A todos nos gusta creer que para cualquier problema hay una solución sencilla y de aplicación rápida y que si hay problemas irresueltos es simplemente porque no hubo alguien con la decisión y voluntad necesarias para resolverlos. Por eso prende tan fácilmente cierto discurso populista que propone medidas drásticas y de ejecución ejecutiva como la pena de muerte o la promulgación de leyes que alteren mágicamente la realidad. La verdad es que esa retórica seductora solo sirve de distracción, o para catapultar la carrera de algún demagogo de turno, mientras las estructuras que impiden la resolución de los problemas de fondo se mantienen inalterables.
El ejemplo más evidente es el de la Justicia. Basta ver los datos estadísticos más básicos para entender que endurecer penas no cambiará en nada el escenario presente. Por citar, menos del diez por ciento de las denuncias sobre hechos de corrupción pública llegan a los estrados judiciales y de los que llegan, menos del diez por ciento terminan con una condena. Y de los que terminan condenados, prácticamente no hay uno que forme parte del sector político y económico que ostente el poder de turno. Encontrar a un político corrupto en prisión es buscar una aguja en un pajar.
Si decretáramos la silla eléctrica para hechos de corrupción o para crímenes aberrantes, solo terminarían sentándose en ella un par de criminales marginales (sin respaldo de la narcopolítica) y algún que otro funcionario de medio pelo al que habrán entregado para apagar escándalos mediáticos.
La condena es apenas la conclusión (a menudo tristemente fallida) de un largo proceso en el que se pueden observar todas las fallas que puede presentar el sistema, desde una Fiscalía sin recursos y con muy pocos agentes con coraje y conocimiento como para llevar adelante causas emblemáticas hasta una larga y dolorosa lista de magistrados venales, mediocres o rentados. Por supuesto, que hay honrosas excepciones, pero son solo eso, excepciones.
El culebrón de la Justicia comienza a gestarse en las mismas universidades donde se forman sus futuros operadores. De allí salen abogados con títulos falsos, conocimientos escasos, militancia partidaria y enganches políticos. Y solo en algunos honrosos casos, hombres y mujeres con la formación y la vocación necesarias como para ejercer el derecho con probidad.
Después viene el prostituido sistema de selección de fiscales y jueces en el que apenas por azar terminan designando cada cierto tiempo a buenos magistrados. El último bochornoso ejemplo de cómo opera el modelo se dio con la constitución de una terna para elegir juez de Sentencia a la que ingresó con mayoría de votos un fiscal que apareció recibiendo instrucciones del abogado del presidente del partido de Gobierno, en unos chats cuya veracidad nunca negó. En ese mismo proceso quedó fuera otro agente del Ministerio Público que había cobrado notoriedad por encabezar el mayor operativo contra el crimen organizado de la década, y por conseguir la condena de un senador republicano. Un profesional intachable. Le dieron un voto.
Y si este perverso cedazo no es suficiente para garantizar que solo ingresen magistrados funcionales a los sectores de poder, entra a operar luego el Jurado de Enjuiciamiento, el organismo encargado de sancionar o absolver a jueces y fiscales, el mismo que estuvo presidido en el pasado por el senador Óscar González Daher, el padrino de la mafia de la usura en el país, y luego por el ahora ex senador Hernán Rivas, el rey de los títulos falsos.
A esto hay que sumarles la morosidad infernal del sistema, el número vertiginoso de presos sin condena y la compra y venta de fallos judiciales. Y en medio de todo eso tenemos a un grupo combativo, pero minúsculo de fiscales y jueces que intenta hacer justicia sobre la base de la ley.
Pregonar que semejante entuerto se puede corregir sumando o restando años a las potenciales condenas, o agregando alguna ejecución para satisfacer a las masas es solo demagogia política, un espectáculo montado para capturar electores y evitar el debate sobre los problemas reales, por pereza, ignorancia o mera complicidad.