No se trata de defender gobiernos ni modelos económicos. Las políticas neoliberales de Javier Milei son profundamente cuestionables, y sus voceros mediáticos, dentro y fuera de la Argentina, poco ayudan a construir una mirada latinoamericana. Pero una cosa es criticar a un gobierno y a sus publicistas –como lo hizo el propio Messi con su dedicatoria tras el pase de su equipo a la final–, y otra muy distinta renegar de uno de los países que más han aportado a la identidad cultural, intelectual y deportiva de la región.
Como dicen los cientos de videos generados con IA en las redes, seamos honestos, sin Argentina, Sudamérica sería una región mucho más triste y considerablemente más pobre en términos simbólicos. Borges, Cortázar, el tango, el rock, el cine, el asado, el fútbol y una larga tradición de pensamiento crítico forman parte del patrimonio común del sur. Querer borrar todo eso por antipatías coyunturales revela una pobreza de mirada.
En un Mundial que ya mostró su costado colonial con Francia y sus ex colonias, con Estados Unidos como potencia anfitriona levantando muros contra el sur, la polémica por el cartel sobre las Islas Malvinas demuestra que esta final nunca fue solamente un partido de fútbol. Lo que realmente está en discusión no es una simple reivindicación territorial o un capricho nacionalista aislado tras un partido entre ingleses y sudamericanos, sino de quién tiene derecho a convertir el deporte en un acto político. Para entenderlo conviene volver a Jacques Rancière, como lo han hecho otros.
La política contra la policía
Rancière distingue dos planos que casi siempre confundimos. Llama policía al orden que reparte los lugares, los cuerpos y las voces: quién tiene permitido hablar y quién solo puede hacer ruido; qué cuenta como discurso legítimo y qué se consigna como queja, folclore o exabrupto. La política, en cambio, aparece cuando quienes estaban destinados únicamente a jugar, obedecer o callar irrumpen diciendo algo que el orden dominante prefería mantener fuera de escena.
Lo ocurrido tras la semifinal ante Inglaterra, después de remontar un 0-1 inicial y ganar 2-1, un grupo de jugadores argentinos desplegaron sobre el césped del Mercedes-Benz Stadium una pancarta con la frase “Las Malvinas son argentinas”. La FIFA abrió de inmediato un expediente disciplinario, invocando el artículo 34, punto 4.3 del protocolo del Mundial, que prohíbe exhibir mensajes políticos, religiosos o personales antes, durante y después de los encuentros.
Desde el Reino Unido, el ministro Peter Kyle reclamó una investigación exhaustiva insistiendo en que deporte y política deben permanecer separados. Existe, además, un antecedente: en 2014 la AFA fue multada por un episodio similar antes de un amistoso frente a Eslovenia.
Ahí está, en estado puro, la maquinaria que describe Rancière. La frase “la política no debe mezclarse con el deporte” nunca fue neutral. Es el enunciado clásico de la policía que decide de antemano qué puede decirse en una cancha y qué debe permanecer en silencio. Cuando un pueblo colonizado, o heredero de una historia de despojo, aprovecha el único escenario donde el mundo entero lo observa para nombrar su herida, el orden reacciona clasificando ese gesto como infracción.
¿Pero es cierto que se prohibió la política o solo cierto tipo de política, como la de los pueblos del sur? Cuando las grandes potencias convierten el deporte en una vitrina de prestigio nacional, nadie reclama neutralidad. La neutralidad aparece recién cuando habla el colonizado y las potencias deciden, selectivamente, qué reclamos merecen ser escuchados.
La asimetría es paradigmática. Vivimos un tiempo en que las potencias intervienen, bombardean y redibujan fronteras cuando les conviene, sin que eso altere demasiado el orden internacional. En ese contexto, que una final de fútbol reactive el reclamo de un país sudamericano por un territorio bajo control británico desde el siglo XIX resulta, como mínimo, revelador de dónde están puestos los límites de lo tolerable.
Por eso resulta difícil no leer el rechazo a una final argentina como una versión más del mismo mecanismo que hemos descrito antes a propósito de Mbappé: la inclusión dura lo que dura la conveniencia, y el sur, sea paraguayo, boliviano o argentino, solo es bienvenido en el podio mientras no reclame nada de vuelta.
Los jugadores argentinos sabían perfectamente que podían ser sancionados. Precisamente por eso el gesto adquiere valor político. Una consigna deja de ser propaganda cuando alguien está dispuesto a pagar un costo por sostenerla. El expediente abierto por la FIFA terminó confirmando aquello mismo que el cartel denunciaba: que la herida colonial sigue siendo un asunto que el poder considera incómodo.
