20 sept 2026

Cómo negociar desde la política con la Iglesia

Tuve la oportunidad de prestar servicios profesionales bajo mando de un ex presidente de la República, dos ministros del Interior y un cardenal. Inmerecido honor, especialmente por lo último. Conservo la amistad de todas aquellas personas y la sigo cultivando.

En muchas ocasiones he participado de manera directa como mediador y negociador de ambos bandos: La política y la religión. He sido acreedor y confidente de secretos que se irán conmigo cuando parta de este plano.

Mediante las herramientas de la psicología, dichas experiencias me permitieron conocer mejor al ser humano, pero hay cosas que me llaman la atención, sobre todo de nuestra clase política que, salvo poquísimas excepciones, desconoce cómo “negociar” –si es que puede aplicarse esta palabra desde el punto de vista canónico– con la Iglesia.

En primer lugar, la Iglesia no negocia en los términos del quid pro quo como se conoce en la política. No existe, por tanto, do ut des (doy para que des) del Derecho Romano, ella escucha, señala e intermedia sutilmente. Es una primera conclusión.

La Iglesia diseñó y construyó por 2000 años el mejor y el más extendido servicio diplomático y de análisis de la información del mundo. Alguien que desconozca de esas capacidades, me parece que comete un supino acto de torpeza; itavy (ignorante) con devoción como diría un compañero de trabajo.

En segundo lugar, en el reino de la negociación, a la política le apremia el tiempo, la temporalidad. La Iglesia desconoce esa presión, no la siente ni la transmite. Recordemos que los Estados Pontificios reinaron desde el año 756 hasta el año 1870 de nuestra era y 60 años después, se reconoce al Vaticano como Estado soberano (Tratado de Letrán, 1929, Roma).

Compare, dos mil años de historia de la Iglesia versus 200 años del Estado moderno como lo conocemos hoy. La diferencia, experiencia y las vivencias son brutalmente desequilibrantes, abismales.

Y en tercer lugar, parte de la clase política desprecia a la Iglesia. En muchas ocasiones el Estado y sus agentes le cierran las puertas. Sin embargo, ante la carestía de habilidades diplomáticas de sus cuadros, control de crisis o de daños, recurren a ella de manera pronta. Y la Iglesia nunca cierra sus puertas a nadie.

Para entender mejor todo esto le recomiendo que alguna vez lea la conversación entre el filósofo Jürgen Habermas y el cardenal Joseph Ratzinger, cuando todavía no era papa Benedicto XVI. Ratzinger hace cambiar parte del criterio de Habermas, quien sostiene que la religión no puede desaparecer de la vida pública, pues “el Estado liberal y secularizado no puede producir los presupuestos morales que precisa para funcionar”, siendo la producción de ese presupuesto patrimonio de la Iglesia.

Le cuento una experiencia propia. Me tocó intervenir como militar y abogado en una gestión única, de alta diplomacia, por la Iglesia para ayudar a la localización del ex vicepresidente de la República Amancio Óscar Denis Sánchez.

Si a usted le interesa saber cómo “negocia” la Iglesia, me remonto al discurso del monseñor Miguel Cabello, por entonces obispo de la Diócesis de Concepción, un 24 de diciembre de 2020.

Decía monseñor Cabello: “La Iglesia Católica, fiel a su misión, anuncia el evangelio de Cristo proponiendo un modelo de vida basado en las enseñanzas y el testimonio de su fundador, por eso inculca impulsa e incentiva la justicia, los derechos humanos y el bien común, según las enseñanzas de los concilios y de su doctrina social.

Ningún proyecto económico, social y político puede subordinar a la persona humana.

Al no estar identificada con ningún Estado, la Iglesia permanece libre y soberana para llevar adelante iniciativas con el fin de ofrecer su servicio apostólico en conflictos y situaciones de crisis, sobre todo en aquellas situaciones que afectan, de modo particular, a personas y grupos comunitarios vulnerables”.

Señoras y señores: Así “negocia” la Iglesia o mejor, así entiende a la política. Es que la violencia no nace del pensamiento, sino de su ausencia.

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