Los Redondos y el Indio Solari significaron durante medio siglo no solo música, sino una actitud ética ante la vida, no siempre exenta de contradicciones; pero de eso se trata justamente la vida, de contradicciones. Se trata, mucho menos cada día, de actitud ética (que sería algo así como un compromiso con la estética y la filosofía como forma de vida), por lo que la supresión terrenal y palpable de un artista como el Indio cae mucho más pesadamente sobre las personas: Una inquietante sensación de intemperie nos asalta, sobre todo para las generaciones adultas, envejecidas de a poco con o sin dignidad.
Esta muerte, con la oportuna diferencia musical y cultural del caso, me recuerda lo que hace exactamente una década me contó una amiga de la infancia luqueña. El protagonista de la anécdota era el padre de su novio de entonces, habitante de una villa populosa del noroeste de Luque. Había salido a farrear la noche anterior del 28 de agosto de 2016, por lo que al regresar con el alba dominical no estaba enterado de la muerte de su máximo ídolo: El cantante mexicano Juan Gabriel. Su divertida esposa, entonces, tramó una broma como pequeña venganza. Al llegar el hombre lo agasajó con un café con leche bien caliente y unas galletas untadas con dulce de leche. Esperó a que se bebiera sus primeros sorbos sobresaltados, en la muelle tranquilidad del hogar, para deslizar la pregunta aparentemente inocente:
— ¿Te enteraste piko?
El hombre no la miró, desinteresado, absorto en su taza.
— Se murió Juan Gabriel.
La taza se le escurrió de las manos y cayó sobre la mesa, llenando el ambiente de una fragancia láctea.
— ¡No me hagas esas bromas!
— ¡No es una broma! ¡Mirá!
Prendió el televisor. Estaban hablando de eso, por supuesto, de la muerte de un artista.
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El hombre se puso a llorar como nunca antes la mujer había visto, en sus muchos años de casados: Mojaba la mesa con sus lágrimas, enjuagándolas con el café con el leche de una mañana resacosa de domingo. Se le había muerto alguien que, efectivamente, formaba parte viva de su vida, aunque se haya muerto en Santa Mónica, California, y nunca lo haya conocido personalmente ni mucho menos. Es la misma muerte agravante en primera persona que afecta a los deudos del Indio Solari.
El gran arte de Carlos Alberto Indio Solari fue, en opinión de este cronista, el de la poesía. Su misteriosa voz de barítono está, de hecho, adaptada al vuelo propio de las palabras, del juego de los significados. La suya es una alta poesía barriobajera, de gran tradición argentina, como si el tango suburbial hubiera abandonado la previsible cadencia del modernismo castellano y se llenara de un exquisito surrealismo remendado del Tercer Mundo. Esta poesía de tonalidades graves y súbitas octavas de palabras como chuchillas creó, literalmente, una feligresía: las huestes de fanáticos que copaban las ciudades donde los Redondos, primeramente, y el Indio Solari en solitario, después, llegaban para curtir algo más que un show: Lo que el público más fiel llama Misa Ricotera. Tanto en los años dorados de la banda, como en los últimos de la experimentación personal, muchos paraguayos cruzaron la frontera para ser parte de aquella Misa, y las anécdotas en torno a un acontecimiento cultural en sí mismo se cuenta por miles.
De las demasiadas canciones cargadas de verdad y estilo forjadas por la pluma de Solari cito una que se encuentra en el disco publicado hace exactamente treinta años, de una vigencia sonora y literaria acaso sin igual: Luzbelito. En el Blues de la libertad, el Indio Solari canta: “Mi amor, la libertad es fanática. Ha visto tanto hermano muerto/ tanto amigo enloquecido”. En tiempos en que la libertad es una maltratada palabra reducida a la posesión de bienes —de los seres humanos como posesiones—, aquel blues y la obra de Solari sigue haciéndonos urgentemente la siguiente pregunta: ¡¿De qué libertad estamos hablando?!
Finalmente, en estos momentos cierro los ojos y viajo en el tiempo. Es una tarde de domingo hace 10 años. Mientras el sol cae frente a nuestros ojos, mis hijos y yo vamos cantando lo que suena en el equipo del automóvil, con una felicidad envidiable: “Verte feliz no es nada, ¡es sólo un rocanrol del país! Verte feliz no es nada, es todo lo que hacemos por ti”.
Tamaña cosa la felicidad, Indio, tamaña cosa.