17 may. 2026

De cualquier forma

Entre cada paraguayo y su salud existe un médico que lo atiende. Entre un ciudadano y su casa se sitúan un arquitecto o un ingeniero que la construyen. Entre su propiedad, su libertad o sus negocios, un abogado que las defiende. Por razones tan importantes como estas, la salud, la casa, la propiedad, la libertad o los negocios no se pueden atender de cualquier forma. Es la forma en que nos atienden la que impide que nos enfermemos. Es la forma en que se construye la que impide que nuestra casa se caiga.

Es la forma en que se piensa y se defiende la que impide que nuestra propiedad se invada, nuestra libertad se aprese o nuestros negocios tropiecen con imprevistos contractuales. Razones tan simples, pero tan poderosas justifican este imperativo. No se debe interponer entre nosotros, nuestras cosas y nuestros intereses a personas sin debida formación. Es decir, profesionales que adquieren una supuesta cualidad de cualquier forma.

Un profesional universitario ejerce o desempeña determinado oficio. Profesa, cultiva, practica su ciencia y su arte. Su actividad presupone una educación superior, niveles de formación, producción de conocimiento, desarrollo del saber y del pensamiento, en el marco de finalidades que nuestra legislación establece para una pretendida extensión de la cultura y de servicios a la sociedad. No en vano nuestras normas jurídicas atribuyen a la formación universitaria objetivos, competencias, ética y conciencia social. Solo haciendo bien contribuimos a la sociedad.

Creamos la identidad de una sociedad de gente seria. Asumimos la responsabilidad de nuestras decisiones y errores. No es, pues, admisible que las personas que pretendan profesiones universitarias consigan títulos de cualquier forma. Quien aspira a ello inicia un camino de obligaciones. En la universidad está el rector, el decano, el docente, el investigador, el funcionario, el estudiante; personas que integran la institución encargada de garantizar las formas.

Al final de este conglomerado de relaciones, de instituciones, de programas educativos, de cursos y carreras, de normas jurídicas, se encuentra el título. Ese reconocimiento académico que se otorga a quien culmina la carrera luego de cumplir satisfactoriamente las formas exigidas por su educación superior. De ahí su central importancia. Reconoce en quien lo posee un mínimo de formación, es decir, la forma o la imagen producto de ese proceso.

La profesión es también una carrera. El estudiante corre contra el tiempo que no tiene entre trabajo, cansancio, necesidades y familia. Corre contra su limitación en genuino esfuerzo de superación.

Corre con la expectativa de que años de clases, charlas, exámenes, estudios, insomnios, profesores, compañeros y calificaciones con simultáneo esfuerzo por buscar trabajo, ayudar a un familiar, alimentarse, crecer, criar un hijo, pagar deudas y acumular experiencia, le permitan trascender para mejorar su vida o la de los suyos. Retribuye la oportunidad que quizá otros no tuvieron.

Hay, pues, detrás de cada carrera, un enorme bagaje moral que solo cosecha quien siembra años de esfuerzo. El título también reconoce eso. Por eso vale y no debe otorgarse de cualquier forma. Falsearlo arriesga los aspectos más importantes de la vida de la gente. Corrompe el reconocimiento y desvirtúa el esfuerzo. Socava el cimiento moral de nuestra sociedad y anquilosa la virtud. Un título falso se transforma en licencia para delinquir. Debemos impedirlo… de cualquier forma.

Entre cada paraguayo y su salud existe un médico que lo atiende. Entre un ciudadano y su casa se sitúan un arquitecto o un ingeniero que la construyen. Entre su propiedad, su libertad o sus negocios, un abogado que las defiende. Por razones tan importantes como estas, la salud, la casa, la propiedad, la libertad o los negocios no se pueden atender de cualquier forma. Es la forma en que nos atienden la que impide que nos enfermemos. Es la forma en que se construye la que impide que nuestra casa se caiga.

Es la forma en que se piensa y se defiende la que impide que nuestra propiedad se invada, nuestra libertad se aprese o nuestros negocios tropiecen con imprevistos contractuales. Razones tan simples, pero tan poderosas justifican este imperativo. No se debe interponer entre nosotros, nuestras cosas y nuestros intereses a personas sin debida formación. Es decir, profesionales que adquieren una supuesta cualidad de cualquier forma.

Un profesional universitario ejerce o desempeña determinado oficio. Profesa, cultiva, practica su ciencia y su arte. Su actividad presupone una educación superior, niveles de formación, producción de conocimiento, desarrollo del saber y del pensamiento, en el marco de finalidades que nuestra legislación establece para una pretendida extensión de la cultura y de servicios a la sociedad. No en vano nuestras normas jurídicas atribuyen a la formación universitaria objetivos, competencias, ética y conciencia social. Solo haciendo bien contribuimos a la sociedad.

Creamos la identidad de una sociedad de gente seria. Asumimos la responsabilidad de nuestras decisiones y errores. No es, pues, admisible que las personas que pretendan profesiones universitarias consigan títulos de cualquier forma. Quien aspira a ello inicia un camino de obligaciones. En la universidad está el rector, el decano, el docente, el investigador, el funcionario, el estudiante; personas que integran la institución encargada de garantizar las formas.

Al final de este conglomerado de relaciones, de instituciones, de programas educativos, de cursos y carreras, de normas jurídicas, se encuentra el título. Ese reconocimiento académico que se otorga a quien culmina la carrera luego de cumplir satisfactoriamente las formas exigidas por su educación superior. De ahí su central importancia. Reconoce en quien lo posee un mínimo de formación, es decir, la forma o la imagen producto de ese proceso.

La profesión es también una carrera. El estudiante corre contra el tiempo que no tiene entre trabajo, cansancio, necesidades y familia. Corre contra su limitación en genuino esfuerzo de superación.

Corre con la expectativa de que años de clases, charlas, exámenes, estudios, insomnios, profesores, compañeros y calificaciones con simultáneo esfuerzo por buscar trabajo, ayudar a un familiar, alimentarse, crecer, criar un hijo, pagar deudas y acumular experiencia, le permitan trascender para mejorar su vida o la de los suyos. Retribuye la oportunidad que quizá otros no tuvieron.

Hay, pues, detrás de cada carrera, un enorme bagaje moral que solo cosecha quien siembra años de esfuerzo. El título también reconoce eso. Por eso vale y no debe otorgarse de cualquier forma. Falsearlo arriesga los aspectos más importantes de la vida de la gente. Corrompe el reconocimiento y desvirtúa el esfuerzo. Socava el cimiento moral de nuestra sociedad y anquilosa la virtud. Un título falso se transforma en licencia para delinquir. Debemos impedirlo… de cualquier forma.

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