Mientras en nuestro país mes a mes se divulgan los espectaculares indicadores macroeconómicos y las autoridades insisten en la narrativa de la “estabilidad” del crecimiento económico, las familias de menores ingresos (que son la mayoría, por cierto) no sienten nada esos números de los que se jacta el Gobierno, que se repiten en corrillos de ejecutivos y CEO.
Por eso es que nos preguntamos para quién se mueve realmente el producto interno bruto (PIB). Ocurre que esta es una cifra total, pero no se aclara lo suficiente que se concentra en sectores muy específicos como exportaciones de ciertos productos agropecuarios, grandes empresas e inversiones ligadas a segmentos de mercado.
Sin embargo, en medio del actual debate sobre un incremento del salario mínimo, un hogar con tan escasos recursos no observa esos parabienes (es más, el reajuste está sujeto al índice de precios al consumidor IPC, otro número incomprensible para muchos), y no repercute en mayor estabilidad ni en menor temor al desempleo.
La gente se está endeudando para comer, y la comida está cada vez más cara, así que el resultado de la percepción es también un número puro y duro y no solamente una sensación. Además, esa evolución de los precios medida por el IPC oculta una cruda e incómoda verdad, porque la canasta que utiliza la estadística incorpora bienes y servicios que no son los mismos para las familias de menores ingresos.
Para este somero comentario, consulté a Perplexity sobre una nota que publicó Última Hora ayer, y parecía que un defensor del Gobierno me estaba respondiendo, si bien con matices. “La nota que mencionas se refiere a otra cosa: No que la macroeconomía ‘no llega’ a la micro en sentido teórico, sino que en Paraguay (y en muchos países) los buenos números macro no se traducen en bienestar real para la gente, es decir, hay una brecha empírica o política, no una brecha técnica”. No me di cuenta (es ironía por supuesto).
Yo me pregunto de qué sirve tanto crecimiento sin desarrollo, tanta riqueza si esta no se distribuye. Para qué tanta producción, tanta industria, si al final habrá gente que muere porque no tiene qué comer, porque no encuentra medicamentos en los hospitales, o a la cual se le va reduciendo la expectativa de vida porque no tuvo acceso a educación ni seguridad.
En otra respuesta, Perplexity sí fue afilado, y me parece oportuna la cita textual: “Quizás el punto más ácido es que estas mediciones favorecen, sobre todo, a una élite concentrada. Los grandes exportadores, las empresas financieras, los sectores con acceso al crédito y que se benefician de una moneda relativamente estable se lucran de la narrativa de la macroeconomía ‘ordenada’. El Banco Central, intencional o no, termina protegiendo intereses muy concretos: el de quienes ya tienen capital, de quienes no dependen de la protección social, de quienes pueden desplazar el impacto de la inflación hacia otros eslabones de la cadena productiva”. ¡Péa re’u!
“Mientras tanto, el hogar promedio queda atrapado entre precios que suben, salarios que se estancan y expectativas de consumo que se apagan. La macroeconomía oficial se convierte en un maquillaje sobre una realidad más dura: El crecimiento existe, pero no se distribuye; la estabilidad se predica, pero no se siente”, añadió la IA. Y remató magistralmente: “Hasta que no haya una mirada más honesta, más humana y menos ‘técnica’ sobre la economía, seguiremos viviendo con esos fantasmas: Cifras que asustan más cuando se descubre que ocultan el malestar de la mayoría de las familias que cada día luchan para que el dinero alcance un día más”. Los guarismos oficiales son apenas ilusiones en este caso. ¡Feliz semana!