La próxima guerra quizás no comience con un misil. Quizás comience con un video de treinta segundos en una red social.
Vivimos en una época en la que las guerras ya no se libran únicamente en el campo de batalla. También se libran en los teléfonos móviles, en los algoritmos y en la batalla permanente por controlar la percepción de millones de personas. La información se ha convertido en un arma. La desinformación, también.
Eso plantea un desafío sin precedentes para las democracias
¿Cómo combate una democracia contra organizaciones terroristas que deliberadamente se esconden entre la población civil? ¿Cómo protege a sus ciudadanos cuando el enemigo convierte escuelas, hospitales y barrios enteros en plataformas militares? ¿Cómo responde cuando cada acción destinada a neutralizar una amenaza es analizada en tiempo real por millones de personas que solo ven unos segundos de una realidad infinitamente más compleja?
Israel enfrenta ese dilema todos los días
No somos una democracia perfecta. Ninguna lo es. Pero seguimos siendo la única democracia de Oriente Medio, donde judíos, cristianos, musulmanes, drusos y ciudadanos de otras confesiones votan, ejercen sus derechos y participan en las instituciones del Estado. Cerca del veinte por ciento de los ciudadanos israelíes son musulmanes, y cuentan con representación en la Knéset, nuestro Parlamento. Esa diversidad no es una debilidad; es una de nuestras mayores fortalezas.
Paraguay e Israel, aunque separados por miles de kilómetros, comparten una convicción profunda: las sociedades prosperan cuando defienden la libertad, el pluralismo, el Estado de derecho y la dignidad de cada persona. Esos valores son incompatibles con las ideologías extremistas que buscan imponer el miedo, eliminar al diferente y reemplazar la convivencia por el fanatismo.
Por eso, la batalla que hoy enfrenta Israel trasciende sus fronteras. No se trata únicamente de nuestra seguridad. Se trata de la capacidad de las democracias para defenderse sin renunciar a los principios que las definen.
Al mismo tiempo, existe otro campo de batalla, el de las redes sociales. Plataformas diseñadas para captar nuestra atención pueden convertirse en vehículos extraordinariamente eficaces para difundir propaganda, desinformación y antisemitismo. La velocidad con la que una mentira se expande supera con frecuencia la capacidad de los hechos para alcanzarla. Cuando la manipulación sustituye al análisis, las sociedades democráticas se vuelven más vulnerables.
En medio de ese escenario, la comunidad internacional enfrenta una decisión que trasciende cualquier diferencia política. Podemos debatir estrategias militares, negociaciones diplomáticas o mecanismos de verificación. Lo que no admite ambigüedades es que Irán exporta terrorismo a muchas sociedades, incluyendo América Latina. Es por eso, que Irán no puede obtener armas nucleares.
No es una cuestión exclusiva para Israel. Un régimen que durante décadas ha financiado, armado y promovido organizaciones terroristas no puede convertirse también en un Estado con armas nucleares. Ese riesgo no se limita a Oriente Medio; afecta a la seguridad internacional y al futuro de todas las democracias que creen en la libertad.
Las guerras cambian. Las amenazas evolucionan. Pero los principios que vale la pena defender permanecen. En este campo de batalla, proteger la verdad, la democracia y la paz exige algo más que tecnología o poder militar. Exige claridad moral para reconocer qué valores queremos preservar y el coraje para defenderlos antes de que sea demasiado tarde.