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Maternidad sin libertad, el mayor desafío de las reclusas del Buen Pastor

El amor de una madre desconoce de límites y barreras, y esa es la lucha que a diario enfrentan las 23 madres recluidas en el sector Amanecer de la cárcel de mujeres Casa del Buen Pastor. En celdas habitadas de inocencia, ternura y amor, se alberga la esperanza de un futuro mejor.

Cada día de la semana está destinado a una labor doméstica distinta. Era lunes, tocaba lavar ropas. El día soleado y fresco colaboraba bastante. Entre algunas prendas, un cigarrillo. Pausa en silencio, a veces breves comentarios, pero siempre acompañados de correteos de pies que no pasan del calce 24.

“Gracias a Dios muchas se están yendo. Van quedando en libertad”, destacó Lilia Riquelme, coordinadora del sector Amanecer de la cárcel de mujeres Casa del Buen Pastor, que actualmente alberga a 23 madres con hijos e hijas de hasta 4 años de edad.

¿Qué pasa cuando cumplen la edad límite? “Se tienen que ir. Generalmente lo hacen con los familiares de las reclusas, algunas veces con los papás. Si no tienen a nadie deben ir con familias sustitutas hasta que sus mamás salgan”, refirió Riquelme.

Buen Pastor, Día de las Madres

Por cada mamá solo está permitido un hijo, el menor. Ahí mismo funciona una guardería, en turno mañana y tarde, dependiente del Ministerio de Educación y Ciencias, que les brinda a las internas la posibilidad de estudiar o trabajar.

Un nuevo comienzo

“Mi día a día es 24 horas ser mamá (…). Si yo voy a lavar ropa, está conmigo. Si voy al baño, se va conmigo, o sea, Benjamín siempre está conmigo”, dijo Sofía (30), mamá de un bebé de 1 año.

Él está aprendiendo a caminar y no lo puede descuidar “ni un segundo”, contaba mientras lo mirada tirar al suelo los bocaditos de maíz que le dio para entretenerlo.

Está en Paraguay desde hace ocho años. “Me agarraron en el Aeropuerto Silvio Pettirossi y de ahí me trajeron directo acá”, comentó. Nació en Portugal, donde dejó a su hijo mayor de 13 años, a quien extraña cada día, pero a estas alturas, duda de que ese sentimiento sea mutuo.

“Seguramente que me va a reprochar por muchas cosas, pero es algo para lo que estoy preparada”, reflexionó.

Casada con un paraguayo, el papá de su bebé, se proyecta seguir viviendo en estas tierras. En poco más de un año quedará en libertad, y a partir de allí planea empezar de cero, con la meta puesta en el futuro de sus dos hijos.

“Espero que aprendan de mi error, que nunca les pase lo que a mí me pasó. Espero darles la mejor educación”, expresó.

Un día a la vez

Myriam (42) es mamá de cinco hijos. El menor, que sufre del síndrome de Prader-Willi, considerada como una enfermedad rara, es quien lucha con ella todos los días dentro de la cárcel.

“Él es un milagro de vida para mí acá, mi cable a tierra. A pesar de estar en estas circunstancias su llegada fue lo más maravilloso que me pasó. Es el motorcito que hace que me pueda levantar y decir un día más, y un día menos”, comentó.

Su constante lucha la llevó también a garantizar que los días de su hijo no se acorten. El pequeño debe consumir al mes 20 dosis de somatropina, medicamento especial para el síndrome que padece, lo que significa mensualmente solo G. 20 millones en remedios, y debe ser así hasta que el niño cumpla 17 años.

Al comienzo logró que la droga sea donada por algunas fundaciones, hasta que esto acabó y decidió luchar judicialmente. Así logró una resolución que garantiza que será el Ministerio de Salud la institución encargada de proveer al niño los medicamentos.

Myriam además comparte su energía con otras labores. Se destaca por liderar a sus compañeras del sector. Está pendiente de todas, y es el nexo entre las autoridades penitenciarias y las reclusas.

Confesó que, al comienzo, pensó que para sus hijos mayores sería muy duro saber que estaría recluida durante 24 años, pero grande fue la sorpresa que le dieron al reponerse rápidamente y ser ellos quienes le den esperanzas para cuando cumpla su condena.

“Les amo con el alma. Nadie es perfecto, y si nos equivocamos en la vida, bueno, estamos aquí hoy día para aprender de los errores y al salir tratar de enmendarlos de alguna manera”, reflexionó.

Gracias, mamá

Andrea (28) es mamá de una beba de apenas ocho meses de vida, pero en la casa donde vivía antes de estar recluida siguen sus otros cuatro hijos, a cargo de su mamá y su hermana.

Aseguró que gracias a su madre, sus hijos reciben una educación basada en valores y llena de amor, lo que considera lejos de lo que ella les podría dar.

“Ellas nunca me abandonaron y les doy gracias, muchísimas gracias”, señaló mientras se secaba las lágrimas que comenzaron a correr por sus mejillas cuando recordó a su familia.

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Andrea agradece a su familia por cuidar de sus otros hijos mientras ella cumple su condena.
Andrea agradece a su familia por cuidar de sus otros hijos mientras ella cumple su condena.

Anunció que pronto pedirá que lleven también a la beba, a quien sigue teniendo por el periodo de lactancia, pero no quiere que sea la cárcel donde pase sus primeros años de vida.

Todavía le quedan ocho años en prisión, tiempo que se prometió dedicar a aprender varios oficios para trabajar ni bien pueda reinsertarse a la sociedad. La manutención de sus pequeños es para ella su prioridad.

“Quiero salir para estar con mis hijos, trabajar y ayudarles y no volver a hacer lo que hice anteriormente”, pensó.

El objetivo del sector Amanecer intenta brindar a las madres reclusas un espacio más tranquilo en comparación con los pabellones, donde puedan criar a sus hijos durante sus primeros años de vida.

También les ofrecen cursos y capacitaciones constantes, que les sirvan como herramienta y fuente de trabajo dentro y, de ser posible, fuera del penal una vez que recuperen su libertad.

Pero el futuro siempre es incierto, lo único que las fortalece es ver cada día una sonrisa, escuchar ese llanto, o sentir la calidez de los suyos, con la sensación de que si madre e hijo están juntos, nada puede volver a salir mal.

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