Sergio Cáceres Mercado-Docente
caceres.sergio@gmail.com
____________
En aquella época estaba cerca de cumplir los setenta años, y sin embargo su lucidez era envidiable. Llegaba con el currículo de un gran investigador de nuestra historia, que lastimosamente no pudimos aprovechar del todo, porque la materia a su cargo era Historia de la Civilización y no Historia del Paraguay.
Aquellos martes en que al profe Viola le tocaba entrar en el aula se convertían en todo un acontecimiento para unos cuantos que disfrutábamos de su enorme erudición. Lo esperábamos con ganas, y a muy pocos se les ocurría cumplir el rito de todo alumno de Filosofía - UNA, que es pasearse por el patio en horas de clases.
Son inolvidables sus recorridos por Grecia y Roma, así como su prístina explicación del sistema feudal en el Medioevo. El texto que nos pedía leer en aquella época era el clásico de Mcnall Burns en dos tomos. Por supuesto, Viola en sí personificaba muchos más textos cuando hacía despliegue de sus conocimientos.
Como adelanté, pocas veces tuvimos oportunidad de escucharlo hablar de historia del Paraguay, a causa de las obligaciones del programa de estudio. Sin embargo, a veces no podía evitarlo y realizaba precisiones sobre épocas o figuras, donde el Dr. Francia era siempre un tópico obligado. Si queríamos oírlo hablar de historia paraguaya, debíamos pescarlo en alguna conferencia, o entrar de oyentes en sus otras cátedras, o ir directamente a sus innumerables libros.
Elvio Romero siempre usaba la frase “ha muerto un poeta” cuando se refería a un colega que dejaba esta tierra. En el caso de Alfredo Viola, podemos transpolar aquel dicho y afirmar “ha muerto un historiador”. El efecto que produce tal proposición es muy parecido al del poeta, porque lo que se resalta, en última instancia, es la misión ética de tal profesión. No es poca cosa rescatar científicamente el pasado de una nación. Viola ha sabido honrar, como pocos, la labor del historiador; y si a esto le sumamos su accionar como docente, podemos sentirnos afortunados los que fuimos alguna vez sus alumnos.
Debe ser reivindicado en este país el oficio del historiador, pues es él quien, con su trabajo, forja buena parte de nuestro imaginario colectivo. El trabajo acientífico de algunos --sumado a nuestro tradicional analfabetismo funcional, reforzado con fanatismos sentimental e ideológico-- ha dejado malparada a nuestra historiografía. Ejemplos como el de Viola son ideales para lograr esta reivindicación.