El abuso sexual infantil –aclaro que es una concepción mía– es uno de los más arraigados delitos en nuestra cultura. Las estadísticas lo confirman. Me resultó revelador escuchar a un psicólogo afirmar días atrás que en una reunión de cuatro o cinco personas, es muy probable que al menos una haya sufrido algún tipo de abuso sexual en su infancia. Pero la mayoría no lo quiere hablar, lo prefiere callar y lo sufre a su manera. Es verdad que cada experiencia es distinta y cómo afrontarla depende de cada persona que lo haya sufrido.
En este caso, lo he conocido. Aquello fue a los diez años. Esta persona siempre empieza con los diez años. Es como si la vida haya empezado para él a esa edad. Buscaba maneras de exorcizarlo, pero solo el tiempo podría con él. Incluso llegó a escribir, mirándose, tal vez analizándose: “Cuando era todavía un brote en el aire, en sus primeros años, inició en ese cuenco terroso la marcha atrás, sin datos ni números, su abortada existencia”. Quedó anclado a ese momento y espacio, “en esa cuneta donde, por un azar que nunca fue deseado ni revelado se grabó a fuego su recuerdo”.
Se describió así: “Allí se disparó el destino, mutilado desde el vamos de la vida probable que traía endosada a su nacimiento; desde ese instante quedó trunca, retorcida hacia la nada”.
Más adelante completaría: “La imagen reiterativa que lo obsesiona es explícita, no da lugar a un error de interpretación, no cabe duda alguna de que él es un ser muerto, un no ser”.
No pudo quitarse este sentimiento; pensó alguna vez quitarse la vida.
Aquello continuó por varios años, hasta la adolescencia. Luego todo acabó y fue para él como cerrar una puerta, una casa, a la que ya no volvería más y solo sería un mal recuerdo.
Pero el daño estaba hecho y las secuelas permanecieron.
Un nudo de ansiedad con una mezcla de rabia y tristeza no terminaba de atravesarle el pecho y el impulso de causarse daño le ganaba las veces que tomaba bebidas. Eran años juveniles. Todos sus deseos estaban sujetos por camisas de fuerzas. En esa época era recurrente una pesadilla, coincidía en la persecución, la desesperación por encontrar dónde ocultarse y la incapacidad de moverse, de dar un paso, de correr; una fuerza lo paralizaba y lo tenía atrapado, hasta despertarse en un sobresalto.
De esta especie de hundimiento emocional emergía algunas veces. En esos días reía, estaba feliz y se convencía de poder llevar a cabo sus proyectos, porque los tuvo, incluso llegaba a iniciar algunos. Le surgían ganas de encontrarse con amigos, dar abrazos, compartir. Eran momentos de optimismo, en que podía llenarse de aire el pecho y de concebir un futuro, momentos de dicha.
Pero aquella felicidad no podía durar para siempre; la ponía en duda. No faltaban acontecimientos que le volvían a mostrar la fragilidad de la plenitud, lo penoso del día a día y lo frustrante que pueden ser las burbujas de sospechosa alegría.
No tuvo pareja, era indigno de cualquier mujer. Por eso nunca inició una relación íntima con el sexo opuesto; y las que tuvo fueron siempre porque se daba en sentido contrario, es decir, la iniciaba la mujer. Así se dejaba llevar, se dejaba usar, tirar y volvía a lo que él denominaba sus bajones, impedido de establecer una comunicación coherente y madura con una mujer.
En los momentos más oscuros siempre llega hasta un límite en donde pierde sentido, algún propósito o resto de ganas para continuar con la vida, pero nunca lo ha traspasado. Sabe que después solo se puede volver a flote. No hay de otra. Con el tiempo se convenció de que vivir de eso se trata.
Le suelo ver de tanto en tanto porque trabaja en un diario y ahí nos conocemos todos. En apariencia lleva una vida normal, de hecho, busca llevar una vida normal, pero no resulta fácil. Cada noche debe pelear su batalla para no convertirse en el monstruo que lleva alimentando en su interior, el engendro del monstruo que fue el abusador, convencerse de que él puede ser mejor que eso. Porque, luego de tantos años, ha aprendido a domar a ese demonio, a controlarlo, y sobre todo a decir y convencerse de que no ha sido su culpa.