La semana pasada la discusión sobre un proyecto de ley que afecta al Parque Nacional Médanos del Chaco puso sobre la mesa uno de los grandes dilemas que enfrentará el Paraguay en los próximos años.
¿Cómo vamos a conciliar la protección del medio ambiente con la necesidad imperiosa de desarrollarnos?
Como siempre ocurre, el debate fue encendido y acalorado ante el riesgo de afectar una parte del Parque Nacional para permitir la prospección y exploración de un yacimiento de gas que existe en el lugar.
De un lado, estaban los que sostenían que un área protegida debe permanecer intocable y que cualquier intervención humana constituye una amenaza para un ecosistema tan singular.
Por el otro lado, estaban los que consideraban que el Paraguay se encamina a una grave crisis eléctrica y por lo tanto es imprescindible la búsqueda de nuevas fuentes de energía que le permitan avanzar en un proceso de desarrollo económico y social.
Somos un país que por más de 50 años ha disfrutado de la abundante energía hidroeléctrica de Itaipú y Yacyretá, pero hoy existen señales muy claras de que dentro de unos 4 años vamos a experimentar restricciones energéticas importantes. En este contexto, el hallazgo de recursos gasíferos no es un dato menor.
Ignorar su potencial sin siquiera analizarlo sería una irresponsabilidad, pero también sería una irresponsabilidad desconocer el valor ambiental de los Médanos del Chaco, que protegen la mayor reserva de agua dulce de esa árida zona del país. Para analizar este tema tan complejo es importante distinguir la diferencia entre la preservación y la conservación.
Para los que quieren preservar, cualquier proyecto productivo es una agresión inadmisible contra la naturaleza. Si esa lógica se hubiera aplicado históricamente hoy no existirían carreteras, puentes, puertos, aeropuertos, represas ni ciudades, porque toda obra humana tiene algún impacto ambiental.
Para los que quieren conservar, la cuestión relevante no es si existe impacto, sino si ese impacto es razonable, mitigable y compensable frente a los beneficios que genera el proyecto para la sociedad.
El problema en el debate aparece cuando las posiciones se vuelven extremas. Por un lado, existen sectores que se oponen a cualquier acción humana que afecte a la naturaleza y, por el otro lado, existen sectores que consideran que el crecimiento económico justifica cualquier tipo de proyecto.
En el siglo XXI el desarrollo no puede construirse ignorando criterios ambientales. La licencia ambiental y social para producir es imprescindible para que un proyecto sea sostenible y esa licencia exige responsabilidad y transparencia.
En el caso de los Médanos del Chaco si efectivamente existen reservas de gas de importancia estratégica, el Paraguay debería tener la capacidad técnica, jurídica y política para responder las siguientes preguntas:
¿Es posible explotar estos recursos minimizando los daños ambientales? ¿Puede limitarse la intervención a una porción reducida del parque? ¿Existen mecanismos de compensación ambiental? ¿Cuál sería el beneficio económico para el país?
Estas cuestiones deberían guiar el debate y no sustituir la discusión técnica por consignas ideológicas.
Los ambientalistas acusando a los desarrollistas de querer destruir el ambiente y los desarrollistas respondiendo que aquellos quieren impedir el progreso.
Mientras ambos bandos se enfrentan, el país pierde la oportunidad de tomar una decisión racional.
La discusión no debe ser naturaleza o desarrollo. La verdadera discusión debe ser: Cómo lograr el desarrollo con responsabilidad ambiental y cómo proteger el ambiente sin condenar al país al atraso.
Porque tan peligroso como destruir nuestro patrimonio natural es convertirlo en un santuario que nos impida construir el futuro.