Uno se despierta, mira el celular. Va a esperar el colectivo, mira el celular. Sube, se sienta, mira el celular. ¿Pero qué es lo que vemos? Cada algoritmo tiene su propia ensalada. El mío, por ejemplo, estuvo inundado de relatos de los archivos liberados de Epstein (por cierto, ¿sabían cuántas veces se menciona Paraguay en los mails?). Últimamente se llenó de noticias de los therians y, al final, dos o tres publicaciones mencionaban la condena de los torturadores stronistas.
El filósofo Byung-Chul Han cree que ese bombardeo incesante de información anula por completo la capacidad de análisis.
“La hipercomunicación digital destruye el silencio que necesita el alma para reflexionar y para ser ella misma. Se percibe solo ruido, sin sentido ni coherencia”, sostiene.
Indudable. La prueba es lo cansados y cansadas que estamos, solo de procesar lo que pasa en el mundo, que no es poco.
La cuestión es que, además, afecta de manera directa en nuestra capacidad organizativa. Es claro: si estamos indignados porque en los archivos de Epstein mencionan a mi país, analizando y aprendiendo qué son los therians y cuestionando de dónde salieron, poco y nada de tiempo nos quedaría para interpelar a los herederos stronistas.
La noción de “doctrina del shock” fue acuñada por la escritora y activista canadiense Naomi Klein en su obra homónima, titulada originalmente La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, que vio la luz en 2007. La tesis fundamental que sostiene Klein es que el modelo capitalista ha explotado de manera sistemática las grandes crisis y catástrofes para introducir y consolidar políticas económicas y sociales que benefician directamente sus propios fines.
Ese ruido digital que satura nuestra percepción con temas tan dispares como los que describimos se convierte en el caldo de cultivo perfecto para llegar a la “doctrina del shock”, que mencionaba Klein.
Esta hiperestimulación actúa como un microshock permanente: fragmenta nuestra atención, nos mantiene en un estado de confusión y reacción constante y, en definitiva, nos roba el tiempo y la claridad mental necesarios para organizarnos e interpelar de forma efectiva a los verdaderos responsables.
Pero esto, quizás, ya lo intuíamos. La otra cara es que con cada minuto que pasamos alimentando a los algoritmos, cada vez que aceptamos los términos y condiciones de cualquier red social o servicio gratuito de internet, damos la autorización para que este servicio recopile datos sobre nosotros y nuestra actividad.
Ahí reside la paradoja final: mientras creemos estar informándonos, estamos siendo, al mismo tiempo, moldeados y explotados. Nuestras reacciones, miedos e indignaciones se vuelven predecibles, gestionables y, sobre todo, funcionales a ese ruido que nos mantiene distraídos.
Más que una solución, tenemos preguntas. ¿Cómo recuperamos el silencio necesario para pensar si el ruido es el negocio? ¿Cómo distinguimos la información que nos libera de la que nos satura? ¿Será que la primera batalla contra la doctrina del shock no se libra en las calles, sino en la capacidad de volver a mirar el celular sin que el celular nos devore la conciencia?