17 jul 2026

La plaza Uruguaya: Sacerdotes de la imagen y juglares del pueblo

A fines de los años 50, la Plaza Uruguaya era un mundo aparte; un reino de magias que cobraba vida cada mañana con los viajeros del ferrocarril y de las líneas de ómnibus del interior, cuyas agencias y paradas rodeaban el predio.

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A fines de los años 50, la Plaza Uruguaya era un mundo aparte; un reino de magias que cobraba vida cada mañana.

Foto: Archivo.

La clientela era un mosaico de vidas: alojeras, chiperas, conscriptos, empleadas domésticas y campesinos que arribaban o partían desde la Estación Central del Ferrocarril. Cada uno cargaba su historia y su destino, empeñado en dejar constancia de su paso por la capital antes de que el silbato de la locomotora dictara la partida.

Tampoco faltaba el indio Maká, quien recorría el lugar ofreciendo coloridas fajas, arcos y flechas, repitiendo como una letanía de monotonía ancestral: «Schantoki», o algo así.

Allí, los fotógrafos eran los sacerdotes de la imagen. Llegaban entrada la mañana, cuando el sol se filtraba entre los lapachos, y se retiraban al apagarse el día, cuando las sombras de los árboles se alargaban sobre los caminos de tierra y la gente apuraba el regreso. Las columnas del alumbrado, perforadas por balas, eran testigos mudos de revoluciones pasadas; en sus entrañas, los fotógrafos desechaban las tomas fallidas: restos de un ritual que se repetía sin cesar.

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Plaza uruguaya.

Foto: Archivo

En ese escenario, el acto fotográfico se celebraba con expectación. El retratista, como un mago, impartía instrucciones con voz firme mientras el cliente se acicalaba para la pose final. Las empleadas domésticas corregían el plisado de sus crujientes polleras –de estridentes rosas o celestes– y los soldaditos, con el «verde’ó», se ponían a discreción: El mentón recogido y la mirada perdida en el horizonte, como mandaba la instrucción cuartelera.

El operador daba una última mirada antes de sumergir la cabeza en la bolsa negra adosada al cajón. Al tiempo que alzaba la mano izquierda para distraer al sujeto, este, instintivamente, contenía la respiración hasta verlo emerger de nuevo. Era un acto de prestidigitación; un juego de magia repetido para gozo del protagonista y del público, que acompañaba en reverente silencio, conteniendo también el aliento.

Para los viajeros apurados estaban los puestos de revistas estratégicamente ubicados en las esquinas. Atendidos por solícitos «revisteros», proveían periódicos y cómics a quien quisiera llevarse un fragmento de ciudad.

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Plaza uruguaya.

Foto: Archivo

En la plaza se apostaba, además, un jovencito; Martínez, vendedor de sueños que observaba la labor de los fotógrafos mientras esperaba clientes. Dotado de un rudimentario –aunque infalible– arte de la numerología, traducía los sueños en números para la quiniela. A él acudía la gente como a un pequeño oráculo, con la esperanza de torcer el destino mediante una cifra revelada entre susurros. Ese ejercicio temprano de descifrar lo invisible fue, quizás, el primer teorema de su vida: con los años, aquel adolescente trocó el azar por la exactitud y se convirtió en un prominente ingeniero.

En ese mismo escenario aparecía un personaje singular: el juglar del pueblo, el no vidente Roquito Mereles. Llegaba a la misma hora con su rabel, tanteando el camino con andar inseguro y guiado por su compañero guitarrero, Anselmo Orué. Elegían siempre el mismo banco, mirando hacia el viejo ferrocarril, como si este fuera el destinatario de sus canciones.

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Plaza uruguaya.

Foto: Archivo

Entonces comenzaba a amenizar la jornada con voz monótona y melodías bitonales, acompañadas por aquel quejumbroso instrumento de sonido similar al llanto de un violín. Sobre su música se superponían, haciendo contratiempo como un timbal, los silbatos de las viejas locomotoras. Recuerdo haber escuchado la historia de Marcelina Rosa Riveros, un «compuesto» que la gente oía con respeto casi religioso; era un reporte cantado de la época. También una pieza picaresca muy solicitada que decía: «La caritativa ombotiritiva…», celebrada con hilaridad y reclamada en bises hasta el hartazgo. La gente sencilla se reunía a su alrededor, compitiendo con el barullo de las aves en esa «selva aromada» que inmortalizara nuestro máximo vate, Manuel Ortiz Guerrero.

Cuando el sol empezaba a declinar, la plaza mudaba de piel. Se iba la muchedumbre viajera; quedaban los vecinos, las familias y la retreta de los jueves. El aire se llenaba con la música de la Banda de la Policía y el aroma del azahar. Por un momento, el tiempo parecía suspenderse.

Hoy, esas estampas se desdibujan en la memoria. A veces retornan como un déjà vu, como si la Plaza Uruguaya de antaño aún respirara entre las sombras. Y en ese retorno, casi como una cifra persistente, vuelve también la figura de aquel adolescente que descifraba sueños: como si, en algún lugar secreto, la memoria no fuera otra cosa que una antigua quiniela del alma donde seguimos apostando, sin saberlo, a los números del pasado.

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