24 sept 2026

Los jóvenes en la era digital están llamados a ser protagonistas

Los jóvenes son como un estereotipo de la vida sin complicaciones que tanto se busca como ideal de felicidad. Sin embargo, los mensajes que reciben son contradictorios, ya que se les idealiza y se les pide protagonizar cambios, pero, al mismo tiempo, se les acomoda la vida y se les llena de superficialidad. La sociedad debe aprender a escucharlos y apoyarlos.

Se estima que aproximadamente el 16% de la población mundial es joven, lo que equivale a unas 1.200 millones de personas entre 15 y 24 años. Si se amplía el rango de edad, incluyendo a niños y adolescentes, la cifra asciende a unos 1.800 millones de personas en el planeta.

El papa León XIV ha llamado recientemente a esta juventud mundial a rechazar la apatía y vivir activamente y con fe, pidiéndoles que no sean “jóvenes de sillón”, instalados en la comodidad y la pasividad. Habló incluso de una “rebeldía santa” impulsada por la fuerza y los principios cristianos de protección de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, del respeto a la dignidad de toda persona, de la búsqueda de la justicia desde el propio cumplimiento del deber, de la solidaridad proactiva y de la búsqueda del bien común y de la paz.

Ciertamente, los jóvenes en todas las épocas son agentes de cambio en sus comunidades, su sensibilidad contra las injusticias y hacia los vulnerables suele inspirarlos a buscar caminos de transformación de la realidad. En este sentido, los jóvenes son mensajeros de esperanza en tiempos de confusión y de crisis civilizatoria, como el nuestro.

Siguiendo con el mensaje del Sumo pontífice, este les alentó a mostrarse auténticos, con rostros fiables y humanos –”de carne y hueso”– y no meras apariencias. Esto es clave, considerando los avatares del mundo digital en el que están inmersos desde niños y que fácilmente conduce a los jóvenes a rechazar su identidad personal y cultural, asumiendo fachadas o siguiendo modas donde no desarrollan sus potenciales reales, aceptando sus límites con valentía.

Las redes sociales y la IA son herramientas y espacios de conocimiento, pero también pueden convertirse en trampas de dependencia, manipulación y reduccionismos, así como de sesgos ideológicos, control conductual, consumismo y violencia.

Depender exclusivamente de la tecnología para resolver los problemas humanos y eliminar los conceptos de moralidad relacionados a la propia responsabilidad constituye la esencia misma de la desesperanza moderna por una razón fundamental: Despoja al ser humano de su libertad, de su responsabilidad moral y, en consecuencia, de la posibilidad de una verdadera transformación positiva.

En sociedades polarizadas, individualistas y utilitaristas, con poca tolerancia hacia los menos eficientes, donde la cultura del descarte se impone incluso legalmente, es necesario despertar en los jóvenes el deseo de salir del aburguesamiento y el pesimismo y luchar por edificar una cultura del encuentro, ya que los conflictos del mundo no se resuelven con armas ni con hostilidad, sino mediante el diálogo sincero y la fraternidad. Es esencial para este camino de superación, la búsqueda de verdades universales y principios comunes que no requieran una renuncia a la propia identidad y a los propios valores para ser aceptados en la mesa de las discusiones sobre los grandes problemas que nos afectan a todos. El diálogo debe partir de la propia experiencia e identidad y, desde allí, construir puentes con los que tienen aristas muy distintas en su percepción y actuación en el mundo.

En cuanto a la lucha por la existencia y el desarrollo de un plan de vida que los integre a la sociedad, no podemos seguir dándoles el mensaje erróneo de que solo una solvencia económica y un control de herramientas técnicas bastarán para su realización. Los adultos ya hemos probado los caminos del materialismo, del individualismo y del colectivismo, todos alienantes de nuestra responsabilidad personal, y hemos fracasado al fragmentar y desestimar aspectos de la realidad que son tan o más valiosos, los cuales nacen de la sana exploración de las posibilidades que cada dimensión personal aporta: la biológica, social, emocional, racional y espiritual. No podemos pretender que los jóvenes se desarrollen armónicamente si les negamos la posibilidad de conocer y desarrollar todas las dimensiones de su persona. Para que ellos sean valientes para realizar el cambio que desean, también nosotros debemos estar dispuestos a dejarles experimentar ciertas frustraciones y desencantos, incluso cierto aburrimiento que los estimule a imaginar, crear y producir innovaciones, así como fortalecer su voluntad y su empatía hacia los demás, para protagonizar su historia con libertad y responsabilidad social, en busca del bien común.

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