Es que el fútbol en el sur del mundo nunca fue neutral. Que este Mundial se dispute en el corazón del país más poderoso del planeta, con toda su maquinaria de consumo, espectacularización y despolitización, le otorga a ese gesto un carácter profundamente contracultural. La causa de las Islas Malvinas no es solamente argentina. Es una de las últimas disputas coloniales abiertas en el Atlántico Sur y una cuestión de descolonización pendiente en la agenda internacional.
En un mundo donde las grandes potencias siguen redibujando fronteras cuando sus intereses lo requieren, recordar que aún existe una colonia en el Atlántico Sur resulta, como mínimo, incómodo.
Colonización pedagógica
El colonialismo actual ya no necesita imponerse únicamente mediante la fuerza, lo hace por medio de la colonialidad del saber, un mecanismo por el cual consigue instalar sus propias categorías de pensamiento. Entonces muchos latinoamericanos terminan deseando, casi sin advertirlo, el triunfo de las viejas metrópolis sobre uno de los suyos.
Se castiga la supuesta arrogancia argentina o su exceso pasional como si fueran signos de barbarie, mientras se celebra la frialdad corporativa y ultraprofesional de las selecciones del norte global como modelo de civilización.
Detrás del repetido rechazo al argentino suele esconderse algo mucho más incómodo: el rechazo hacia aquello que nos recuerda nuestra propia condición mestiza, plebeya y latinoamericana. En ese sentido, la mayor victoria del colonialismo no consiste solamente en conservar territorios. Consiste en lograr que los propios colonizados celebren, como propia, la superioridad simbólica de quienes históricamente los dominaron.
Frantz Fanon insistía en que el colonialismo no solo administra territorios, sino que administra verdades. Decide qué injusticias pueden nombrarse y cuáles deben permanecer fuera del debate. Al colonizador le corresponde la razón; al colonizado, la emoción. Uno produce discursos legítimos; el otro apenas expresa resentimientos.
Por eso el racismo cotidiano puede denunciarse, porque incomoda sin alterar la estructura, mientras cuestionar quién controla la moneda, la deuda o el territorio pertenece a otro registro; el de las verdades que no se conceden, sino que se arrancan. La policía administra cuidadosamente qué injusticias pueden denunciarse sin alterar el reparto de lo sensible.
El mito porteño
También conviene desarmar una de las ficciones más exitosas del colonialismo interno latinoamericano: la idea de que Argentina es únicamente Buenos Aires mirando hacia París.
Existe otra Argentina. La del Noroeste, profundamente andina. La del Litoral, donde el guaraní, el chamamé, la polca, el mate y el tereré forman parte de un patrimonio compartido con Paraguay.
La de Cuyo, hermanada históricamente con Chile. La de los barrios populares y las provincias que el centralismo porteño muchas veces trata de invisibilizar.
El eurocentrismo de ciertas élites porteñas, hoy expresado en proyectos políticos que acogotan al pueblo y miran con admiración al norte global, no agota la complejidad de la argentinidad. La selección también nace en ese interior profundo y nos recuerda que otra manera de jugar es posible. Puede ganar con el clásico centro, cabeza y gol a lo paraguayo, pero también con creatividad, posesión, talento y personalidad. Esa diversidad refleja, en cierto modo, la propia complejidad del país.
Por eso, cuando Argentina llega a una final, no solo juega un seleccionado nacional. También está presente una parte importante de la historia, la cultura y las contradicciones de Sudamérica. Al final de cuentas, hemos sido parte de un mismo virreinato bajo dominación española del que costó bastantes años independizarnos.
Es por ello que cuando el rechazo a Argentina termina convirtiéndose en una celebración acrítica de las viejas metrópolis coloniales, ya no estamos simplemente ante una preferencia deportiva. Estamos frente a una forma de alienación cuidadosamente construida durante siglos y es tal vez por eso que esta final vuelve a incomodar tanto, porque durante noventa minutos el sur deja de pedir permiso. Porque unos futbolistas recordaron que todavía existen pueblos con heridas coloniales abiertas y decidieron decirlo, justamente donde el mundo entero estaba mirando.
Al final del día, no se disputa únicamente una copa, se disputa, una y otra vez, quién tiene derecho a hablar y qué cuenta como palabra legítima en el escenario más mirado del planeta y con espectáculos pomposos de medio tiempo copiados del Super Bowl. Por todo eso, no solo se juega una final, también se juega la descolonización.