquier ser humano en momentos de conciencia y lucidez.
Las estadísticas de corporaciones tecnológicas señalan el crecimiento ininterrumpido de usuarios que cada vez más califican a los asistentes virtuales basados en IA como “compañeros” y hasta “terapeutas”. Como ejemplo, según encuestas de Mozilla Foundation un porcentaje significativo de usuarios prefiere consultar a un asistente de inteligencia artificial antes que a otra persona –conocido, familiar o educador– para resolver dudas casuales o buscar consejo, ya que no se sienten juzgados.
Muchas veces puede resultar más fácil expresar sentimientos, frustraciones, pesares y angustias a una máquina sin rostro, siempre políticamente correcta. Pero se trata de una falsa seguridad. Es necesario comprender que una “relación” de este tipo siempre será incompleta y hasta peligrosa.
El amigo no es el que te dice lo que querés escuchar. Aunque parezca contradictorio, el valor de la amistad está en que es capaz de “herir” al otro con la verdad; es decir, molestar y contradecir buscando el bien del que se aprecia. La verdad casi siempre tiene sabor amargo, incómoda y plantea rectificar rumbos, y eso es molestoso. Exige apertura al diálogo crítico y no siempre edulcorado.
Nadie gusta ser cuestionado, pero sin ello difícilmente se crece. El amigo verdadero abraza y comprende, pero dice las cosas de frente, punza con la honestidad. Y luego con la madurez vendrá también la misericordia, esa que nace primero de la propia experiencia de saberse amado sin límites. En nuestro tiempo, con el acostumbramiento de las relaciones impersonales facilitadas por la tecnología, cultivar y fomentar una relación humana genuina y transparente también permite hacer frente a la nociva cultura individualista y egocentrista en la que nos encontramos sumergidos, al tiempo de promover la experiencia del compartir, donde uno entrega algo de lo propio y recibe –y por tanto valora– algo de ese otro, que es semejante pero distinto a la vez; abriendo así el camino para un factor fundamental, el aprendizaje de la empatía. Ponerse en lugar del otro, sin prejuzgar, sino más bien reconociendo que el extraño tiene la misma necesidad que yo.
Volviendo a nuestro punto, esto no significa despreciar la tecnología. Al contrario, estamos ante el desafío de sacar el mejor provecho de la IA sin perder nuestra identidad ni dejar que nos sustituya como personas y protagonistas de la realidad, que es el riesgo hoy.
Es interesante tener un “compañero” tan sabio y competente como la IA, pero el amigo que puede sostener en el cotidiano es otra cosa. Quizás no sabe tanto, pero tiene un rostro y hasta con el mal humor dibujado en él. Pero es real. Es el que puede acompañarte al hospital o visitarte, compartir una cerveza o un café, prestarte su tarjeta de bus, quizás ayudarte a pagar la ANDE. Pero, sobre todo, es alguien que camina contigo y te recuerda el significado de la vida y te ayuda a no traicionarlo.
Por ello, provoca, educa e invita a mirarse a sí mismo hasta el fondo, reconociendo el deseo profundo de felicidad, justicia y verdad que nos constituye. Una amistad así no es fácil hallarla –es un tesoro, como dice el dicho–, pero hay que buscarla.
A días de celebrar en nuestro país el Día de la Amistad, urge desear este tipo de relación: Una amistad que, a la postre, ayude a entender que el problema de la vida sigue siendo el saber quiénes somos y a quién pertenecemos.