Esta reflexión es producto de la reciente proyección del film Novena, producción holandesa-paraguaya del año 2010 exhibida en Cine de Barrio, y de una exposición antológica de sus pinturas al óleo pertenecientes al acervo de la colección de la Fundación POPA, montada en las salas de Casa Ardissone el pasado mayo.
Pensar la idea de frontera y migración, literal y metafórica, exige valor y empatía. Entender la memoria de un paisaje físico desdoblado en otro social y cultural, hacen de la película Novena una descarga eléctrica, al radiografiar su autor la dignidad humana de un pueblo de matriz guaraní con una visión universal.
Las fronteras no son solo líneas en los mapas como los que atraviesa Collar desde su infancia en Buenos Aires o en su madurez actual en Rotterdam: atraviesan cuerpos, vidas y deseos. Cada desplazamiento es una epopeya que cuestiona certezas y ansias, convirtiendo la memoria en equipaje.
Este tipo de ideas atraviesan la sala oscura de Cine de Barrio del barrio de Las Mercedes de Asunción, cuando vuelvo a ver Novena por quinta vez. Todo transcurre en una sala oscura con estrellas cenitales, una caja negra suspendida a diez metros del suelo, y que contiene a 25 personas por sesión. Cine de Barrio es el anhelo del director Marcelo Martinessi y la gestión de Sebastián Arestivo devenido realidad hace cuatro años, con una finísima selección de películas artísticas y con atención especial al sonido y la imagen.
Biógrafo visual de la idiosincracia rural y urbana del Paraguay, Collar transfiere a sus retratados, el mestizaje cultural y racial de esta tierra, tanto en pinturas como en imágenes en movimiento. Imagen de la pintura de Enrique Collar, Gloria de mi Edén, óleo sobre lino, 130×200 cm, 2022, Acervo de la Colección POPA.
ÍTACA GUARANÍ
Tras visionar Novena, el largometraje del pintor y cineasta Enrique Collar (Itagua Guazú, 1964) confirmamos la garantía y legado de esta joya fílmica. La película concibe al exilio como una estructura que atraviesa la historia campesina y rural contemporánea paraguaya.
La estructura narrativa es aparentemente simple: sintetizada en una secuencia temporal de nueve días, se escenifica el ritual de la religiosidad católica para honrar los difuntos, y así desarrollar transversalmente un drama discreto y poderoso. El primer instinto, como insisto, es sentir esta historia como la del exilio paraguayo, como un viaje circular, similar al del héroe Ulises y su vuelta interminable a su pequeña Itaca, engrandecida en la imaginación y la añoranza.
Entrever desde una película de ficción el drama de la migración de cientos de miles de paraguayos sin levantar casi sospechas, es el gran acierto de Novena. Aquí es donde los movimientos se entrelazan con la propia biografía. Estas propuestas de ir descubriendo este micro-mundo u ombligo del Paraguay en el que se ha convertido Itagua Guazú, sitúa metafóricamente al espectador ante espacios de tránsito, desplazamiento y de incertidumbre.
El camino al exilio señalando a la Argentina aparece no solo como una línea que sobrevuela Novena, sino también como una condición humana marcada por la separación, la espera, el rencor o la pérdida. Los hermanos bíblicos Caín y Abel se encarnan en los vernáculos Juan y Evelio, remitiéndonos a una fábula colectiva de ética y (des)arraigo.
Todos queremos volver a casa, pero otros no tanto. Collar podría condensar en esta película sobre Itaugua Guazú el acto de transitar por la vida, en la libertad y seguridad que dá el exilio, uno bien comprendido y conectado al mundo, pero de ninguna forma cristalizado románticamente. Casi compartiendo el sentido de lugar al que volver sin espejismos, el poeta Constantino Kavafis (1863-1933) en el verso final del poema Ítaca resume una moraleja ontológica y que me resuena al ver Novena:
Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.
ACTUANDO DE SÍ MISMOS
La situación sonora de la película al costado de la ruta, en Itaugua Guazú, poblado distante cuarenta y cinco kilómetros de Asunción, no puede ser más elocuente: el rugir de los motores a escasos metros de las locaciones acentúa aún más la carga emocional y hasta (micro) política de la misma. La imagen anticipa casi un fin, pues la desparición de una matriarca que sostiene estos nueve días de luto riguroso representa, al mismo tiempo, el fin de una forma de vida que nunca podrá volver a ser lo que fue ante el “progreso”.
Cual termómetro emocional, Collar crea otro mundo, el suyo de la infancia, creando en el cine como en sus pinturas, un jardín en el que el aleteo de un gallo se impone cerca de una silla de madera vacía, el camastro bajo la sombra del mango sea escenario del descanso de unos hombres, o el aljibe, la locación de una despedida entre una abuela y su nieta. Eventualmente, guaranias y músicas pregnantes del folklore aportan un regusto melancólico y romántico, nunca gratuito.
El acierto de mostrarnos en lente de aumento la vida de Juan de Dios Collar (1947-2017), un artesano que trabaja formas utilitarias como planteras y palanganas con neumáticos usados, al tiempo de cultivar, como poeta la poesía oral en jopará, lengua híbrida entre el guaraní y el castellano. En el film, Juan encarna a un hombre atribulado por la pérdida de un mundo (el que representan su madre, la eficiencia económica, la transformación del paisaje) , y es el sostén de una trama junto a actuantes no profesionales.
Novena es una obra que genera una reflexión profundamente emocional. Desplaza el lenguaje del ámbito del naturalismo y el costumbrismo al terreno de la experiencia cotidiana. Al situar la subjetividad bajo las plantas callosas de los pies de sus protagonistas, Collar propone una metáfora contundente sobre la fragilidad de habitantes ignorados o subalternos de los grandes relatos.
HONRAR A LOS ANCESTROS
La obra construye una narrativa coral activada desde la imagen, el sonido y la palabra. Propone un contra-relato frente a las narrativas hegemónicas y es, en palabras de su autor, un cine hecho de adentro hacia afuera, elaborado desde una cultura mestiza sin complejos, sin vergüenza de decir su nombre, tallando unas formas de vida pre-modernas y vehiculizada en lengua guaraní.
Al mismo tiempo, Novena muestra cómo los cuerpos y sus gestos físicos dejan huellas profundas, inscribiendo una memoria de imágenes, como dispositivos de recuerdo y de cuestionamiento crítico. A través de estrategias nuevas y diferentes, vemos a orgullosos paraguayas y paraguayos ser y pensar por sí mismos, como si tuviéramos ante nuestros ojos al mismísmo Accatone, del director Pier Paolo Pasolini (1922-1975).
Quizás el ambicioso legado del cine neo-realista italiano ayude, a la hora de representar la realidad del Paraguay en el cine, a pulverizar actitudes forzadas, a evitar el uso del guaraní impostado, a experimentar nuevas formas y conceptos; pero sobre todo, a revisar sus representaciones. Novena lo consigue, a mi entender, ubicando a estos increíbles seres de carne y hueso incrustados en su paisaje, actuando de sí mismos.
El arte de estas imágenes en movimiento funciona en esta plegaria fictiva-documental como un elemento de tránsitos. En Enrique Collar se dá y produce la paradoja de la creación artística total, una que nace sin fronteras definidas; una donde la pintura nutre al cine y viceversa y otra en la que el mundo, o partes de su realidad, crean su ficción.