Puede ser. El desastroso estado de las calles haría pensar que no. Además, recordemos que el Partido Colorado perdió la Municipalidad de Asunción frente a Carlos Filizzola y volvió a perderla frente a Mario Ferreiro. Incluso Fernando Lugo llegó a ganar la Presidencia de la República. Pero aquellas no fueron necesariamente victorias visceralmente anticoloradas. Filizzola y Lugo provenían de familias coloradas, y Ferreiro nunca construyó su identidad política contra el votante colorado. La pregunta, entonces, sigue en pie: ¿Por qué es tan difícil ganarle al Partido Colorado? La respuesta del establishment político y mediático es conocida, el Partido Colorado gana porque controla el aparato del Estado y, con él, recursos, operadores y una formidable maquinaria electoral. Todo eso es cierto. Pero me parece insuficiente. Confunde, además, la consecuencia con la causa.
El Partido Colorado tiene aparato porque antes tuvo –y todavía conserva– algo más profundo, es un sujeto histórico. Ya en 1998, en un trabajo titulado “Las razones de una victoria: simbólicos contra geómetras”, publicado en Tradición y modernidad, de Julio César Frutos y Helio Vera, propuse una distinción que sigue pareciéndome fecunda para comprender la política paraguaya: La diferencia entre el sujeto y el aparato. Un aparato puede organizarse: Se diseñan programas, se contratan técnicos, se hacen encuestas, se constituyen alianzas y se suman partidos. Un sujeto, en cambio, no se improvisa de la noche a la mañana.
El Partido Colorado es partido, pero también sujeto. Y eso supone pertenencia. Nace de una memoria de símbolos y afectos, fidelidades y traiciones. De polkas y hurreros, héroes cívicos y dictadores. Tiene una liturgia propia. Basta observar una celebración partidaria –el reciente desfile de la caballería republicana– para advertir que allí ocurre algo que excede una reunión destinada a presentar un programa de Gobierno.
Ahí radica una de las grandes dificultades de la oposición paraguaya. Inficionada de cierto rechazo a lo barroco de nuestro pueblo, piensa, diría yo, geométricamente la política. ¿Qué quiero decir con esto? Si A se une con B, y B con C, la suma debería derrotar a D. Sobre el papel funciona. En las urnas, casi nunca. Porque los seres humanos, y quizá más aún los paraguayos, no votamos con calculadora.
Este sujeto es, además, algo semejante a una Iglesia. Y lo geométrico no puede derrotar fácilmente a una Iglesia. No porque sea una religión, sino porque genera pertenencia, memoria, símbolos y una suerte de mística: Una lealtad que no se explica del todo por la persuasión de un programa.
El colorado puede estar enojado con sus dirigentes, incluso considerarlos corruptos, sin dejar por ello de votar al correligionario. Casi nadie queda definitivamente excomulgado. Ni siquiera Stroessner, cuya figura parece hoy de alguna manera reivindicada. Eso explica por qué el discurso anticorrupción resulta electoralmente insuficiente: Cuando desde afuera se le dice al colorado “tu partido es corrupto,” este se pregunta, silenciosamente, si no habrá un colorado honesto. Su primera reacción no es dejar el partido, sino en buscar dentro de él a alguien que lo sea.
Natalicio González comprendió como pocos esta dimensión simbólica de la política paraguaya. En El Paraguay Eterno reinterpretó la historia nacional desde una narrativa de afirmación de lo paraguayo. Se puede discrepar de su interpretación, pero sería un error no reconocer su eficacia cultural. Le dio al coloradismo un relato dentro del cual el militante podía reconocerse no simplemente como votante, sino como heredero de una historia. Como enseñaba el filósofo alemán Ernst Cassirer, el hombre es un “animal simbólico”: No vive solo de intereses, sino, sobre todo, de significados y símbolos.
En esta democracia del poststronismo, sectores de la oposición creyeron que bastaba con coaliciones y programas para ganar elecciones. Nunca pensaron en crear sujetos. Apenas pequeños aparatos. Encuentro Nacional y Patria Querida mostraron liderazgo y entusiasmo, pero no llegaron a constituirse plenamente en sujetos históricos. Creo que, tal vez, la Democracia Cristiana, por su vínculo con el sujeto de la tradición católica, pudo haber generado algo diferente. Pero sus luchas internas, el debilitamiento de la Acción Católica que la había nutrido, el escaso protagonismo de los movimientos eclesiales, terminaron diluyéndola. Un aparato se arma en seis meses. Una tradición se cultiva en generaciones y, si se descuida, tampoco se conserva.
El Partido Colorado sigue funcionando, además, como una suerte de Estado paralelo: Una red de asistencia que va más allá de las elecciones. Por eso resulta tan difícil derrotarlo. No se derrota una fuerza así con una alianza electoral, ni se refuta una creencia con un PowerPoint. Algunos juzgarán este argumento poco “científico. Pero un pueblo no es una ecuación.
El historiador argentino don Arturo Jauretche lo comprendió mirando al peronismo: La realidad popular no puede explicarse desde categorías ajenas a ella. Al coloradismo, antes de pretender superarlo, hay que entenderlo. Y acaso la oposición deba comenzar por recuperar su propia memoria: volver a sus símbolos, a sus banderas, a su música. Es hora de que el Partido Liberal, por ejemplo, recupere sus banderas azules y la polka 18 de Octubre, una tradición que también supo ser pueblo y pertenencia, y no solo cálculo electoral.
Ahora, con Camilo Pérez, el Partido Colorado puede incluso darse el lujo de añadir un tinte de “modernidad” incorporando a un “chuchi del Cente” que no sale de las polvorientas seccionales. ¿Será suficiente para ganar nuevamente, a pesar del pesado lastre de la actual administración?