05 may. 2026

Los pueblos originarios y el calor de las fiestas

Ya al final del año se realizó el Encuentro de Lenguas Nativas, con participantes maká, aché, nivaklé, mbyá y tomáraho. Allí se realizó una dura crítica al sistema socioeconómico que los excluye.

RITUAL INDIGENA

En el denominado Año Internacional de Lenguas, se desarrolló un encuentro en donde el denominador común fue la exaltación de la riqueza cultural paraguaya, pero al mismo tiempo la crítica a las exclusiones y postergaciones oficiales con respecto a la diversidad étnica del Paraguay.

<em>Por Arístides Escobar | Docente</em>

santatide@yahoo.com

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A punto de terminar el Año internacional de las Lenguas, el Estado -a través de la Secretaria Nacional de Cultura- organizó un urgido pero fructífero encuentro sobre nuestras lenguas nativas: son casi veinte y algunas de ellas en peligro serio de extinción. Más en clave de ritual que de congreso embretado, esta fiesta desplegó en grata y colorida escena a hermanos aborígenes -ése es el término que se estila para designarlos- quienes junto a investigadores nacionales e internacionales, e ilustres depositarios del español paraguayo, del jopará y del guarní culto, celebraron - cantando y recitando- la diversidad lingüística, cultural y biológica del país.

En maka, guaraní, aché, nivaklé, español e ishir (ebytoso y tomáraho) el elogio de nuestra diversidad fue acompañado de una critica contundente a un sistema socioeconómico que violenta el principio de indivisibilidad de los Derechos Humanos al entorpecer espiritual y materialmente la calidad de vida de los hablantes de dichas lenguas. Entusiasmados, algunos de ellos llegaron sudados y corriendo debido no sólo al estrés termo hídrico que azota Asunción durante estas fiestas sino al caldeado ambiente político que convocó la presencia de sabios shamanes e importantes líderes indígenas y sus familias, representantes de catorce de las comunidades que engalanan nuestra diversidad biocultural.

Recordemos, cada lengua, cultura, mito o rito habla del paisaje, lo celebra y acompaña en sus procesos evolutivos: en Paraguay tenemos, y en riesgo ecológico voraz, raudo y severo, remanentes de la mata atlántica, los humedales del Chaco, el pantanal, el Amambay, el cerrado y los médanos, entre otros varios nichos bioculturales que precisan de la poesía y el conocimiento etnobotánico y ambiental de sus primeros habitantes.

Marcha Indígena

Este caldeado y tardío diciembre pareciera cerrar el fin de año con un pa´ä meteorológico/político. El aire está cargado de partículas densas. No llueve y tampoco se perfilan decisiones políticas serias y calmas que garanticen el respeto y autonomía que tanto la Constitución Nacional como los tratados internacionales, ratificados por el país, establecen para asegurar el respeto pleno de los pueblos indígenas del mundo.

Para acelerar postergadas decisiones políticas que los atañen, cientos de indígenas decidieron caminar en conjunto por la ciudad, dando lugar a la primera marcha multiétnica e indígena en nuestro país. La palabra marcha, etimológicamente, se emparenta con otra como borde, límite, frontera y margen . El sofocante calor asunceno recibe, este fin de año, la visita de indígenas: ancianos y ancianas, hombres, mujeres e infantes que habitan al margen de la sociedad, en el borde de sus contornos y en el suelo fronterizo de la incertidumbre. Ellos marchan, pisan fuerte, marcan límites con las huellas de sus pies -definición etimológica del verbo marchar-. Caminan sus penurias y descontentos, reivindican lo que históricamente les pertenece y señalan lindes éticos a un Estado que, amenazado por la privatización apurada, suele, a menudo, olvidarlos. Sobre un asfalto candente e inflamado, desconocido, ocupan la calle, donde ritualizan la lucha por lograr condiciones dignas de vida y un espacio simbólico desde el cual ejercer el derecho cívico y cultural de poder ocupar pacíficamente un lugar del territorio nacional.

Fiestas de fin de año

Concluida la marcha y ya bien a punto de terminar el año, con la temperatura por encima de los cuarenta , y emulando tal vez otros climas -como el algodón de nuestros árboles navideños subtropicales- las instituciones, presupuestos y trámites estatales se congelan. No pega trabajar a fin de año, ya sabemos, pero tampoco pega que mujeres, hombres y niños celebren las fiestas con hambre, ya sea hacinados bajo carpas de hule en el terreno alambrado del API, o desparramos de bochorno asfixiante y con necesidades políticas irresueltas frente al local del Indi.

Bicentenario de la Independencia. Este artículo no busca un mea culpa colectivo ni un ataque frontal a un gobierno que lucha por restablecer un orden cívico por sesenta años dolosamente postergado; sólo espera aportar un lugar para la consideración que requieren las culturas indígenas en situaciones extremas de amenaza de extinción.

Tampoco podemos dejar de abrigar la expectativa de que el nuevo gobierno que acaba de asumir en el Paraguay diseñe, por fin, políticas propicias no sólo a la conservación, sino al desarrollo digno de formas autónomas de vida indígena. El Paraguay tiene más de 400.000 km2., 6.000.000 de habitantes y menos de 100.000 indígenas. No resulta disparatado pretender que para nuestro cumpleaños nacional número doscientos, se establezca una equidad intercultural basadas en políticas públicas responsables y respetuosas de la diferencia. Quizá sea éste uno de los desafíos más fuertes que tienen la sociedad civil y el Estado para lograr que las fiestas de celebración de bicentenario de nuestra Independencia Nacional, que como en la mayoría de los países latinoamericanos se inicia en breve, otorgue un protagonismo noble y plausible a los primeros habitantes del Paraguay.

Derecho a la tierra

Durante las conclusiones y recomendaciones del encuentro, se recordó que el Paraguay es el país latinoamericano con mayor concentración de tierras en pocas manos: el 81% del suelo nacional está en poder de un 1.5 % de la población y el 70% de las tierras agrícolas pertenece a extranjeros, que en su mayoría cultivan soja. El derecho a la tierra y al territorio constituye, por eso, una de las demandas fundamentales de los pueblos indígenas: mientras el concepto tierra se refiere a un espacio físico, delimitado jurídicamente y valorizado como mercancía, el de territorio hace mención a un espacio natural y culturalmente acotado, valorizado como propiedad colectiva.

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