En la quincena de fotografías-documentos ocupadas en los espacios ribereños de la Costanera Norte durante este invierno austral, el clima de época domina la atmósfera creando veladuras reales, texturas de vaho y crema. Las telas de mediano formato de algodón y trama cerrada, provenientes de Tejidos Pilar, fijan una paleta contrastada entre tonos neutros y cálidos, rebajada al pastel.
Las visiones de estos paisajes son aéreas, en línea de horizonte elevada, y fueron tomadas desde la altura del hogar del autor, un edificio que comparte paisaje con la Franja Costera Litoral. Son fotografías con una perspectiva doble, la de unir dos geografías, la del río antiguo y la de la ciudad contemporánea que consume sus márgenes. La niebla actúa como el velo que imprime las costas, meandros y humedales de la Bahía y del Banco San Miguel, cual vapor mágico que destiñe límites formales y geográficos.
Misterios del Distrito de la Bahía
La bruma del amanecer vuelve visible esa negociación permanente entre la naturaleza y el desarrollo urbano, o si se quiere, como una batalla entre la luz y la sombra. Durante unas pocas horas, la arquitectura más reciente de Asunción pierde su condición de símbolo de “progreso” para integrarse a un paisaje donde las escalas del agua, la vegetación y la infraestructura urbana adquieren un mismo valor visual.
Existe también una dimensión política en estas fotografías. La Costanera fue concebida como el gran balcón de Asunción hacia el río, aunque la mayor parte de la ciudad continúa ignorando la complejidad ecológica de la bahía y de sus humedales.
Desde las alturas, el artista descubre un territorio húmedo y vaporoso que permanece invisible para quienes recorren diariamente ese espacio a ras del suelo. Son imágenes latentes y reveladoras de un paisaje que resiste a ser reducido a infraestructura del desarrollismo inmobiliario.
Sin dudas, el río Paraguay continúa siendo el verdadero arquitecto de la ciudad. Durante unos breves amaneceres de Otoño e Invierno, Asunción entrevista desde las alturas se convierte en un territorio fundido en una única imagen, suspendida entre el cielo, la tierra y el agua.
Aquí, cada amanecer no es un tiempo o escenario pasivo ni una postal urbana; es un acontecimiento. La fotografía deja de registrar un lugar para documentar, periódicamente, un proceso de empatía y entropía diarias, una relación inestable entre naturaleza e historia.
Amanece, que no es poco
El artista no persigue el paisaje, espera que el paisaje se manifieste. Cada amanecer es una promesa de nueva configuración de luz, humedad y silencio, alborada donde la naturaleza interviene el territorio antes de que la actividad humana vuelva a apropiarse de él.
El género del paisaje ha dejado de entenderse como una representación romántica de la naturaleza para transformarse en un espacio donde se inscriben las tensiones entre territorio, memoria, urbanización e identidad. Estas fotografías participan de este debate crítico, pero desplazan la atención hacia un fenómeno central: la atmósfera como constructora del mismo paisaje.
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El velo al que alude el título no oculta el paisaje; lo re-escribe. La niebla elimina las fronteras entre agua y tierra, entre arquitectura y naturaleza, entre lo construido y lo ancestral.
El Puente Héroes del Chaco deja de ser únicamente una obra de ingeniería para convertirse en un trazo suspendido sobre un océano de nubes.
Las nuevas torres residenciales aparecen como fragmentos de una ciudad flotante. Al alba, los humedales urbanos, invisibles para la vida cotidiana, recuperan una presencia monumental, recordándonos que la historia del territorio precede a la de cualquier proyecto urbano.