23 jun. 2026

La chacra de los amigos

El criminólogo Juan Martens explica que en la Policía, la tropa se mantiene controlada siempre que se respete el kokue (la chacra), nombre folclórico con el que se conoce al cobro de sobornos que se distribuye proporcionalmente, respetando las jerarquías, pero sin dejar a nadie fuera del reparto, a nadie que se haya sumado voluntariamente al modelo, por supuesto. Siempre habrá excepciones que hagan a la regla, incluso comandantes de la Policía que se nieguen a recibir su cuota, pero ni siquiera esos advenedizos intentan desmontar el sistema porque la consecuencia probable sería la sublevación de los beneficiarios, una huelga no declarada de brazos caídos y el ataque inmisericorde de sus padrinos políticos.

Respetar el kokue hace medianamente funcional a la Policía para combatir delitos menores e incluso para resolver casos complejos que no involucren a quienes detentan el poder. Hay excelentes investigadores e incluso equipos capaces de asestar, cada tanto, algún que otro golpe al crimen organizado. Pero todo eso se permite en tanto no afecte seriamente las fuentes de recaudación, mientras fluya el dinero sucio que nutre al modelo. Y esas fuentes, lógicamente, son ilícitas. Entonces, se puede perseguir y detener a microtraficantes, pero asegurándose de que tengan sustitutos. Se pueden desmantelar los deshuesaderos, pero no tantos como para acabar con el “negocio” del robo de autos.

Este mismo modelo se replica prácticamente en casi todas las dependencias del Estado.

No hay una sola oficina pública donde algún operador político no tenga su kokue. Pueden ser cargos innecesarios creados para sus amigos o parientes, licitaciones dirigidas o sobrefacturadas o el cobro de coimas para acelerar o desacelerar trámites burocráticos, evitar controles o fabricar documentación pública con contenido falso.

Las oportunidades para generar un kokue rentable son inmensas.

Así se registran títulos académicos falsos en Educación, se inscriben tres o cuatro títulos de propiedad sobre una misma finca, se subdeclaran importaciones, se hace la vista gorda con respecto al 90 por ciento del acopio y el tráfico de drogas, se triangulan armas con destino al Brasil, se alquilan propiedades del IPS a precios de chiste, se dejan vencer medicamentos, se establecen salarios absurdamente altos en las binacionales y mil cosas más.

La lista es interminable y sus resultados obvios; es casi imposible encontrar a un político que haga ejercido un cargo público (así se trate del intendente del más humilde Municipio) que no ostente un patrimonio imposible de justificar.

El kokue en el Estado es el negocio más seguro y rentable del país.

Esa es la razón por la que cientos de miles de jóvenes se afiliaron en los últimos años al partido que lleva tres cuartos de siglo en el poder. No hay ideología ni pasión doctrinaria, es simple y llanamente el deseo de estar mejor, de tener su pedazo de chacra pública para empezar a facturar. Es lo que los analistas llaman clientelismo político.

El propio presidente Santiago Peña es una muestra del éxito económico que genera este modelo político. De ser un funcionario modesto pasó a inaugurar una residencia veraniega de más del millón de dólares. Alega que sus ingresos provienen del breve periodo en el que fue un trabajador del sector privado, un candidato en expectativa empleado en el banco de su padrino político ¡Que coincidencia! Hoy ostenta un patrimonio envidiable y sus ex socios comerciales concentran la mayor parte de las colocaciones del estado en el sistema financiero. Es más sofisticado, mejor montado, más moderno, pero apesta a kokue por todos lados.

Por eso tiene razón el presidente Peña en presentar su informe de gestión primero ante su partido porque no hizo absolutamente nada por desmontar el sistema del que su partido es el principal responsable y beneficiario, aunque no el único. Dice la verdad. Su partido le da gobernabilidad y lo hace porque él garantiza la continuidad del modelo. Uno es funcional al otro y viceversa. Una funcionalidad que permite hacer algunas cosas bien, pero sin realizar cambios de fondo. Un gatopardismo que le asegura el kokue a los amigos y la promesa de tener alguna vez el propio a los demás correligionarios.

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